Invencible, ficción vs. hechos reales

La segunda película como directora de Angelina Jolie piensa que adaptar un suceso verídico es suficiente para construir una película

Ramalazos de terror recorren la espina dorsal de cualquier espectador de bien cada vez que un rótulo avisa de que la historia que verá a continuación está “basada en hechos reales”. Aunque la advertencia no sea indicativa de la calidad de una película, no hay forma de zafarse del prejuicio. Miríadas de biopics con piloto automático y telefilmes con aspiraciones al Oscar llevan demasiado tiempo poniendo a prueba nuestra paciencia. El porqué de la necesidad imperiosa de incluir el dichoso matiz resulta un enigma insondable para el que esto escribe. Puede que sea la manera de que una historia adquiera una legitimidad que, parece ser, no tendría de otra forma. Puede que sólo sirva para guardarse las espaldas ante posibles traspiés argumentales, que encuentran su justificación en el “es que así es como ocurrió”. O puede que simplemente mole y punto.

Sea como sea, lo desolador del asunto no es tanto la inclusión del rotulito de marras como la existencia de ciertas películas que hacen de él su razón de ser; historias cuyo único interés radica en ser la adaptación de un hecho real. A Invencible no le basta con erigirse como uno de los máximos exponentes de esta tendencia. No, la segunda película como directora de Angelina Jolie (Maléfica) es mucho más: un manual práctico de todo lo que no debería hacerse a la hora de convertir una historia real en ficción.

El suceso en el que se basa Invencible es, faltaría menos, digno de cualquier epopeya cinematográfica: el traumático periplo bélico de Louis Zamperini, un atleta olímpico norteamericano cuyas aspiraciones deportivas son truncadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, lo que le lleva a dar con sus huesos en un campo de prisioneros japonés. No hay duda; la historia es carne de cañón para la épica hollywoodiense. ¿Cómo se las ingenia entonces una película para convertir una historia con innegable potencial dramático en un despropósito de primer orden?

Invencible 10

Invencible pensó que el pasado de Zamperini era fundamental para el retrato del personaje, aunque no creyó necesario darle relevancia alguna en la historia

Invencible empieza a dar pasos en falso ya desde sus primeros compases, cuando Jolie y sus guionistas (entre los que se encuentran Joel & Ethan Coen; dato que pasaré por alto, porque preguntarme cómo acaban dos de los mejores narradores contemporáneos estampando su firma en este libreto es demasiado para mi salud mental) tienen la ocurrencia de malgastar preciado metraje en contarnos los orígenes de Zamperini (Jack O’Connell, sufridor oficial del pasado año después de esta película y la muy recomendable ’71): un preadolescente rebelde, hijo de inmigrantes italianos, que se redime de una vida de alcohol, cigarrillos y miradas bajo las faldas de las chicas. Y todo gracias al atletismo. El porqué resulta ser este el acicate para dejar atrás la mala vida en lugar de, qué sé yo, el backgammon, nunca llega a esclarecerse. La película confía en que lo des por válido y te calles la boca porque, en fin, así es como ocurrió.

Todos conocemos la fórmula. De entre todos los trucos y tics del biopic al uso, uno de los más comunes (si no el que más) es la presentación de los orígenes del personaje. Maniobra sobada o no, cumple por lo menos un propósito narrativo: plantar la semilla del conflicto que atormentará al personaje a lo largo de su historia. Pues bien, Invencible decide pasarse la fórmula por el forro, introduciendo un relato de orígenes porque le da la real gana. Parece ser que sus responsables llegaron a la conclusión de que el pasado de Zamperini era fundamental para el retrato del personaje, aunque no creyeron necesario darle relevancia alguna en el devenir de la historia.

