It Follows: La naturaleza del miedo

De cómo la segunda película de David Robert Mitchell demuestra conocer a la perfección los mecanismos del terror

Aún es pronto para saber si It Follows llegará a ejercer alguna influencia en el moderno cine de terror, tan propenso como es a vampirizar a sus iconos. De momento, no cabe duda de que ha logrado asomar la cabecita en un género que, al menos en su vertiente más comercial, no se caracteriza precisamente por su originalidad. Punto y aparte del horror contemporáneo para unos, soberana tomadura de pelo para otros, aquí no será necesario recurrir a tamañas hipérboles para tratar de valorar la película en su justa medida. Porque, con todos sus defectos, la segunda película de David Robert Mitchell tras El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover), ópera prima que ya se recreaba en la angustia vital del teenager norteamericano, posee la virtud de ser un soplo de aire fresco en un género que acostumbra a oler a naftalina, y logra desarrollar una personalidad propia sin verse en la obligación de enmascarar sus referentes.

La verdad es que It Follows está muy lejos de ser redonda. Tras un primer acto modélico (un cuento de hadas ochentero que se corrompe progresivamente, hasta culminar con toda una lección narrativa: cómo explicar las reglas del juego de manera simple, visual y coherente), la película se va estancando en un tramo central acechado por la sombra del tedio. La causa de semejante bajón es tan sencilla como preocupante: la película carece de personajes, e intenta colarnos como tales a una pandilla de imberbes de escaso carisma y nula entidad (¿alguien es capaz de diferenciar a la hermana y a la amiga de la protagonista, salvo por las gafas que identifican a esta última?). Puede que Mitchell pensara que con reciclar arquetipos del cine teen (la reina del baile, el pringado enamoradizo, el macarra de buen corazón) y pasarlos por el filtro “Sofia Coppola” del aburrimiento existencial ya era suficiente para mantener nuestro interés. O que diese por sentado que, siendo la amenaza tan primaria como es, no hacía falta dotar de personalidad a sus protagonistas para que el espectador lograse identificarse con ellos. De cualquier forma, lo único que consigue poniendo a esta panda de inanes al volante de la historia es anular uno de los elementos decisivos del género: la empatía. Desde luego, clama al cielo que una película que bebe tantísimo de Stephen King (el fantasma de It planea por toda la historia) no haya sido capaz de asimilar la enseñanza más esencial del maestro de Maine: poco importa la trama si no tenemos personajes a los que aferrarnos.

Pero basta de hacer sangre. No hemos venido aquí para eso, ni para señalar con dedo acusador la cantidad de veces que Mitchell traiciona sus propias reglas en pos de la conveniencia (ese accidente de coche…) o de la simple necesidad de colarnos imágenes pretendidamente icónicas (ese desnudo integral en el tejado de la casa…). La película es un blanco demasiado fácil a la hora de ponerse a enumerar errores de bulto e incongruencias, labor que nos interesa tanto como al director su coherencia: poco o nada (aunque, las cosas como son, nunca se nos explica abiertamente la lógica ni la naturaleza del monstruo, por lo que tampoco podemos afirmar que Mitchell sea un estafador redomado; dejémoslo en mero tramposillo). Tampoco es este lugar para tratar de interpretar el enigmático mensaje que esconde su historia; en el blog de Lynn Cinammon se puede encontrar una teoría que servidor suscribe palabra por palabra, y que deja claro que no tiene tanto que ver con el sexo o la castidad como con el despertar de un grupo de chavales en la flor de la vida a cuestiones tan aterradoras como el paso del tiempo y la muerte.

Nada de eso nos interesa. Aquí hemos venido a demostrar que si algo tiene It Follows es conocimiento de causa acerca de en qué consiste esto de acojonar al personal. Que le salga bien o no, bueno, queda a juicio de cada uno. Pero es de justicia reconocerle algo a Mitchell: sabe a lo que está jugando. Quizás a veces no logre atinar tanto como nos gustaría, pero sólo un verdadero conocedor de los engranajes del género es capaz de emplear sus clichés tanto para subvertirlos como reforzar su vigencia. No, puede que It Follows no sea la película de terror definitiva (¿puede existir semejante concepto?), pero desde luego que lo intenta, y a veces, parece estar cerca de conseguirlo.

