Kingsman, de caballeros y armaduras

Cómo la desvergonzada parodia dirigida por Matthew Vaughn malinterpreta su simbología y acaba convertida en la película que nunca quiso ser

Lo siento, pero esta vez no podemos culpar a Nolan. Aunque el estreno de El Caballero Oscuro supusiera el punto de inflexión a la hora de barnizar los blockbusters con una pátina de seriedad, trascendencia y tono “adulto”(lo que viene a conocerse como Nolanismo), la saga Bond tiró la primera piedra con Casino Royale, un reboot nacido al calor del éxito de la trilogía Bourne y que trataba de enmendar el despropósito de Muere otro día, máximo exponente (a su pesar) de la parodia bondiana. Pese a las obvias virtudes de Casino Royale, no son pocos los desencantados ante este nuevo paradigma de una saga que parece decidida a no volver la vista atrás. Así que no; esta vez (ya veremos la próxima), Nolan no es el culpable de que las películas de James Bond hayan decidido prescindir de jetpacks y láseres que se acercan peligrosamente a la entrepierna del héroe; en definitiva, de ese espíritu lúdico y decididamente chorra que era su razón de ser.

Kingsman también echa de menos a ese viejo Bond. En una escena que rezuma autoconsciencia por todos sus poros, el trasunto bondiano Harry Hart (Colin Firth, Magia a la luz de la luna) y su archienemigo Valentine (Samuel L. Jackson, Capitán América: El Soldado de Invierno) se ponen nostálgicos recordando esas delirantes películas de espías que despertaban su fascinación cuando eran niños y que ya parecen haberse perdido para siempre. Aunque pueda acusarse a este momento de explicitar demasiado sus intenciones (así se lo parece a Jordi Costa en su crítica para El País), eso no impide que la escena esté envuelta en un genuino halo melancólico, en parte gracias a la sentencia que zanja la charla: “Qué lástima que hayamos tenido que crecer“.

Y eso es Kingsman: un intento postrero por recuperar la absurda festividad de las películas de James Bond, aunque con la asunción de que los tiempos han cambiado muy mucho. Adaptando el cómic homónimo de Mark Millar, que ya tanteó una maniobra similar con Kick-Ass y el cine de superhéroes, la quinta película de Matthew Vaughn, escrita al alimón con Jane Goldman, se lanza a realizar un triple salto mortal: pretende ser al mismo tiempo nostálgica, paródica e iconoclasta. Una temeraria acrobacia que a veces ejecuta de maravilla, y otras… bueno, dejémoslo en que lo intenta.

PRECAUCIÓN – SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ ________________________________________________________________________________________________

Kingsman 10 - Samuel L. Jackson

El auténtico talón de Aquiles de Kingsman reside en la forma en la que desarrolla su tesis

Respecto al terreno nostálgico/paródico, nada que objetar. Es aquí donde Kingsman saca a relucir toda su artillería pesada, demostrando una particular astucia a la hora de mofarse de los clichés de la saga Bond. Que sirva de ejemplo su villano: un imbécil redomado cuya intención no es destruir el mundo sino salvarlo, que dista mucho de ser un sádico y se ve aquejado de una ridícula variante de la clásica tara física que identifica a los villanos Bond más memorables; Valentine no tiene cicatrices que surquen su rostro, ni llora sangre, simplemente… cecea. Cierto es que algunas ideas parecen funcionar mejor sobre el papel y que hay veces en las que el chiste se le va de las manos (como en ese polémico final, un intento de burlarse de la recompensa sexual que obtiene 007 al final de sus aventuras que, ay, no acaba de cuajar), pero por lo general, cumple con creces manejando ese tono a medio camino entre la mofa y el homenaje que circula por sus venas. Es tan soez, deslenguada y de mal gusto como ingenuas y camp eran las viejas películas de Bond. Sencillamente, forma parte de su código genético, de su naturaleza; es su razón de ser.

