Joven y bonita, al otro lado de la pupila

François Ozon nos acerca la historia del despertar sexual de una joven que por el placer de la experimentación se convierte en prostituta

Existen pocas experiencias en la vida humana equiparables a la potencialidad e intensidad del despertar sexual. Philip Roth escribió que no hay nada más poderoso que el sexo “porque solo cuando jodes te vengas de una manera completa, aunque momentánea, de todo cuanto te desagrada en la vida. Sólo entonces estás limpiamente vivo y eres tú mismo del modo más limpio”.

François Ozon lo sabe bien. Por ello éste es el leitmotiv fetiche en sus películas. El cine de este guionista y director francés resulta hipnótico porque sus personajes reflejan con maestría esa curiosidad primordial, esa pulsión por sentirnos vivos y ver adónde nos conduce el deseo y a quién nos encontraremos reflejado en las pupilas del otro (u otros).

Joven y bonita

Tras el voyeur adolescente de En la casa (2012), Joven y bonita nos presenta a Isabelle, una chica de diecisiete años también en pleno proceso de autoconocimiento sexual y, por ende, identitario. La historia contada a lo largo de cuatro estaciones se empapa del magnetismo que brinda el observar esta maduración, como a través de una mirilla, ese tabú que constituye uno de los mayores placeres que puede regalar la existencia a una mujer: el descubrimiento del poder de sus propias armas como individuo erótico. Más concretamente asistimos en el filme a su descubrimiento, experimentación, apogeo y vuelta a la realidad; la del trauma.

Pero por si el morbo no fuera poco y la belleza de la actriz que encarna a Isabelle, la también modelo Marine Vacth, no dejase ya al espectador sin respiración desde la primera escena, nuestra protagonista va más allá de lo que iría cualquiera que se sepa joven y bonita: Isabelle, de buena familia, se mete de lleno en la prostitución de lujo, en busca de la propia experiencia y solo por sentirse viva.

La fotografía amable, auque algunos la consideren demasiado glamourosa, y el cuidado del ritmo y de las elipsis suman calidad a un relato de por sí fascinante. Una vez más, los personajes de Ozon tan distantes, tan franceses, se perfilan con buen gusto y por encima de cualquier frivolidad que le quieran echar en cara. La dimensión emocional de Isabelle se vislumbra lentamente a la par de su propio autoconocimiento. Lo que comienza siendo una toma de conciencia del propio poder de seducción la llevará a toparse de bruces con dimensiones más profundas de sí misma y de los que la ven joven y bonita. Presenciamos todo un año en el que la joven temeraria pasará de aceptar qué poder implica el modo en que la ven los demás, qué resulta de interpretar ese papel, cuáles son las emociones que acarrean algunas de las fascinaciones que despierta a su alrededor y, finalmente, cuáles son sus propias carencias y necesidades una vez que se ha acostumbrado a exprimir ese poder. En resumen: pudiendo ser cualquier cosa, ¿qué es lo que quiere ser una chica joven y bonita? Porque también era Roth quien decía “El sexo es lo que desordena nuestras vidas ordenadas. Lo sé tan bien como cualquiera. Hasta el último resto de vanidad volverá para burlarse de ti”.

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