it follows film still

Lo verdaderamente fascinante de It Follows, como ocurre (o debería) en toda historia de miedo, es la amenaza

Que Mitchell ha hecho una película con el fin de trastocar los pilares del género queda claro desde sus primeros compases. Todas sus decisiones parecen encaminadas a ello: desde no ocultar al monstruo más tiempo de lo estrictamente necesario hasta convertirlo en una amenaza de la que uno puede huir con relativa facilidad. Eso por no hablar del papel que juegan las relaciones sexuales: aquí, el viejo tópico que reza “si follas, mueres” acaba mutando en un “si no quieres morir, ¡sigue follando!”, una de esas juguetonas vueltas de tuerca a los dogmas del terror adolescente que salpican todo el metraje.

También está la cuestión formal. Como bien apunta Jordi Costa en su crítica para El País (o Francesc Miró en la suya para esta santa web), en un género tan acostumbrado a provocar terror mediante el encuadre claustrofóbico, resulta cuando menos admirable la capacidad de It Follows para inquietar con un simple plano general. La idea, por supuesto, no es nueva. Podemos rastrear su huella en la aparición fantasmal del lago en esa obra magna llamada Suspense (The Innocents), o en algunos de los momentos más célebres del que es el referente menos disimulado de It Follows: La noche de Halloween (Halloween). Pero, ¿una película que base casi toda su capacidad para desasosegar en espacios abiertos a plena luz del día? En este sentido, y a riesgo de sonar categórico, It Follows marca un hito. Al contrario de lo que suele ser habitual, sus personajes se sienten más protegidos al aire libre que encerrados entre cuatro paredes, y el espectador es capaz de angustiarse mucho más escudriñando cada lejana figura atisbada en una tarde veraniega que imaginando qué se esconde tras la esquina de un tenebroso callejón.

Pero lo verdaderamente fascinante de la película de Mitchell, como ocurre (o debería) en toda historia de miedo, es la amenaza. Aquí, el director demuestra bastante más arrojo que muchos de sus coetáneos. Sabedor de lo difícil que resulta hoy en día crear una amenaza antológica (¿cuándo fue la última vez que vimos una?), decide resolver el entuerto diseñando una amalgama de todas las existentes. La criatura de It Follows posee cualidades del fantasma (asume la identidad de difuntos y sólo unos pocos pueden verla), del demonio (su irrupción en la historia viene condicionada por una “maldición”), del asesino slasher (esa afición por el body count adolescente), del zombi (su exasperante lentitud, su inagotable paciencia), del impostor de otro mundo (con La invasión de los ladrones de cuerpos y La cosa como máximos exponentes) y, en definitiva, del monstruo clásico (una fuerza de la naturaleza ajena a conceptos como el bien y el mal que tan sólo busca alimentarse). Si hay alguna criatura que merezca el calificativo de “monstruo posmoderno”, esa es la de It Follows: es todos los monstruos y, al mismo tiempo, ninguno.

Porque, no contento con ello, Mitchell realiza el más difícil todavía: no otorgar personalidad alguna a su amenaza. Sí, ya, La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers) y La cosa (The Thing) lo hicieron antes. Pero esto va mucho más allá: todos podemos recordar las vainas alienígenas del clásico de Siegel o algunas de las mutaciones de la obra maestra de Carpenter, pero ninguno de los rostros que encarna la criatura de It Follows perdurará en nuestra memoria (a excepción, quizás, de una de las viejas más perturbadoras de la historia). Lástima que Mitchell se achante un poco a la hora de reducir a su monstruo a la nada más absoluta, y se vea necesitado de hacer uso de ciertos recursos facilones y completamente prescindibles (la mujer que se mea encima, el niño de rasgos demoníacos), cuando lo único que le hace falta para provocar desazón es la mera visión de un individuo anónimo que se aproxima con la mirada muerta.

