Hollywood y la prostitución de la nostalgia

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Star Wars: El despertar de la fuerza, Jurassic World, Terminator: Génesis y Creed confirman un año en el que la mirada al pasado ha sido imprescindible

En el momento en el que termina Star Wars VII: El despertar de la fuerza, uno puede tener la sensación de que ha visto algo muy parecido a lo que rescató en el maratón galáctico de las originales que hizo a días vista del mayor estreno del siglo.

Si ese mismo espectador vio alguna de las Terminator de James Cameron antes de ver la vapuleada secuela de este verano, Terminator: Génesis, el feeling seguro que fue similar.

En esos mismos meses estivales, probablemente también la memoria le empujara a soltar un espera un momento al ver cerrar a negro la Jurassic World de Colin Trevorrow, tan parecida a la original de Steven Spielberg.

Y qué menos que pensar esto ya lo he visto cuando Adonis Johnson corre por las calles de Philadelphia en Creed —estreno en España el próximo mes de enero—, en evidente homenaje al entrenamiento de Rocky Balboa en la original de 1976.

Uno de los primeros instintos al cerrar la cortina será entonces el de apelar a la crisis de ideas de Hollywood y el aprovechamiento de los avances tecnológicos que proporciona el cine ahora para abusar de los idearios originales de entonces.

Pero la explotación de los recursos para la reformulación de esas películas originales ha cobrado un protagonismo exagerado en este 2015. Cuatro de las sagas más míticas —y mitológicas, si me apuran— de la historia del cine se han puesto a disposición del Hollywood actual para volver al campo de juego y el resultado de sus estrenos ha probado rebasar las expectativas de todos sus productores.

Star Wars VII y Jurassic World se convirtieron en los dos mejores estrenos en un solo fin de semana de toda la historia, Creed va camino de igualar los datos de sus mayores en Estados Unidos y Terminator: Génesis acabó sobrepasando los números de la tercera parte con estrenos potentísimos en Japón, Corea del Sur y China.

La prostitución de la nostalgia: Star Wars El despertar de la fuerza 1 Cinéfagos

Esta argumentación monetaria no pretende, ni mucho menos, justificar la creación de las mencionadas. El dinero, si acaso, pone en contexto la pretensión de apelar a la nostalgia que Hollywood, como industria, ha buscado tan abiertamente este año.

Vistas entonces las medidas, a través de ese abusar de los idearios originales; y vistos los logros, a través de ese afán recaudatorio tan exitoso, lo que queda es un titular muy amarillista: Hollywood ha prostituido la nostalgia.

Pero —y siempre hay un pero— quedarse sólo con la acepción (para algunos peyorativa) del término prostitución menospreciaría cuatro películas mucho más inteligentes, cabales, divertidas y originales de lo que lo serían de estar adscritas únicamente a las definiciones de las etiquetas remake o reboot.

Excepto por Terminator: Génesis, tanto Star Wars VII: El despertar de la fuerza, como Jurassic World, como Creed responden al mismo desarrollo estructural de sus antecesoras. Terminator: Génesis empieza como la original, pero pronto torna en un juego de líneas temporales más intrincado —y banal.

En un statu quo cinematográfico en el que el público premia con tanta gana lo enrevesado, Terminator: Génesis es hija de su tiempo, de las Origen, Looper, Al filo del mañana y compañía. Claro que a Terminator: Génesis le importa muy poco que alguien sepa darle sentido a sus viajes en el tiempo o a sus múltiples realidades, sino que se dedica a otros menesteres. Porque no le importa. Se lo dice el personaje de Kyle a Sarah cuando el T-800 de Schwarzenegger intenta explicar esa confusión: ¿Puedes hacer que pare de hablar así?

La prostitución de la nostalgia: Terminator Génesis 1 Cinéfagos

De ahí que Terminator: Génesis prefiera sentirse conocida. Y se siente como tal por estar supeditada a los cameos de la mitología de Terminator y porque sus logros como entretenimiento están atados al papel que juega la nostalgia en el filme, no a lo difícil que es desentrañar su argumento.