Así, mediante flashbacks metidos a martillazos, sin conexión directa o simbólica con las escenas en las que irrumpen, se nos narra la génesis del atleta. Una información que no tarda en revelarse como puro relleno, irrelevante para el desarrollo del personaje. Pero bueno, ya que tan empeñados estaban en ello, bien podrían haberla introducido en la historia sin necesidad de unos flashbacks que no son más que un vehículo para encasquetar todos los tópicos imaginables de la familia italoamericana (la madre cocinando cannoli y rezando a dios por el alma de su pequeño Louie, el padre azotando a su hijo al grito de “¡porca miseria!“) y verbalizar bochornosos aforismos motivacionales (“Si puedes aguantarlo, puedes hacerlo“, “Sólo tienes que creer que puedes“, “Un momento de dolor vale una vida de gloria“…).

Cuando todo este suplicio inexplicable llega a su fin, el desconcierto flota en el ambiente. ¿Qué tiene de especial un personaje como Zamperini? ¿Por qué debería interesarnos su historia? ¿Quién demonios es este tipo, aparte de un muchacho humilde convertido al atletismo y henchido del espíritu de superación de un deportista de élite? ¿Por qué era necesario contarnos esa temprana evolución (la única que tendrá el personaje en toda la película)? Invencible no tiene respuestas para ello. Eso sí, pondrá todo su empeño en salpicar el metraje con las imágenes de Zamperini corriendo, con la intención de hacernos creer que significan algo. Spoiler: no significan nada.

Invencible 13 - Jack O'Connell, Domhnall Gleeson

Invencible consigue que un episodio indispensable de la vida de Zamperini no tenga ninguna utilidad narrativa que justifique media hora de metraje

Por fin saciada de su fijación con los flashbacks, Invencible se pone manos a la obra con aquello que ha venido a hacer: narrarnos las vicisitudes de Zamperini en la guerra. La odisea de nuestro héroe da comienzo cuando el avión en el que viaja sufre un accidente en medio del océano. Los únicos supervivientes del siniestro son Zamperini y otros dos compañeros, que acaban vagando a la deriva en una balsa durante más de un mes.

Sin duda, un episodio fascinante en la vida del Zamperini real. Tanto que los responsables de Invencible decidieron que era imperativo incluirlo como fuese en la historia, aunque no tuvieran muy claro para qué. Por muy indispensable que pueda resultar este capítulo en la trayectoria vital de Zamperini, la película se las arregla para que no tenga ninguna utilidad narrativa que justifique media hora de metraje. Nada aporta al personaje, más allá de hacerle sufrir muy mucho y subrayar de forma machacona su espíritu de superación. Bueno, sí, sirve para que Zamperini abrace a dios, a quien promete devoción incondicional a cambio de salir vivo de esa… pero como de su repentino arrebato de fe nada volvemos a saber hasta la aparición de los ineludibles rótulos finales (informando de que, en efecto, acabó siendo un hombre muy santo), es de nula trascendencia para lo que nos cuenta la película.

Finalizado el episodio de los naúfragos, sabemos tanto de Zamperini como al principio. El tipo que sale con vida de esa balsa después de cuarenta y tantos días a la deriva es el mismo personaje unidimensional cuyo avión se estrelló en alta mar. Un ser inmaculado, honesto, valiente y generoso, con la esperanza por bandera, cuya resistencia física es tan asombrosa como su falta de riqueza dramática. Un héroe sin fisuras enfrentado al reto de sobrevivir. Y no, ni siquiera es una supervivencia que articule el conflicto (¿qué conflicto?) del personaje, como ocurría en Gravity o Cuando todo está perdido. La única razón por la que el protagonista acaba en esa balsa al borde de la muerte es, simplemente, porque la historia real de Zamperini así lo exige. Y la única razón para que todo esto dure media hora sin relevancia para el relato es… Bueno, para eso no hay explicación. Maltratar al personaje, supongo, el recurso predilecto de Jolie y sus guionistas cuando no saben qué hacer con él; es decir, todo el rato.

Invencible 12 - Jack O'Connell

Invencible entiende la tortura física como el único desarrollo posible para su personaje

Llevamos una hora de Invencible y, en contra de los deseos del espectador más impaciente, Zamperini sigue vivo. Pero que nadie se marche, que aquí llega el plato fuerte: el protagonista es capturado por los japoneses y conducido a un campo de prisioneros. Allí es recibido a golpes por El Pájaro (Takamasa Ishihara), líder del lugar; un sádico que decide hacerle la vida imposible a nuestro hombre. Y ahora es cuando emerge en todo su esplendor El Drama, o lo que los responsables de Invencible entienden por tal. Esto es: sufrimiento físico continuado.