It Follows 3

La premisa de It Follows (desaprovechada o no) es la pesadilla definitiva

Es en su amenaza, y en lo que esta conlleva, donde It Follows mejor demuestra entender a la perfección el fundamento esencial de cualquier historia de terror. Si James Ellroy afirmaba que la premisa básica del género negro es la asunción de que “estás jodido”, la del terror bien podría ser algo así como “el Mal nunca muere”. Puedes correr todo lo que quieras, echar mano de cualquier arma o idear todos los mecanismos de defensa posibles, incluso puede que consigas ponerte a salvo y salir ileso… pero vas listo si piensas que el Mal va a desaparecer así como así. Thomas Ligotti, uno de los popes de la literatura de terror contemporánea, lo explica mucho mejor de lo que podría hacerlo yo en su relato El Tsalal: “En todas las leyendas de muertos, en todos los cuentos de criaturas de la noche, en todas las mitologías de dioses locos y demonios lúcidos, siempre perdura una especie de sinsentido burlón al final, una voz fuerte y resonante que llama desde el corazón de estas historias y declara: Todavía estoy aquí“.

¿Alguien recuerda alguna (buena) historia de terror con happy end que no se guarde bajo la manga un “todavía estoy aquí”? ¿Una que no contenga una coda perversa después de que la amenaza haya llegado aparentemente a su fin? Podríamos mencionar la fotografía de El resplandor (The Shining), la mano de Carrie emergiendo de la tumba, la desaparición del cadáver de Michael Myers o, sin ir tan lejos, las últimas escenas de Insidious y Expediente Warren (The Conjuring). Parece sencillamente inadmisible que una historia de terror pueda acabar con un final feliz absoluto, porque invalidaría su razón de ser: quitarnos el sueño. ¿Excepciones? Quizás Poltergeist, aunque no está muy claro que los fantasmas acaben desapareciendo al final, o Scream y slashers similares, pero su condición de whodunnits les concede carta blanca al respecto. Lo mismo podríamos decir de las monster movies, que no tienen por qué entrar en el terreno de lo sobrenatural ni ser historias de estricto terror; al fin y al cabo, Tiburón (Jaws) no deja de ser una película de aventuras, y Alien una de ciencia-ficción.

En este sentido, la premisa de It Follows (desaprovechada o no) es la pesadilla definitiva: puedes correr, puedes pasar el relevo de la maldición, puedes tirarte toda la vida huyendo… pero no hay escapatoria posible. Tarde o temprano llegará el momento de rendir cuentas. Así, el monstruo de It Follows es, como la gran mayoría de las amenazas sobrenaturales, la personificación de lo inexorable, de aquello que siempre estará acechando a la vuelta de la esquina para abalanzarse sobre ti cuando menos te lo esperes. Vamos, de la muerte. De ahí que las fosas comunes del cine de terror se hayan nutrido tanto de cadáveres adolescentes, porque… ¿quién mejor para ejemplificar el terror ante lo inevitable que aquellos que están convencidos de tener toda la vida por delante? It Follows es tan consciente de ello que decide convertirlo en el eje de una historia íntegramente protagonizada por adolescentes y en la que la criatura jamás siega la vida de ningún adulto.

PRECAUCIÓN – SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ ________________________________________________________________________________________________

It Follows 2 - Maika Monroe

Mitchell trata de dejar en el aire la posibilidad de que la criatura siga viva, pero no es más que una jugarreta

Pero It Follows va un pasito más allá que otras películas del género a la hora de abordar el “todavía estoy aquí”. Tras hora y media de metraje huyendo de aquí para allá, sus protagonistas deciden que ya está bien, que llegó la hora de enfrentarse a la amenaza. Pobres ilusos, creen que pueden detener lo inexorable elaborando un plan absurdo, heredero de los clásicos clímax de Stephen King, para acabar con la criatura; aunque, a diferencia de King (los finales nunca han sido lo suyo), Mitchell sabe que es una chorrada, como él mismo afirma en esta entrevista para Vulture. Sus protagonistas han disparado con anterioridad al monstruo sin apenas provocarle un rasguño, pero los muy idiotas piensan que por alguna razón (¿tal vez por las descargas eléctricas que Jay ha presenciado durante la muerte de Greg?) son capaces de electrocutarlo en una piscina mediante tostadoras y secadores de pelo.

