Her, aquello que no se puede explicar

'Her', lo nuevo de Spike Jonze con Joaquin Phoenix, es de lo más interesante del año, y no sólo porque lo digan sus 5 nominaciones a lo Óscar.

No somos muy distintos del sistema operativo del que se enamora Theodore (Joaquin Phoenix), un escritor de cartas personalizadas en un futuro no muy lejano, en una Los Ángeles japonizada: somos ideas, valores atrapados en un cuerpo. Samantha (la voz de Scarlett Johansson), ese sistema informático del que se enamora, se siente atrapada en su incorporeidad: siente, sufre, ama, pero no tiene cuerpo, no “existe”. ¿Existimos nosotros, en cambio? Esto es: ¿existimos más allá de nuestras ideas, de nuestros valores, de todo aquello intangible que nos separa de los demás animales? Si no es así, si no es nuestro cuerpo más que una carcasa, sino somos más que un tarro con ideas donde lo que importa son las ideas, entonces, sí, realmente no somos muy diferentes de Samantha. Por eso podemos enamorarnos de ella. Podemos decir, como dicen los dos personajes, estar enamorados. Ninguno, sin embargo, será capaz de explicarlo racionalmente.

Tampoco Spike Jonze sabe explicar lo que es el amor. El director de Cómo ser John Malkovich, de Donde viven los Monstruos bebe indirectamente de Solaris, hasta de Before Midnight (“El amor es una enfermedad socialmente aceptada”, dice el personaje de Amy Adams como podría haber dicho el de Julie Depy) en su reflexión sobre el amor. Ha hecho Her para intentar comprenderlo, y ni siquiera tras terminarla afirma saber exactamente lo que es. Pero nos hace partícipes de esa duda, y desde ella nos lleva hacia otra mayor, hacia la duda sobre nuestra propia condición, sobre nuestra propia existencia.

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Y lo hace sutilmente, sin imposturas, dotando de mensaje, de sentido (aunque sea sobre el sinsentido) a cada encuadre. Y esto importa mucho en un romance asimétrico, entre una persona y una voz, donde el plano-contraplano es imposible. Están él y su ilusión, él y toda la ilusión de la existencia que le rodea, que bien podría ser así o de otro modo; bien podríamos tener el agujero del culo, como comenta Samantha, donde tenemos el sobaco. ¿Por qué no? ¿Por qué lo tenemos donde creemos que debe estar? Ha de haber una explicación darwiniana, evolutiva, responde Theodore. ¿Pero la hay para el amor, para los límites del amor? ¿Por qué no podemos enamorarnos de una voz, de una voz muy humana y cálida que nos susurra al oído por un pinganillo? ¿No es lo mismo que enamorarse de esa voz en un cuerpo físico y tangible? El amor en ambos casos es igual de inexplicable, no es más que una ilusión irracional (una falla evolutiva).

La cámara de Jonze, en su búsqueda por desentrañar lo que realmente hay detrás de esta ilusión,  no se separa de Theodore, un Joaquin Phoenix desbordante: si no estamos seguros de lo que es el amor, de algo sí que estamos completamente seguros, y es de que Phoenix es uno de los mejores actores del siglo. Cuando ríe ( está cargadísima de un delicioso humor negro la película entera) , se ajusta las gafas, suspira y se despereza lo hace desde su particular excentricidad: no es de los camaleónicos, es de los actores que conserva su esencia (como el recién fallecido Seymour Hoffman) aún en la piel de otro. Phoenix demostró su maestría mintiendo como un bellaco en la imprescindible y perfecta I’m still here (que un servidor reivindicará hasta la muerte), porque al fin y al cabo actuar es mentir. Y Phoenix es el perfecto mentiroso.

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Ese monopolio de su personaje en la pantalla, su soledad aún acompañado de una voz, esconde un amor unidireccional, casi a la carta.  Que si bien puede leerse como signo de nuestros tiempos no es más que un romance dirigido, caprichoso y egoísta: es Theodore quien controla, quien decide, quien elige cuándo encender su romance cada mañana, cuándo apagarlo cada noche. La reciprocidad es una ilusión, otra más de tantas. La película cae en el error de no incidir mucho en este aspecto,  de olvidar que el sistema operativo está hecho para ser condescendiente, casi servil, a pesar de que simule no serlo. Los problemas surgidos son los de toda relación (celos, inseguridades, miedo al compromiso), pero Samantha se perfila siempre como el contrapeso conciliador, curativo del miedo de Theodore a sus propias emociones. Porque, por mucho que su consciencia evolucione, está realmente concebida para ello.

Jonze quiere reflexionar sobre el amor, nada más. Las lecturas posmodernas, las reflexiones contemporáneas dicen no interesarle más que como contexto. Y en el amor, en la construcción y reflexión de una relación amorosa, con todo los intangibles, irracionalidades inherentes a ella, Jonze vence de forma aplastante. Alcanza el clímax con el fundido en negro, en una magnífica correspondencia mensaje/imagen: los dos solos, en la oscuridad, rodeados de su propia incorporeidad, de su inexistencia, realmente unidos por lo que los une de verdad, que es aquello que no se puede explicar.

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