John Carter, inacabada pero satisfactoria aventura

Andrew Stanton se pasa de la animación -hizo Wall·E- y se pasa a la imagen real con todo un evento cinematográfico que ha costado ya unos 700 millones de dólares.

Un poco de historia. Edgar Rice Burroughs dio comienzo en 1912 a la serie de ciencia-ficción Barsoom bajo el nombre de Under the Moons of Mars. En 1917 publicaría la primera novela, llamada A Princess of Mars, que daría pie a otras diez secuelas, firmando el finiquito con la definitiva John Carter of Mars, de la que se extrae el nombre para titular la película que nos trae hoy aquí. Burroughs es, para desconocimiento de quien suscribe estas palabras, uno de los escritores de ciencia-ficción más prolíficos de principios del siglo XX, si no el que más. También es una de las mayores referencias para los novelistas, directores y guionistas de cine e incluso científicos que han vivido de la imaginación de las obras de Burroughs con posterioridad a los años 50.

El mundo del celuloide, claro está, no ha vivido imperturbable ante la posibilidad de adaptar las obras del escritor norteamericano, con lo que en él se han fijado directores de tan interesante carrera cinematográfica como George Lucas o James Cameron. Ellos, como grandes creadores de increíbles e inexplorados mundos, han basado parte de sus películas en los relatos sobre Barsoom; así, cualquiera que haya visto Avatar -¿todavía hay alguien que no?- será incapaz de no ver el cúmulo de reminiscencias que comparte el filme de Andrew Stanton con Pandora y los Na’Vi. Por tanto, y pese a que muchos vayan a verter sus tóxicos balbuceos contra John Carter por esta razón, me atrevo a afirmar que no es un problema de la película en sí, sino del excesivo letargo –impresionantes los motivos de esta tardanza– que ha supuesto llevar a la gran pantalla una adaptación que hace 20 años ya era posible y tenía sentido llevarla a cabo. Ahora, y con unos rumoreados 700 millones de dólares gastados en producción, promoción y distribución, John Carter se enfrenta a un reto mucho mayor que el de hacer justicia en Marte, aquel que tiene que ver con hacer frente a la inminente defenstración crítica, a las pesimistas previsiones de taquilla, y conseguir tras ello erigirse como una propuesta valiente y parcialmente bien definida, que es lo que voy a defender hoy aquí.

Andrew Stanton, director de la maravillosa Wall•E (2008), es el encargado de llevar al cine la que probablemente es una de las mayores y más arriesgadas inversiones de Disney en los últimos años. Stanton, que como Brad Bird (Los Increíbles, Misión Imposible 4) pasa de la animación a la imagen real en el mismo año, tiene ante sí un reto impresionante, pues cuenta con 250 millones de presupuesto y tiene que adaptar una obra que sin CGI -gráficos por ordenador- no tendría mucho sentido en este 2012. Obviamente entendimos en su momento el proyecto de James Cameron con su Avatar, pero a priori cualquiera podría cuestionar la sanidad cerebral de los ejecutivos de Disney al encargar John Carter a un debutante como Stanton. Partiendo de estas valoraciones, la conclusión que deja la película es que hay grietas suficientes durante el metraje para que todo acabe siendo un completo desastre, sin embargo el filme sabe recomponerse gracias a una serie de características que van desde el aspecto visual al excelente ritmo de acción y pasando por una historia que, aunque no del todo bien tratada y guionizada, sí cautiva por su magnífico espíritu aventurero.

Los motivos para hablar de este espíritu aventurero se deducen del excelente planteamiento. La película comienza su andadura en los años ochenta del siglo XIX, cuando un joven recibe una carta anunciando el fallecimiento de su tío, quien le deja en exclusiva un diario que cuenta su sorprendente historia. El relato nos conduce unos años atrás, en los que John Carter -el tío- era un soldado confederado atraído por el oro del Oeste y que acabará rodeado en una cueva a la que los mismísimos indios le tienen pánico. He aquí donde el misterioso soldado será trasladado, por medios que desconocemos, a un desierto en el que, curiosamente, sus habilidades de salto se han visto irracional y exageradamente incrementadas. Más adelante descubriremos que el estar en Marte, lo que equivale a un inequívoco descenso de la gravedad, le ayuda a poseer tan impresionante cualidad –pese a que algunos se empeñen en decir que no lo es en absoluto-. De esta manera tenemos ante nosotros una propuesta trepidante -de la cual dice mucho ese plano que muestra al joven sobrino leyendo tan apasionadamente- que conciliará aventura, fantasía y western.

La combinación de estos tres géneros ya de por sí despierta entusiasmo, pero la labor técnica de montaje y fotografía también funciona a la perfección en estos primeros compases, todo que cuando llegamos a esa árida llanura en la que John Carter descubre lo mucho que cuesta andar en suelo marciano ya formamos parte de esa aventura, la de un hombre que se encuentra solo en un lugar desconocido y en posesión de una habilidad asombrosa que despertará el apetito romántico de cualquier espectador.

