La cabaña en el bosque, desmontando el terror

Mucho más que una película de terror. La cabaña en el bosque reflexiona y se ríe sobre las claves del género creando una parodia en clave de comedia negra.

Estamos ante una película de género que sigue la fórmula al pie de la letra. Un grupo de jóvenes, universitarios y atractivos, deciden pasar un fin de semana en una cabaña perdida en mitad del bosque. La promiscua (Anna Hutchison), el guaperas/Thor (Chris Hemsworth), el bonito (Jessy Williams), la virgen (Kristen Connolly), o lo que más se aproxima a ella (“Tenemos que trabajar con lo que tenemos”), y el fuma o (Fran Kranz) son los miembros que componen este estereotípico grupo que va a descubrir el infierno. El lector podría pensar que esta no es más que otra película repleta de clichés. Nada más lejos de la verdad.

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En la primera secuencia ya comienza el desconcierto al asistir a una banal conversación entre dos hombres de mediana edad, Sttiterson (Richard Jenkins) y Hadley (Bradley Whitford) que se preparan para un día culquiera en la oficina. La cotidianidad se ve interrumpida por unos títulos de crédito sanguinarios que recuerdan a los rituales que se perpetuaban a los dioses en civilizaciones antiguas. A partir de aquí, saltamos a la presentación de los jóvenes que se preparan a pasar un fin de semana de miedo. Todos los clichés están presentes, incluso el tipo raro de la gasolinera como mal presagio de lo que van a encontrar. Baño en el lago, drogas, alcohol, juegos de borrachera y sexo que se interrumpen cuando se abre repentinamente (“Habrá sido el viento”) la trampilla del sótano. Y el “mal” se desata.

Pero la genialidad que oculta el film se va desvelando conforme el espectador empieza a comprender la relación entre las dos líneas narrativas que componen el filme: los oficinistas y los chicos de la cabaña, meros títeres de una entidad mayor, una audiencia que demanda sangre. La contraposición entre los oficinistas, que ofrecen la comedia más inmediata, y los horrores a los que son sometidos los jóvenes, crea ese tono de comedia negra que hace especial a la película.

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La cabaña en el bosque es mucho más que una película de terror, es un ejercicio metalingüístico que mira al género, lo utiliza y, en última instancia, lo desmonta creando una parodia del horror y el slasher que recuerda al ejercicio que Wes Craven nos ofreció en los noventa con las dos primeras entregas de Scream, filtrados por la mirada del Gran Hermano, propia del Show de Truman, dónde todo está controlado y medido para el entretenimiento.

La película crea un diálogo no sólo con Hollywood, sino también con sus espectadores. Parece interpelarnos para que nos demos cuenta de que, por un lado, siempre vemos la misma película una y otra vez, y por otro,  crítica el divertimento obtenido a través del sufrimiento de los otros. Pone de manifiesto la banalidad del voyerismo macabro que nos trae tanto deleite a los seguidores del género. Y resulta tremendamente divertida.

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La autoría del filme recae sobre la pluma de Drew Goddard, responsable de Monstruoso (2008), que consigue, con La cabaña en el bosque, convertirse en autor de referencia. No podemos olvidar la aportación de su coguionista, Joss Whedon, gurú televisivo y nuevo niño de oro de Hollywood. Detrás de la película hay un trabajo y una vida como espectadores del horror que hace posible una sátira tan acertada y elaborada como esta. Cada avance, giro y muerte, están pensados y reescritos mil veces para encajar las piezas del puzzle que componen la historia. Encontramos diálogos realmente graciosos -muy en la línea de Whedon-  y personajes, aunque estereotípicos, con suficiente carisma como para despertar la simpatía del espectador y llevarnos al punto en que no deseamos su muerte.

El tercer acto es posiblemente lo más controvertido de la película -y donde los más fanáticos del género podrán encontrar multitud de referencias a sus monstruos favoritos-  provocando una división de opiniones casi insalvable: o lo odias o lo amas. Es tan radical y tan extremo que provoca respuestas en la misma línea. Pero, formalmente, es el final más acertado que podía tener una historia como esta: unos personajes bromeando ante la muerte inminente que les acecha.

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