Nada de eso supone un verdadero problema, dado que es una cuestión demasiado sujeta a gustos y valoraciones personales. El auténtico talón de Aquiles de Kingsman reside en el tema, en la tesis que plantea la historia. Bueno, maticemos: el tema en sí no es ningún lastre. Todo lo contrario. El problema está en la forma de articularlo. Debajo de todo el cinismo, la mala baba y la iconoclastia de Kingsman, se esconde un nada disimulado alegato en contra del sistema de castas de la vieja y caduca Inglaterra. Así, la película de Vaughn se erige en favor de dinamitar la endogamia de las élites, descabezando (de forma literal y entre fuegos artificiales) a los estratos superiores de la pirámide de clases para dejar paso a una nueva generación cuya procedencia social no importe lo más mínimo. Básicamente, todo podría resumirse en la célebre máxima “La armadura no hace al caballero”.

Dejémoslo claro de una vez por todas: la premisa de Kingsman es brillante. Un agente secreto de modales exquisitos se ve obligado a educar en el noble arte del espionaje a un cani de barrio (en el hipotético caso de que hubiera algún cani leyendo esto: mis disculpas, he sido incapaz de encontrar una palabra más adecuada). La contraposición entre dos personajes tan antagónicos condenados a entenderse es el germen ideal ya no sólo para encarar una parodia, sino también a la hora de hacer una declaración de intenciones plenamente autoconsciente sobre las pretensiones de la película (ya llegaremos a esto). La premisa es perfecta, bien. Pero el desarrollo de la misma queda muy lejos de estar a la altura. Peor aún: la contradice totalmente.

Kingsman 1 - Taron Egerton

El final de Kingsman va en contra de todo lo que pretende una película que aspira a dinamitar convenciones, no a perpetuarlas

Hagamos memoria. Harry Hart recluta a Eggsy (Taron Eggerton) como aspirante a agente secreto no sólo por la deuda contraída con su difunto padre, sino porque atisba en él la materia prima de la que están hechos los héroes: honestidad, lealtad, valentía. A Harry le trae sin cuidado que Eggsy sea un representante de la llamada “basura blanca”. A fin de cuentas, la armadura no hace al caballero. Y Harry Hart es un ferviente defensor de esta creencia, como demuestra llamando esnob a su jefe (Michael Caine, Interstellar) después de una profética advertencia: “Los tiempos están cambiando“.

Eggsy representa el cambio de paradigma en la agencia de espionaje, una organización anclada en un modelo obsoleto que engrosa sus filas con estudiantes de Oxford e hijos de familias adineradas. Pero Eggsy no es el único abanderado de la revolución. También está Roxy (Sophie Cookson), la otra aspirante que logra superar las pruebas de acceso. No olvidemos que, por lo que sabemos, los integrantes de la organización son exclusivamente masculinos, por lo que la incorporación de Roxy también supone una sacudida a los cimientos de los hasta ahora inamovibles principios del servicio secreto (aunque lo cierto es que la película pasa muy por encima de esta cuestión, y al final la labor de Roxy se limita a… ¿superar su pánico a las alturas y pulsar un botón?). Queda claro entonces: Eggsy y Roxy ejemplifican las nuevas tendencias a las que tendrá que amoldarse la agencia de espionaje si quiere sobrevivir al mundo moderno.

Mientras Eggsy demuestra su valía entre un grupo de pretenciosos aspirantes que lo consideran poco menos que escoria, también recibe clases particulares de Harry Hart, que aspira a hacer de él un auténtico caballero. Llegados al final, comprobamos que la metamorfosis ha surtido efecto: Eggsy ha acabado convertido en un auténtico gentleman, una réplica juvenil de su mentor, en las antípodas del cani que conocimos al principio.

Y ese es el problema. Por mucho que nos vendan a Eggsy como un delincuente juvenil sin redención (aunque el único “crimen” que le vemos cometer es un merecido escarmiento a uno de los secuaces del maltratador que sale con su madre), es uno de los mejores chavales que uno se pueda echar a la cara. Honesto, leal, generoso, valiente… vamos, todo lo que necesita ser un caballero. Entonces, ¿qué demonios es lo que tiene que enseñarle Harry Hart? ¿A refinar sus modales? ¿A vestir como un señor? ¿A preparar martinis? Pues sí, eso es todo lo que le enseña. Es decir, Hart adoctrina a su pupilo para que pueda mimetizarse con la élite. Y Eggsy encantado. Algo que, bajo mi punto de vista, va en contra de todo lo que pretende una película que aspira a dinamitar convenciones, no a perpetuarlas.