Los siguientes minutos se atisban más peligrosos en tanto que el protagonista toma conciencia de dónde se encuentra y para quién debe su lealtad -cuestión moral que se pondrá en entredicho durante todo el metraje-. La presentación de los Tharks, esas impresionantes criaturas verdes de cuatro brazos, carece de la magnificencia que merece, y la calidad gráfica de los mismos los hace poco diferenciables entre unos y otros -recordemos que Avatar en ese aspecto era impresionante-. Las pretensiones de la película toman aquí el mayor protagonismo, estableciendo de la manera no más acertada quiénes son los malos y por qué pretenden lo que pretenden. El uso de los colores en el vestuario -azul, rojo y verde- sí funciona mejor para concebir las diferencias entre los bandos en los que se divide Barsoom -o Marte, como queráis llamarlo-, un planeta en el que la escasez del agua promete la extinción de un mundo tremendamente afectado por los conflictos entre naciones y razas, fácil -quizá demasiado- e incuestionable razón de semejanza con nuestra Tierra. Será en esta cuestión cuando el filme pierda gran parte de su fuerza; los motivos de conflicto entre las ciudades enfrentadas, Helium y Zodanga, apenas se entraman o representan salvo en batallas o conversaciones vacuas e insulsas, que además tienen lugar en palacios vacíos habitados por realezas estereotipadas. En ese sentido Ciarán Hinds y James Purefoy hacen un buen trabajo aportando la serenidad y la gracia necesaria, respectivamente; no en cambio el villano, Dominc West, al que no puedo evitar ver algo sobreactuado.

Otro problema fácil de atañer a Stanton, Michael Chabon y Mark Andrews -guionistas- reside en las autoimpuestas limitaciones del libreto. Los Tharks son criaturas suficientemente bien diseñadas como para llamar la atención del espectador; sin embargo no es tan fácil mantenernos atentos o interesados por sus conflictos internos cuando sus personalidades apenas nos interesan. La amistad que labra Carter con el líder de estos extraterrestres de color verde posibilita al protagonista hacerse cargo de la hija incomprendida del jefe, personaje totalmente innecesario que resta tiempo y líneas de diálogo que podían haberse aprovechado mucho mejor.

El lado del argumento que sí funciona mejor es el que tiene que ver con los Thern, los misteriosos hombres calvos y de penetrantes ojos azules -chapeau para el diseño artístico en este sentido y al siempre interesante Mark Strong- que tanto tienen que ver en la relación transplanetaria. De ellos parte la labor de acrecentar el conflicto entre Helium y Zodanga y de aportar las dosis de misterio e inquietud que se notan ausentes en otras partes de la cinta. Con ellos John Carter tendrá ante sí mayores dificultades y rompecabezas que resolver, lo que por un lado acrecienta esa sensación de aventura y por otro consigue que tanto el espectador como el mismo protagonista se hagan cada vez más partícipes de lo que está ocurriendo en Marte.

Establecido este marco argumental, con sus puntos positivos y negativos, es importante recalcar que la labor como director de Stanton pasa la mera solvencia, incluso llegando a atisbarse algo de su intuido talento en algunas secuencias -la primera persecución a caballo o la increíble batalla contra los Thern en el desierto-. Ayudado por el gran trabajo técnico que congenia imagen real con artificial, las escenas de acción y el ritmo del montaje van acordes con la pretensión narrativa, que no es otra que la de centrar sus esfuerzos en la espectacularidad de los enfrentamientos y los paisajes de Barsoom, enalteciendo esa sensación de “mundos increíbles” que tan bien funciona como generador de fantasía. Aunque tampoco podemos olvidar la composición que hace Michael Giacchino -ya imprescindible en Disney- para la ocasión, que además recibe su merecido protagonismo en esa batalla que comentaba hace unas líneas.

Sin embargo, para la consecución de la película también es necesario contar con intérpretes que sepan manejarse en una película tan ambiciosa -que no pretenciosa- como esta. Taylor Kitsch es en ese sentido una elección lógica y competente, aunque su excesiva pose de modelo le reste carisma al asunto. Lynn Collins, por su parte, tiene el que quizá sea el personaje más interesante de todos y que no simplemente atrae por esa hipnótica mirada -recuerda mucho a la de Olvia Wilde en Cowboys & Alliens (Jon Favreau, 2011)- puesto que la relación con su padre o la progresiva conversión en la heroína de la contienda le otorgan a su papel ciertos rasgos de complejidad mucho más atractivos que los que vemos en el resto del reparto. Ambos protagonistas tienen ante sí una labor romántica que, aunque incompleta y no del todo bien actuada, sí se siente sentimentalmente sensible y verosímil.

Con todo ello se deduce que John Carter es una película insuficiente, quizá inacabada -han rehecho el montaje varias veces-, pero también plenamente satisfactoria en el plano del entretenimiento e incluso competente en ese género tan difícil de definir y alcanzar que es la aventura. Es indudable que los motivos para el fracaso existen, que es fácil encontrarlos y arremeter contra ellos, pero también es sencillo sentarse en la butaca y dejar que te cuenten que tal vez un día, en una cueva, un misterioso suceso te lleve a un planeta en el que posees habilidades extraordinarias y salvas y te enamoras de bellas mujeres, yo seguiré soñando, que para eso existe el cine.

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1 comentario

  • Estoy seguro de que si John Carter se hubiera estrenado 30 años antes no tendría las críticas que está teniendo actualmente. En gran parte, motivadas por la ignorancia del público en general de que se trata de una historia original anterior a películas como Star Wars, Avatar, etc… Y que los directores de las mismas (y muchos otros) han tomado como referencia.
    Creo que los publicistas y encargados de la campaña de marketing de la película deberían haber ahondado en este tema, para hacer ver a la gente que no se trata de una simple copia o algo tipo Cowboys & Aliens que tiene como objetivo recaudar en taquilla y exprimir a tope el 3-D, sino que se trata de un relato único y anterior a todas las películas de ciencia ficción posteriores.

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