Terminator: Génesis no es buena porque Arnold Schwarzenegger esté gracioso o porque Emilia Clarke esté tan convincente en sustitución de Linda Hamilton como Sarah Connor; Terminator: Génesis es buena porque plantea un nuevo mundo de la saga en el que coinciden todos sus personajes y es algo que le sirve al filme para lidiar con el paso del tiempo —y con la nostalgia de los espectadores.

Tengan al Pops de Schwarzenegger en mente. Es el T-800 de siempre, pero esta vez es una figura paternalista y algo anticuada encargada de defender a Sarah Connor, figura esencial de la saga. El resto de enemigos que ha tenido la franquicia intervienen en uno u otro momento, pero ahí está el T-800, ese personaje tan idealizado, dando tiza a cada villano-robot que trata de asesinar a Sarah. Esto es, en esencia, un resumen de la saga Terminator enfrentada a los embistes del tiempo y de las películas que han participado en su construcción cultural.

Tal y como Terminator: Génesis, Jurassic World también pasa a un formato más anodino si la comparamos con su respectiva original. Quedan de lado los impresionables dinosaurios de la llanura y toma protagonismo un cambio genético que da vida a un monstruo que es más grande, más peligroso y más aterrador.

Aunque de la misma forma que Jurassic Park actuaba como alegoría del propio cine, de cómo el blockbuster iba a cambiar para siempre con la llegada de tan impresionantes efectos digitales, Jurassic World es una alegoría de en qué se ha convertido el cine tras todos estos años.

La prostitución de la nostalgia: Jurassic World 1 Cinéfagos

Tomen como ejemplo a los personajes de Zach y Gray. El primero de ellos, un adolescente interpretado por Nick Robinson, apenas presta atención a los T-Rex cuando su hermano Gray, de 12 años, los observa con entusiasmo tras un cristal. El espectáculo a uno se le ha quedado viejo. También lo ve así Masrani (Irrfan Kahn), el dueño del parque, que a la pregunta de si el nuevo dinosaurio será lo suficientemente terrible, él responde con un Esto dará pesadillas a los padres. El parque, y el cine, participan en la misma carrera por adaptarse a las exigencias de un público aburrido de los T-Rex.

El resultado es una película que rescata muchos de los momentos de Jurassic Park y los adapta a su esquema de forma sistemática. Varias escenas de la original —por no decir todas—, incluidas la entrada al parque o la lucha por la supervivencia de dos críos bajo la luna de un coche, están calcadas y encajadas en el mismo orden. La diferencia radica en la transformación visual, más acorde al estilo actual; en la presencia mucho más exagerada del product placement, siempre tan al servicio del blockbuster contemporáneo; y a la exageración de los términos, pues todo es más grande, más moderno y más abrumador.

El hecho de recrear de forma casi idéntica la original, y de hacer de esa reconstrucción su misma esencia, es un recurso que parte única y exclusivamente de la nostalgia. Es casi como digitalizar un VHS para que luego pueda otro reproducirlo con un BluRay en una pantalla LCD de 4K. Y lo que queda es una película cuyo discurso pretende que sean los espectadores los que decidan con qué se quedan y de si este es el futuro del cine que todos querían, incluso para el cine que campa las estanterías de tantos visitantes del parque.

En Creed, la evolución técnica de la película ejemplifica también ese proceso de cambio del cine. Sin entrar en spoilers, una de las primeras batallas de Adonis está rodada desde el otro lado del ring, tras las cuerdas, y el nervio de la cámara, tal y como en la Rocky original, está presente. Más adelante, un impresionante plano-secuencia responde a un estilo más visceral, pero todavía más acorde a la leyenda de Rocky que a un espectáculo de boxeo renovado. La lucha final, en cambio, está rodada casi a modo televisivo. El logo de HBO Sports es una constante, las cámaras miran más desde arriba —la condescendencia del espectador entendido que ve desde casa— y el finiquito es un espectáculo de sangre y rostros mucho más acorde a la planificación visual del cine del último lustro que del cine de los años 70.