Desde el preciso instante en que Zamperini se convierte en prisionero hasta el final, Invencible no es más que la reiteración compulsiva de la misma escena: Zamperini recibe una paliza de muerte y se pone en pie a esperar la próxima. La película se esfuerza, qué menos, en idear todo tipo de excusas para apalear al personaje. Ahora Zamperini se lleva una tunda por mirar directamente a los ojos del Pájaro. Ahora porque no se rinde en una carrera contra un soldado nipón. Ahora porque no accede a traicionar a su patria. Ahora porque… ¿y por qué no? Sea cual sea el detonante de la somanta de palos, el resultado siempre es el mismo: aunque maltrecho, el protagonista resiste con la dignidad intacta y su espíritu de superación a pleno rendimiento.

Y así, entendiendo la tortura física como único desarrollo posible para el personaje, Invencible culmina en un clímax de una coherencia abrumadora: Zamperini, hecho un despojo humano, es obligado por El Pájaro a sostener una viga de madera durante horas; hazaña que nuestro héroe consigue realizar ante la admiración de sus compañeros y la ira del Pájaro, lo que desemboca en… sí, en efecto. Otra paliza. Después de eso se acaba la guerra, Zamperini vuelve a casa y directed by Angelina Jolie.

Unbroken

La película de Jolie consigue que un villano de tebeo tenga más complejidad que su protagonista

Cuando, después de dos horas y media de lo que pretende ser un drama intenso y visceral, Invencible llega a su fin, la pregunta que nos hicimos al principio sigue sin respuesta. ¿Pero quién diantres es Louis Zamperini? Lo único que sabemos es que posee una resistencia física sobrehumana que le permite aguantar palizas como nadie. ¿Qué otra cosa podríamos saber de él cuando esos son todos los retos a los que se enfrenta? Bueno, hay una excepción: el chantaje moral propuesto por altos cargos japoneses, que le brinda la oportunidad de salir del campo de prisioneros a cambio de emitir un comunicado antiamericano. Este, el único desafío para Zamperini que no consiste en ser aporreado, está tan desaprovechado que bien podrían habérselo ahorrado: el personaje no duda ni un segundo en negarse a traicionar a su patria. Así, lo que debiera haber sido un dilema moral con el que poner a prueba al protagonista, no es más que la confirmación de lo que ya sabíamos: Zamperini es un individuo sin mácula.

Para estupor del respetable, resulta que el mejor momento de Invencible tiene lugar cuando, liberado ya el campo de prisioneros, Zamperini visita el habitáculo donde vivía su archienemigo. Allí descubre la vara de kendo que tantas magulladuras le ha causado… y una foto de infancia del Pájaro, en la que aparece acompañado de su padre, un alto cargo militar con cara de malas pulgas. Comprendemos entonces que El Pájaro no era más que un crío acomplejado que trataba de suplir su falta de autoestima torturando a un ser perfecto como Zamperini. Es la traca final, el más imposible todavía: han conseguido que un villano de tebeo sea más complejo que el protagonista.

Invencible - Jack O'Connell

La historia de Zamperini debió conmover tanto a los autores de Invencible que dieron por hecho que bastaba con plasmarla en una película para generar interés automático

Puede que Louis Zamperini sea uno de los individuos más admirables que hayan pisado la faz de la tierra, pero también es uno de los personajes más inanes de la historia del cine. Sus circunstancias debieron conmover e impactar tanto a los autores de Invencible que dieron por hecho que bastaba con plasmarlas en una película para generar interés automático. No se les llegó a ocurrir que, tal vez, necesitaban permitirse ciertas licencias para dar empaque y sentido a la ficción, y que no era ningún descrédito introducirlas, sino todo lo contrario. Podrían, por ejemplo, haberle encontrado alguna utilidad narrativa a la condición de atleta de Zamperini (más allá de ponerle a correr contra un soldado). Al fin y al cabo, es lo que le hace especial, ¿no? ¿Para que servían si no los condenados flashbacks? Vale, muy bien, Zamperini posee ese espíritu de superación a prueba de golpes tan propio de los deportistas, pero… ¿acaso ese mismo espíritu no podría tenerlo también un deshollinador? ¿O un charcutero?