Film Review Kingsman The Secret Service

¿Y si al final Harry Hart descubriera que ser un caballero consiste algo más que vestir de traje y tener unos modales exquisitos?

Un inciso antes de continuar. No, no me creo más listo, ni mucho menos mejor escritor que Vaughn, Goldman o Millar. No pretendo saber cómo contar su historia mejor que ellos. Y tampoco creo formar parte de ese sector del público que juzga las películas por lo que le gustaría que fueran, no por lo que son. Simplemente, opino que la forma que tiene Kingsman de desarrollar su tesis atenta contra todo aquello que trata de demostrar. Así que me gustaría que lo que viene a continuación no fuese considerado como un prepotente acto de listillo por mi parte, sino como un inocente ejercicio de fan-fiction que trata de hacer justicia a la premisa de la película para que, al menos en mi cabeza, tenga cierto sentido.

Pongamos que Eggsy no fuera ese chaval noblote que ha tenido la mala suerte de nacer en un ambiente desfavorecido. Sí, es honesto, leal y generoso, pero sobre todo es un auténtico grano en el culo: desobediente, orgulloso, quejica, incorregible… vamos, un Eggsy muy distinto al que plantea la película. Imaginemos los problemas de Harry Hart a la hora de educar a semejante alumno, y su desesperación ante la certeza de que Eggsy nunca podrá ser un caballero de verdad. Que Hart y Eggsy no se soportasen funcionaría como combustible cómico ideal para sostener la relación entre ambos, y además supondría un arco dramático para Hart (que, admitámoslo, es tan plano como cualquier Bond). La premisa básica del personaje de Hart no se vería alterada: desde el inicio, está convencido de que cualquiera puede acabar convertido en un caballero… pero el entrenamiento al que somete a Eggsy le llevaría a desencantarse cada vez más con la idea, obligándole a asumir que puede que su jefe tuviese razón: Eggsy no es uno de los suyos. Pero, ¿y si al final Hart descubriera que no hace falta ser un caballero (o lo que él entiende por uno) para salvar el mundo? ¿Y si ser un caballero fuese algo más que vestir de traje y tener unos modales exquisitos? ¿No sería una buena forma de hacer que Hart se reafirmase en sus convicciones y al mismo tiempo echase por tierra todo aquello en lo que ha creído siempre?

Kingsman 7 - Colin Firth, Taron Egerton

La raíz del problema de Kingsman está en el uso que hace de la “armadura” y lo que esta simboliza

El entrenamiento al que Merlin (Mark Strong, The Imitation Game) somete a Eggsy y al resto de aspirantes es, a mi entender, otra ocasión desaprovechada. Eggsy supera las pruebas de forma magistral, simplemente porque es mejor que los demás. Más listo, más astuto, más solidario. Pero recordemos: hay un momento en la película en el que Eggsy se libra de ser envenenado por el traidor de turno gracias a sus particulares habilidades; o sea, dando el cambiazo como un vulgar carterista. ¿Por qué no aprovechar este tipo de tácticas en el entrenamiento? ¿Por qué no hacer que Eggsy pulverice todos los récords gracias a sus métodos poco ortodoxos, obligando así al servicio secreto a replantear todo su sistema educativo? ¿No daría eso más validez a la idea de que los tiempos están cambiando? ¿No sería una aproximación más acertada a la idea de que “la armadura no hace al caballero”?