La prostitución de la nostalgia: Creed 1 Cinéfagos

Ryan Coogler, que al igual que Trevorrow toma prestadas estructura y escenas de la original en la que se basa, sabe que lo que le permite la nostalgia, en este caso, es un ente sobre el que pivotar la renovación de un mito y coronar a una nueva estrella. De Rocky a Adonis.

Y es así como llegamos a Star Wars VII: El despertar de la fuerza, otro largometraje en el que un cineasta sacude los cimientos nostálgicos de una saga para darle nueva vida y nuevos colores, pero manteniendo el mismo núcleo y el mismo alma: el espíritu aventurero al servicio de un(a) don nadie que se da de bruces con un poder larger than life, la fuerza.

Como en Creed, JJ Abrams pivota, pero en vez de servirse de un solo personaje (Rocky), el director de Star Wars VII: El despertar de la fuerza pone a su disposición (y a la de sus protagonistas) a los líderes de las contiendas originales: Han Solo, Leia Organa y Luke Skywalker.

Precisamente Harrison Ford, que repite como Han Solo, hace un papel similar al de Arnold Schwarzenegger en Terminator: Génesis. Los dos representan el envejecimiento de sus respectivas sagas y en muchas de sus intervenciones se pone de manifiesto que están algo anticuados, pero que todavía conservan la magia. Se ve con esos no estoy acabado que los dos versan en sus películas; Terminator se lo dice a Kyle Reese (no estoy obsoleto) y el otro a Leia Organa (cuando discuten sobre qué aportó Solo en la batalla contra el Imperio en la trilogía original).

La prostitución de la nostalgia: Harrison Ford Star Wars El despertar de la fuerza Cinéfagos

El hecho de que Leia y Solo discutan sobre esa coyuntura hace que Star Wars VII: El despertar de la fuerza pase a ser una película autoconsciente; sabedora de que, a años vista, la saga puede mirarse al espejo y poner en perspectiva su propia mitología. La nostalgia pasa a ser un juego de metalenguaje que también se aprecia en esas frases de Solo al confirmar las leyendas de su propia historia a la nueva generación de personajes: Es verdad; todo ello. La frase actúa casi como una sentencia en la que un padre fan de Star Wars le dice a su hijo en 2015: Era así de emocionante. Todo ello.

Claro que lo que de verdad hace de estas películas una reválida tan memorable es, además de esa intencionalidad renovadora, su propósito por exonerar los menosprecios de género y diversidad que caracterizaban al cine de antaño.

En Terminator: Génesis, cuando Kyle Reese vuelve al pasado para salvarle la vida a Sarah Connor, ella ya es una mujer de armas tomar que no necesita de su ayuda. De hecho, cuando ambos están en el hospital y Reese ya se ha deshecho de las esposas que le tenían atado a una camilla, Connor espeta que ella puede arreglárselas por su cuenta cuando él intenta quitárselas a ella. La respuesta de Kyle es reveladora y encapsula muy bien las intenciones del filme en ese sentido: Que te quite las esposas no significa que tú no seas capaz de hacerlo.

Es algo que también vemos en Jurassic World cuando el personaje de Claire se pone en el papel del Dr. Ian Malcolm, coge una bengala y atrae al dinosaurio cuya creación ella misma supervisó como directora del parque —en ese sentido, el debate de los tacones es la chorrada de turno—.

Lo mismo en Creed, en el que el personaje de Bianca (Tessa Thompson), interés romántico del protagonista, se despega de los estereotipos de la chica-florero y se muestra como un personaje totalmente independiente con una historia propia que no está directa y constantemente ligada a la de Adonis. Creed es una película que no necesita pasar el test de Bechdel porque sus personajes femeninos tienen papeles a los que acudir y no simples líneas de diálogo que memorizar.