El caso es que el plan, por muy imbécil que sea, funciona. No consiguen electrocutar al monstruo, pero por alguna razón inexplicable logran acabar con él de un balazo en la cabeza cuando está sumergido en el agua. Una muerte que nunca llegamos a comprender, dado que la lógica interna del universo que ha creado Mitchell es, bueno, resbaladiza, por no decir abiertamente caprichosa. Podría perder mi tiempo y el del lector tratando de elaborar una explicación cogida con pinzas (la criatura, dada su condición “eléctrica”, es vulnerable al agua, como evidencia el hecho de que no se atreva a meterse en la piscina, y al sumergirse en ella… ¿el balazo que antes no funcionaba surte efecto?), pero, sinceramente, no pienso esforzarme más de lo que se ha esforzado Mitchell en confeccionar su clímax. Dejémoslo en que la maldita criatura muere porque el director necesita que así sea. Claro que trata de dejar en el aire la posibilidad de que el monstruo siga vivo, pero no es más que una jugarreta para que surta efecto lo que pretende lograr con el final de la película.

Pero un momento, un momento… ¿qué estafa es esta? ¿No habíamos quedado en que el Mal jamás desaparece? ¿Que la gracia de cualquier película de terror (y de esta en especial) reside en que la amenaza nunca muere? ¿No acaba de cargarse Mitchell todo lo que había construido? Pues no. El director demuestra ser bastante más avispado de lo que pudiera parecer a simple vista al cascarse un epílogo que, vale, puede que no sea inédito (se aceptan ejemplos), pero que al menos resulta bastante inusual en la forma que tiene de plantar el “todavía estoy aquí.”

CUBAN FURY

La jugada maestra de Mitchell es ejemplar: se cepilla al monstruo, pero hace que la amenaza no desaparezca nunca

Muerto el bicho, los chavales son incapaces de bajar la guardia. Jay (Maika Monroe, The Guest) y Paul (Keir Gilchrist, Una historia casi divertida) echan un polvo desganado (¡enhorabuena, campeón!) para librar, por si acaso, a la protagonista de la maldición. Acto seguido, el bueno de Paul, en otro plan increíblemente idiota, conduce hasta los bajos fondos para pasarle la patata caliente a una prostituta. La película finaliza con los dos personajes paseando plácidamente cogidos de la mano, pero inquietos, con la paranoia relampagueando en sus ojos, echando miradas furtivas a su alrededor… mientras una figura lejana viene hacia ellos. Y pese a la ambigüedad con la que Mitchell impregna todo este epílogo, podemos llegar a afirmar que esta figura no es la criatura. No, eso sería demasiado fácil. Lo que acecha a la pareja es algo mucho peor.

Es el miedo. El terror primario, cerval e infinito. La certeza de que el Mal, aunque parezca extinto, no morirá nunca. La jugada maestra de Mitchell en este epílogo, la forma que tiene de dar la vuelta al único cierre posible para una historia de miedo, es ejemplar: se cepilla al monstruo, pero hace que la amenaza no desaparezca jamás. Vale, nunca llegamos a saber con total seguridad si la maldición se ha desvanecido de la faz de la tierra, si la criatura tan sólo está esperando a que sanen sus heridas o si pudiera haber más como ella, pero da lo mismo. Lo que importa es que, viva o muerta, el miedo persistirá por siempre. Los protagonistas pasarán el resto de sus vidas asediados por la paranoia, observando con recelo al primer peatón anónimo que camine con paso lento y a cualquier figura que se aproxime desde la lejanía. Nunca dejarán de mirar por encima del hombro, y seguirán follando sin ganas en un desesperado “por si acaso” hasta el fin de sus días. Es algo casi peor que ser acosado por la criatura. Es una muerte en vida, un falso “todavía estoy aquí” que resulta casi más aterrador que uno auténtico.

Así que no, puede que It Follows no sea la película de terror definitiva. Pero gracias a su concepción de la amenaza y a su original empleo del inevitable guiño malicioso final, podemos aseverar que, en un tiempo en el que el terror parece más interesado en reciclar viejos logros en vez de analizar su función para darles un lavado de cara, al menos Mitchell entiende a la perfección la naturaleza del miedo: la sospecha de que, aun cuando la amenaza se haya esfumado y todo parezca volver a la normalidad, siempre habrá una voz burlona susurrando a nuestras espaldas.

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1 comentario

  • Lo realmente interesante de “It follows” no son los personajes, ni la trama, ni la propuesta visual, etc. sino la idea de que el miedo ante la presencia del objeto amenazante no es nunca ante el objeto como tal sino a todo lo que hay antes y después, a saber la manera en que se anuncia que algo horrible va a suceder. Sería más interesante que no sucediera porque el verdadero terror es aquel en donde se anuncia lo horrible pero nunca sucede.

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