Horns, ni setas ni Rolex

Alexandre Aja y Daniel Radcliffe nos embarcan en una comedia ¿O es una de terror? ¿O un whodunit? En todo caso, un desastre

Un despropósito, un empacho, una indigestión

2 Actor protagonista
6 Actores secundarios
6 Punto de partida
2 Resolución
4

Cuenta la historia que dos vascos salieron una mañana de otoño al monte, a buscar setas. Cuando ya llevaban un par de horas, uno de ellos encontró algo que brillaba entre la hojarasca. “¡Hostia, Patxi, que me he encontrado un Rolex!” Acto seguido Patxi se acercó, cogió el reloj con una rama y lo lanzó entre los árboles, fuera de su alcance, mientras increpaba a su compañero: “No me jodas, Joseba, ¿estamos a Rolex o estamos a setas?” Pues bien, Horns es una película que visita el bosque para estar a setas, a Rolex, a la caza del zorro y, si se tercia, incluso a echar la tarde al fresco. Y eso la complica, y no precisamente para bien.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, se preguntaba Raymond Carver (Birdman) en su libro de relatos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Horns?, se pregunta el espectador desconcertado a medida que avanza el metraje de esta película. Y nadie podrá contestarle. Porque la respuesta a esa pregunta no la conoce ni su director, ni su guionista, ni ninguno de los responsables involucrados en la misma.

Horns comienza con el que probablemente sea el mejor plano de su metraje. Desde una perspectiva cenital, observamos a una pareja retozando sobre el césped. Charlan intrascendentemente hasta que deciden dar un paso más. “Ya estoy caliente” dice él. La imagen está fotografiada de tal forma que todo es salvaje, agreste, paradisiaco. El plano se acerca, cerrándose, sin cortes, y se adentra en la tierra sobre la que se encuentra la pareja, para mostrarnos, en continuidad, una escena completamente distinta. Ahora el protagonista se encuentra en un interior, a oscuras, tirado en el suelo y rodeado de botellas vacías. El plano está en las antípodas de la escena anterior, y ello es remarcado al aparecer presentado al revés. Del paraíso al infierno, en una elipsis ciertamente interesante.

Daniel Radcliffe enfadado
Daniel Radcliffe enfadado

Horns es una película que visita el bosque para estar a setas, a Rolex, a la caza del zorro y, si se tercia, incluso a echar la tarde al fresco. Y eso la complica, y no precisamente para bien

El conflicto también es presentado con premura: ella ha sido asesinada y todo indica que el responsable ha sido él, pero no hay pruebas que lo demuestren. Es por ello por lo que nuestro protagonista sufre un acoso brutal, tanto por parte de los medios como de los vecinos de su comunidad, que dan por hecha su culpabilidad. Él, que se sabe inocente, solo desea averiguar quién ha sido el responsable de la muerte de su chica. Minuto diez, y el espectador se apoya por primera vez en el respaldo de la butaca. Un whodunit. Terreno conocido. Tenemos a qué agarrarnos. Ahora a intentar averiguar quién ha sido.

Y sí, pero no. Porque enseguida aparecen los cuernos. Nada desconcertante, por otro lado. La película se llama cuernos y en todo el material promocional de la misma hemos visto al protagonista luciéndolos sobre su cabeza ¿Por qué le salen los cuernos? No lo sabemos. Lo hizo un mago. Son el macguffin. Por favor, caballero, si sigue haciendo este tipo de preguntas tendremos que acompañarle a la salida.

Daniel Radcliffe enamorado
Daniel Radcliffe enamorado

¿Por qué le salen los cuernos? No lo sabemos. Lo hizo un mago. Son el macguffin

No solo eso, sino que también los cuernos hacen que todo aquel que habla con el protagonista sea brutalmente honesto. ¿A qué viene esta honestidad? Tampoco lo sabemos. Lo hizo un mago. Son el macguffin. Por favor, caballero, haga el favor de acompañarnos sin montar un espectáculo.

Y entonces, sin previo aviso, la película se transforma en una comedia. Una comedia de excesos. Un personaje empieza a devorar donuts de un modo repulsivo. Otros dos copulan drogados sin control. Un tercero prende fuego a su negocio. Una serie de situaciones extremas que harían las delicias de un Marco Ferreri levemente amaestrado.