La prostitución de la nostalgia: Creed Tessa Thompson

Creed, además, es un filme que apuesta por la diversidad. El filme toma la esencia de una saga tan acostumbrada al rostro blanco del personaje underdog de Rocky y pone en el foco a un negro de clase alta, con estudios universitarios, que renuncia a su carrera profesional para dedicarse al boxeo. Y todos los elementos presentes están muy alejados de previas condenas que podrían habérsele dado por sentadas a un filme sobre un boxeador negro. No viene de la calle, no viene de un barrio duro de Baltimore y no viene de lidiar con los barrotes de una prisión estatal.

Y en ese aspecto, Star Wars VII: El despertar de la fuerza también toma una figura tan estereotipada como la del stormtrooper para poner bajo la máscara a un protagonista negro, Finn.

Lejos de condescendencias, el hecho de que Finn sea un protagonista de blockbuster inusual no significa que vaya a convertirse en el líder total de Star Wars VII: El despertar de la fuerza. De hecho, es Rey, una joven chatarrera que lleva toda la vida esperando la llegada de su familia en un planeta de perdedores y bandidos, quien toma el mando desde el principio. En el primer encuentro entre ambos, Finn piensa ayudar a Rey en una pelea hasta que ella demuestra que puede valerse por sí misma. Y lo mismo ocurre cuando los dos tratan de escapar de la Primera Orden a la carrera en ese mismo escenario. Finn coge de la mano a Rey y ella responde con dos significativos no me cojas de la mano. No es que ella quiera ser independiente, es que lo es —y esta vez no necesita que nadie le quite las esposas.

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Star Wars VII: El despertar de la fuerza es el finiquito idóneo a un año trascendental para Hollywood. Las otras tres películas y ella ponen en perspectiva la lucha de una industria que todavía a estas alturas trata de encontrar el modelo de negocio perfecto, sea a través de remakes, de universos cinematográficos o de adaptaciones de cadena de montaje.

Los títulos nostálgicos de este 2015, eso sí, representan un paso al frente, una maduración necesaria hacia un futuro que tiene que ser diferente. Son películas plenamente conscientes de sus pretensiones y de que marcan el inicio de un futuro que conoce sus limitaciones. Porque el futuro de Hollywood sabe que estos cuatro largometrajes, de repetirse, serán recibidos con hostilidad. Y legítimamente.

Mientras tanto, Terminator: Génesis, Jurassic World, Creed y Star Wars VII: El despertar de la fuerza permanecerán en el ideario nostálgico como colirios rejuvenecedores porque son al mismo tiempo homenajes al pasado y reivindicaciones del presente.

Las cuatro son, además, la constatación de que los errores cometidos hasta ahora tienen solución; de que el cine, aun con whitewash y machismo de por medio, todavía puede perdonarse con la representación de sus héroes y heroínas; de que el cine, aun consciente de su propia banalidad recaudatoria, también puede ser inteligente; de que el cine, al fin y al cabo, también ha evolucionado en positivo.

Pero los logros de estas películas también se encuentran en lo que como arte emocional son capaces de despertar en los espectadores. Porque, en términos que podríamos recoger de Del revés (Inside Out), la nostalgia no sólo activa el hipocampo del cerebro, vital en la memoria, sino que también conmueve estructuras como la sustancia negra o el estriado ventral, claves en los procesos de recompensa.

Y pese a que Skynet, en representación de ese cine de mutación incesable, diga eso de Mi existencia es inevitable, ¿por qué no lo podéis admitir? en Terminator: Génesis, a veces las recompensas emocionales son tan grandes que a algunos, como a Kyle Reese, sólo les queda decir eso de Porque somos humanos. Lo somos. Y nos encanta.

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1 comentario

  • Muy buen artículo y muy bien escrito aunque 1) Dice que “las cuatro películas de este año” y después mencionan que Creed sale en Enero en España :/ y 2) Me parece que el trasfondo del artículo es promocionar Creed :/

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