Porque ese es, en el fondo, la raíz del problema. La “armadura”. Lo que simboliza. Eggsy comienza la película como un hortera de campeonato y termina convertido en un caballero impecable, orgulloso de ir enfundado en un traje confeccionado a mano que es el símbolo de la armadura para la organización Kingsman. ¿Insinúa acaso la película que Eggsy viste como un rapero de barrio al principio de la película porque, en fin, ese es el atuendo de los de su clase? ¿Da por hecho que no es la ropa que el personaje quiere llevar sino la que su condición social le impone? ¿No sería mucho más iconoclasta que cuando Eggsy es conducido a la sastrería demandase al sastre un traje adaptado a sus chabacanos gustos estéticos? Que Vaughn, Goldman y Millar me perdonen por lo que estoy a punto de escribir, pero… ¿recuerdan El Príncipe de Bel-Air, cuando el personaje de Will Smith es obligado a cursar sus estudios en una prestigiosa escuela que exige llevar chaqueta, y él decide lucir la prenda del revés, identificándose como el elemento discordante y revolucionario de tan refinado lugar? Esa sería la idea (y disculpas de nuevo).

Kingsman 2 - Colin Firth

Al final, en contra de todo lo planteado, resulta que la armadura sí hace al caballero: Eggsy salva el mundo en su impecable esmoquin sin despeinarse.

Tras un entrenamiento que se come media película, Eggsy no logra superar la última fase y regresa al cuchitril que vuelve a ser su hogar. Se deshace del traje, lo tira al suelo y se contempla con resignación en el espejo, ataviado con su viejo atuendo de hortera de barrio. Al no conseguir convertirse en caballero, ha vuelto a ser lo que era: un cani. Mi pregunta es: ¿en eso consistía todo ese rollo de ser un caballero? ¿En vestir de traje y dejar la ropa vulgar para los que no pueden formar parte de la élite? ¿No es eso clasismo puro y duro?

La cosa no queda ahí. Cuando Eggsy se ve en la tesitura de salvar el mundo, debe infiltrarse en el refugio que Valentine ha habilitado para los elegidos (todos ricos), y la única forma es hacerlo con un disfraz: un traje con el que no despertar las sospechas del resto de poderosos que sobrevivirán al holocausto. Y aquí es donde parece que la película va a redimirse. Entendemos que el traje no es más que una pantomima, un disfraz que, evidentemente, no hace mejor a quien lo lleva. Lo que uno espera es que, en medio de tiroteos y carreras a contrarreloj, Eggsy vaya a librarse del disfraz y asumir su verdadera identidad: la del cani que lleva sudaderas de colores chillones, que emplea tácticas barriobajeras para librarse de los malos y que, aún así, puede ser considerado un héroe.

Pues nada, al final resulta que la armadura sí hace al caballero: Eggsy salva el mundo en su impecable esmoquin sin despeinarse. Es cierto, esto forma parte de la parodia bondiana, pero… ¿no va en contra de lo que ha defendido la película hasta ahora? El asunto se viene definitivamente abajo con un epílogo ya no sólo innecesario a nivel argumental, sino desolador en su significado: Eggsy aparece en un pub ataviado como Harry Hart y salva a su madre de las garras de los matones con exactamente las mismas frases e inflexiones que empleó su mentor en una escena previa. Ahora es un caballero, un auténtico Kingsman despojado de personalidad, pero que, eh, tiene buenos modales y sabe mantener la compostura. Más que la idea de que cualquiera puede ser un héroe, venga de donde venga, lo que parece decirnos Kingsman es que para ser un héroe hay que convertirse en un sucedáneo de ellos. Al final, todo consistía en tener acceso a las élites, no en dinamitarlas; unas élites que, recordemos, acaban decapitadas al final de la película al son de una marcha triunfal para regocijo del público.

Kingsman 6 - Taron Egerton

Si Harry Hart es el trasunto del Bond clásico, Eggsy representa a la propia Kingsman: burra y macarra, sí, pero capaz de batirse con sus referentes

De nuevo: no pretendo aleccionar a los guionistas de Kingsman, ni de convencer a nadie de que mi versión de SU película es mejor. Tampoco descarto haber interpretado de forma demasiado literal la tesis de la película y errado en mis apreciaciones. Y, por supuesto, ni se me pasa por la cabeza dar a entender que Vaughn, Goldman o Millar son unos clasistas, sino todo lo contrario. De hecho, si la película fuese abiertamente clasista yo no estaría escribiendo esto, ya que me vería obligado a admitir que, al margen de juicios morales, la historia sería por lo menos honesta en su planteamiento.