¿Y cuál es el problema? Puede preguntarse el lector. Hay películas cuya grandeza reside, entre otros aspectos, en saber jugar con el foco narrativo. Tenemos una historia de investigación que se convierte en una comedia. Y en Psicosis teníamos una historia de amor que se transformaba en una de robo y huida, que a su vez se transformaba en una investigación de desaparición y asesinato. Y la protagonista moría a los cuarenta minutos. Un circo. Y nos lo comíamos con patatas. De acuerdo. Pero Psicosis tenía a Alfred Hitchcock (Atrapa a un ladrón) como maestro de pista, y el circo se convertía en El circo del Sol. En Horns tenemos a Alexandre Aja. Y a los veinte minutos el serrín ya no impide que todo huela a heces de animales. Hasta las reseñas más complacientes con Horns indican que esta tiene un problema con su tono. Y niego la mayor. David Bisbal escogiendo camisas tenía un problema con el tono. La peluquera de Cyndi Lauper tenía un problema con el tono. Decir que Horns tiene un problema con el tono es como decir que un psicópata tiene un problema con su carácter. Horns es una locura, en el peor sentido de la palabra. Y lo peor es que se da cuenta, pero está encantada con ello.

Daniel Radcliffe bucólico pastoril
Daniel Radcliffe bucólico pastoril

Horns es una locura, en el peor sentido de la palabra. Y lo peor es que se da cuenta, pero está encantada con ello

Alexandre Aja es un amante del exceso. Y sus películas que mejor han funcionado han sido aquellas en las que la mesura brillaba por su ausencia: la tramposísima Alta tensión, la repulsiva Las colinas tienen ojos y la completamente desquiciada y autoparódica Piraña 3D. En vez de una elipsis, un plano detalle. En vez de un fuera de campo, una ralentización. En vez de un beso fugaz, un buen par de tetas. El problema es que un narrador puede abonarse al exceso cuando tiene claro qué película quiere hacer, qué historia quiere contar. Los músicos de jazz pueden improvisar solo cuando tienen muy clara la melodía. Exceso sin foco es potencia sin control, confundir narración con batiburrillo. Y prueba de ello es que cuando la historia se centra, en un largo flashback de cerca de quince minutos que nos muestra la infancia de nuestro protagonista con un tono más propio de una historia de Stephen King (El resplandor) que de Joe Hill (su hijo, y autor de la novela en la que se basa la película) es cuando despega con más fuerza. Ahí el guionista sabe qué quiere contar, y el director sabe cómo hacerlo. Y la película respira, porque no está tratando de epatarte, ni de escandalizarte, sino que se limita a contarte una historia de amor y amistad.

Pero ese tramo es tan solo un espejismo, y el resto del metraje transcurre a salto de mata entre la comedia sin gracia y la investigación aleatoria. Porque aleatorias son las reglas que la rigen. Como en ningún momento conocemos el porqué de la transformación y las nuevas habilidades de nuestro protagonista, tampoco nos sorprenden sus excepciones, ni la evolución de su arco emocional. Todo pasa porque sí, porque mola, porque conviene. Un buen ejemplo de este aspecto tiene que ver con toda la simbología del Génesis (el árbol, el jardín, las serpientes, los conflictos fraternales, la piedra manchada de sangre) presente aleatoriamente en el relato. ¿Qué nos quiere indicar? Probablemente nada, pero es que es muy resultona.

Daniel Radcliffe en todo un alarde de expresividad
Daniel Radcliffe en todo un alarde de expresividad

Todo pasa porque sí, porque mola, porque conviene

Y por si esto fuera poco, por si la paciencia del espectador no estuviera lo suficientemente a prueba, Horns está protagonizada por un Daniel Radcliffe completamente miscast. Radcliffe nunca ha sido Laurence Olivier. De hecho, a medida que avanzaba la saga de Harry Potter, quedaba más claro que no tenía, como actor, la entereza suficiente como para llevar sobre sus hombros a ningún personaje que exigiera demasiados registros. No es Radcliffe el adecuado para transmitir ambigüedad moral, sospecha, ni, desde luego, sexualidad. Radcliffe no es turbio. Radcliffe es Harry Potter y, si me apuras, y hacemos un esfuerzo por olvidar la cara complicada que se le ha quedado con el tiempo, el ingenuo y bonachón protagonista de Amigos de más. Nada más. Y nada menos. En Horns, Radcliffe no sabe qué diablos hacer con su personaje, y eso se nota. Está perdido, inexpresivo, apático, parece que ni se esfuerza. Si le hubiera dado un ictus en mitad de un plano, nadie se habría dado cuenta. Y eso resta, porque él aparece en prácticamente todos los planos. Y, al igual que en la saga del niño mago, su actuación solo respira cuando se relaja acompañado de actores mejores que él. En este caso Heather Graham (Boogie Nights) y David Morse (Passengers), en dos pequeños papeles resueltos con profesionalidad y soltura.

Y así, al final del metraje, ni nos hemos reído ni nos ha sorprendido la resolución del misterio (que cualquier espectador avezado puede intuir a la media hora de metraje). Pero lo peor de todo es que da la sensación de que a todo el equipo de la película esto le da igual. Porque no buscaban ni una cosa ni la otra, sino las dos a la vez, o lo contrario. Ni a setas ni a Rolex. Una tarde perdida en el monte.

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