Ah. Ya. Que un charcutero o un deshollinador no podrían haber soportado semejante tormento físico. Esa es otra de las cosas que claman al cielo: que una película que aspira a ser una oda al espíritu humano de superación esté protagonizada por una suerte de semidiós cuya resistencia física está fuera de lo común. En serio, ¿de eso va todo esto? ¿De cómo un superhombre se crece ante la adversidad simplemente porque es el único que puede soportar una paliza detrás de otra? ¿En eso consiste todo ese rollo de superarse a sí mismo?

Y ya que Zamperini es un prodigio físico, ¿por qué no ponerle a prueba con retos que nada tengan que ver con su condición? ¿Qué tal un desafío psicológico o moral que de verdad tenga alguna repercusión en el personaje? Nada de eso. Embriagados por la (se supone) inmaculada personalidad del Zamperini real, Jolie y los suyos deciden retratar a su homólogo ficticio sin tara alguna. Puede que el bueno de Zamperini fuese un individuo de intachable talla moral, pero flaco favor le hace a su memoria una hagiografía más digna de un mártir que de un ser humano.

El Zamperini de Invencible dista tanto de ser un personaje como sus vicisitudes de resultar interesantes. Sobrevivir a constantes malos tratos tuvo que ser un auténtico calvario, nadie lo pone en duda. Ahora bien, si los responsables de Invencible creyeron que eso era suficiente para construir y mantener una historia, apaga y vámonos. La narración progresa a golpe de agonía física, la única forma que tienen Jolie y sus guionistas de poner en aprietos al protagonista y suplir su carencia de entidad dramática. La concepción del desarrollo dramático que tiene Invencible no es otra cosa que pornografía del sufrimiento. Aunque una cosa hay que decir a su favor: nunca antes se había visto una snuff-movie con tan exquisita dirección de fotografía.

Invencible 4 - Jack O'Connel, Domhnall Gleeson

Alguien debió explicar a los responsables de Invencible que no basta con aglutinar elementos biográficos para construir un personaje

Invencible es la amalgama de toda la lacra que arrastra consigo el “basado en hechos reales”. Es el equivalente cinematográfico al pesado de turno que opina a viva voz que las anécdotas de su vida dan para el argumento de una película sin tener ni idea de lo que significa la palabra “argumento”. Alguien debería haber explicado a sus responsables que no basta con aglutinar elementos biográficos para construir un personaje. Que no vale con limitarse a adaptar una experiencia real para insuflar interés a una historia. Que tratar de epatar con sufrimiento perpetuo no es suficiente para hacer sentir algo al espectador. O que las historias reales necesitan ciertas licencias para funcionar dramáticamente, porque es la única forma de enriquecerlas y hacerlas dignas de ser contadas. En lugar de todo eso, Invencible se empeña en que nos maravillemos ante las hazañas de Zamperini porque, eh, esto ocurrió de verdad, ¿vale?

Puede que Invencible no nos haya hecho aprender absolutamente nada acerca de la voluntad inquebrantable del ser humano o el afán de superación, ni de “la amistad, el amor, la lealtad, la familia o la fe” (que son, según su directora, algunos de los temas de la película). Pero al menos la película de Angelina Jolie nos ha enseñado que vivir de las rentas de una historia real sólo conduce a la desidia narrativa, y que el dichoso rótulo no es razón suficiente para dar validez a una historia ni a un personaje. No es poca cosa, así que sintámonos afortunados. Lo único que un humilde servidor espera es que si llega el día en que un ejecutivo de Hollywood decide hacer una película basada en los hechos reales de mi agonía física, psicológica y moral durante el visionado de Invencible, lleve por lo menos la lección bien aprendida.

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