No, no es una cuestión de moralidad. Es una cuestión de lógica temática. Del uso de los símbolos. Porque hay que entender una factor clave (al menos, así lo entiendo yo): si Harry Hart es el trasunto del Bond clásico, Eggsy representa a la propia Kingsman. Eggsy es la forma que tiene Vaughn de decirnos: mirad, mi película es burra y macarra, pero sé hacer todo lo que hacen esas engoladas películas de Bond. Y es una idea magistral, porque hace que la frase “la armadura no hace al caballero” se aplique a la propia película: Kingsman no tiene que simular clase o refinamiento para emular a las películas de Bond, resultando así mucho más honesta que todas ellas, que enmascaran con estilo y sofisticación comportamientos a todas luces cuestionables. Esa es, de hecho, la forma de interpretar la controvertida secuencia de la matanza en la iglesia, que no es más que el equivalente al psicópata de Funny Games guiñando un ojo a cámara. Esto es lo que os gusta, ¿no? Es un chiste, sí, pero a costa de un espectador demasiado acostumbrado a ver cientos de cadáveres en off. No nos engañemos: en cualquier película de Bond o blockbuster actual muere mucha más gente que en esa iglesia. Pero claro, no lo hacen entre chorros de sangre ni miembros amputados, porque en fin, son películas PG-13, y a nadie le gusta ver a sus héroes haciendo esas cosas, ¿verdad? Vaughn realiza así una contundente y desvergonzada declaración de intenciones: ¿Os gusta ver morir a los malos? ¡Veamos cómo mueren de verdad y hagamos que parezca una fiesta!

Y claro, que si entendemos la película como un inmenso jódete (con cariño) a la filmografía bondiana y sus espectadores, también se podría alegar que todo el discurso en contra de las élites y el sistema de castas no es más que un acto de brutal cinismo. Kingsman se convertiría entonces una sátira empeñada en demostrar que, por mucho que pretendamos querer que las cosas cambien, en realidad nos sigue gustando lo de siempre: disparos, explosiones, cadáveres a tutiplén y un héroe que represente todo lo que nosotros jamás podremos ser. De ser así, nada de lo escrito aquí tendría el más mínimo sentido, y la tesis de la película sería totalmente válida y coherente. Pero el caso es que no lo aparenta, porque hay demasiado corazón puesto en Eggsy, en su lucha y sus aspiraciones. Lo que parece es que los responsables de Kingsman han descuidado o malinterpretado la simbología de su película, y aquello que pretendían reivindicar ha acabado en el desagüe en favor de la nostalgia cool. “Esta no es esa clase de película“, se dice en repetidas ocasiones a lo largo de Kingsman. Lo triste es que, cuando llega el final y Eggsy aparece convertido en un émulo de Bond, uno no entiende muy bien en qué se diferencian.

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2 comentarios

  • A mí lo que menos me gustó fue la última prueba. Preferiría que hubiera sido la inversa: que suspendieran los que acataran la orden. Qué asco de prueba y de organización.

    No le había dado vueltas a la secuencia de la matanza en la iglesia. Visto así me parece muy interesante. Pero no me convence. Sigo pensando que la película utiliza la violencia de forma demasiado alegre, en plan Mortadelo y Filemón, y que dar después lecciones de “en realidad tanta violencia no mola, niños” es incongruente.

    • Puede que me haya explicado mal. A Vaughn le gusta más la violencia gratuita que a un tonto un lápiz. Lo que yo creo que intenta con la matanza de la iglesia es atacar a esa doble moral imperante, la que pone el grito en el cielo ante una violencia explícita (y abiertamente cartoon, o como tú bien dices, de Mortadelo y Filemón) pero consiente alegremente la soterrada, aun cuando esta puede ser incluso más bestia y/o tóxica. Que no te quepa duda: ¡este tipo se lo pasa bomba reventando cabezas! Eso sí, está reivindicando que le dejen hacerlo tranquilo, porque si jugamos a este juego, jugamos todos.

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