Kingsman: el círculo de oro, abuelos con gorra

En la mayoría de ocasiones, la democratización de la crítica cinematográfica no se traduce en opiniones más segmentadas o en análisis más exhaustivos. Con la repetición de fórmulas y arquetipos cada vez más presentes en el cine hollywoodiense, gran cantidad de textos se limitan a acomodarse girando sobre la misma idea y usando, por si fuera poco, las misma palabras. Palabras que en ocasiones suenan vacías.

Cuando Matthew Vaughn estrenara Kick-Ass, allá por el año 2010, el adjetivo de convergencia era “gamberro”. Él era un director gamberro debido a la representación de la violencia —entre explícita y estilizada— que presentaba en pantalla, mientras que la cinta lo era por su visión supuestamente realista de la heroicidad y los superhéroes. Tanto los temas como la forma brutal de presentarlos molestaban y dividían al público entre los que apartaban la mirada y los que reían ante lo que era considerado como un espectáculo visual.

La popularidad de Kick-Ass ejerció una sombra alargada en Kingsman que, mucho antes de su estreno, ya había sido catalogada de la misma forma que su predecesora. Se dijo de Kingsman que era gamberra. Gamberra y macarra como se supone que tenía que ser su protagonista pero, debido precisamente a que fallaba en la concreción y el desarrollo de los temas, la cinta no llegaba a nada. “Gamberra” se convertía aquí en un adjetivo hueco que no explicaba cómo eran los 130 minutos que habíamos presenciado pero que todos repetimos sin cesar.

Porque más que gamberra, Kingsman era antigua desde su concepción. Una cinta estrenada 10 años después de su tiempo que finge (de forma un poco regular) saber qué es lo que se lleva. El protagonista es un supuesto chav que, tres años después de la publicación del libro de Owen Jones (Chavs: la demonización de la clase obrera) no usaba ninguna de las ideas del columnista, a pesar de que el guión más o menos también estaba interesado en el tema de las clases sociales. Una supuesta sátira del género de espías estilosos, liderados por James Bond, que nacía cuando hasta 007 había entendido lo caduco que estaba su arquetipo. En la época en la que cada vez más espectadores y profesionales del medio alzaban la voz por una digna representación de la mujer en pantalla, Kingsman consideraba moderna y arriesgada (o políticamente incorrecta) la misoginia.

Porque más que gamberra, Kingsman era antigua desde su concepción

Y si la primera entrega era tu primo cuarentón intentando hablar como un millenial en la cena de navidad, su secuela, Kingsman: el círculo de oro, es un abuelo con gorra. Un abuelo con gorra y la visera para atrás.

La segunda parte de la saga protagonizada por Taron Egerton sí ha contado con críticas más sensatas y, quizás, menos prescritas que la anterior. Y todas coinciden. Kingsman es un chiste demasiado mascado y demasiado largo que, por si fuera poco, ya hemos escuchado antes. Es misógina, por supuesto, y además tan hipócrita como lo era la primera. Kingsman aburre en el 2017 a los mismos que la aplaudirían en el 2007 y se convierte en el ejemplo de uno de los grandes problemas del cine actual y en el paradigma de por qué Hollywood languidece frente a la televisión.

Mientras que los Emmys decidían premiar la calidad (y la diversidad) de Master of None, El cuento de la criada o Big Little Lies, el mismo año en el que las historias protagonizadas por mujeres demuestran (si es que a alguien le quedaban dudas) que no les faltan ni carácter ni interés, un trasunto del peor James Bond no puede pretender presentarse como una novedad. No. Ni siquiera de broma.

Kingsman aburre en el 2017 a los mismo que la aplaudirían en el 2007

Reducir a un personaje femenino a un instrumento sexual es lo mismo lo hagas plantándole un bikini que apenas le cubre las tetas mientras le niegas líneas de diálogo que reduciéndolo a una “membrana de placer”. La misoginia y el sexismo no son modernos. No son rompedores. Son la tónica habitual de los últimos 2000 años. Lo mismo sucede con la violencia.

Como bien refleja Hadley Freeman en su libro de ensayos The Time of My Life, progresivamente, desde los 80, las películas en general, aunque especialmente las de protagonistas adolescentes, han dejado de lado la representación del sexo en pos de violencia. Las cabezas que explotan, las mutilaciones y la sangre dejaron de sorprendernos hace ya casi dos décadas y el propio Vaughn ayudó a poner la puntilla cuando nos mostró que hasta las adorables niñas prepúberes saben qué hacer con una pistola y una katana.

Si nos reíamos en Supersalidos cuando al personaje de Jonah Hill le manchaban el pantalón de sangre (¡es la menstruación!, ¡iaggg!) era porque no teníamos ejemplos de cómo hacerlo mejor, era 2007. Hoy no es gracioso y, desde luego, no es ni fresco ni actual.

El problema de Kingsman no es que sea una mala película (aunque lo sea) ni que los chistes o el apartado visual no tengan demasiada calidad, es simplemente que es arcaica. Y lo verdaderamente divertido es que su director aún no se ha dado cuenta.

Comentarios

comentarios

Escrito por
More from Marta Trivi

Kingsman: el círculo de oro, abuelos con gorra

En la mayoría de ocasiones, la democratización de la crítica cinematográfica no...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *