La esclavitud de los géneros

El cine, durante su proceso de creación, ha establecido unos límites. ¿Son los géneros un impedimento a la hora de desarrollar buen cine? ¿O son los propios autores los estúpidos por ceñirse a ellos?

Sin duda alguna, el cine nació como un documento. Ciertos camarógrafos situaron la cámara delante de la puerta de salida de una fábrica o de una capilla, y fijaron para siempre el trasiego de gente que se cruzaba delante del objetivo, obteniendo, quizá sin proponérselo, una imagen nítida de un tiempo y de una sociedad concretas. Otros pusieron la cámara no en una posición lateral del paso de un tren, sino casi delante de la vía y, además de provocar el pánico entre los asistentes al documento, descubrieron casi por azar el poder de la profundidad de campo. Más adelante, los magos de la imagen comenzaron a presionar sobre los límites de la imagen y de la ilación entre las imágenes, colocando elementos escenográficos teatrales delante del objetivo, cambiando la altura de a cámara en su eje, superponiendo planos y cortando entre los planos de la forma más expresiva posible. Y, de forma inevitable, queriendo el cine sustituir a la literatura como narradora de historias (¿acaso lo ha conseguido? Yo creo que no), ante los diferentes tipos de historias que intentaban contarse, fueron surgiendo las convenciones visuales, técnicas y narrativas que poco a poco cristalizaron en los géneros cinematográficos.

Tanto en América como en Asia, los dos continentes que gozan de una mayor tradición de epopeyas, se desarrollaron sus particulares westerns: relatos de frontera, de grandes espacios, de héroes violentos y de planos horizontales. En Europa, que goza de una mucho mayor tradición romántica, se profundizó mucho más en el melodrama, la sátira, el costumbrismo o la tragedia. Los géneros se afianzaban en sus propias formas y dibujaban sus caracteres con cincel de acero, hasta el punto en que derivaban, casi (o sin el casi), en etiquetas comerciales. El auge de la ciencia ficción, cuyos cimientos habían sido fortalecidos por los autores literarios británicos, franceses o alemanes, encontró también pronta respuesta en el cine americano, que asumió sus valores filosóficos y era de los pocos capaces de ofrecer un empaque visual a la altura. El cuento gótico europeo a su vez derivó también en la narrativa barroc
a norteamericana, el teatro del absurdo, en la comedia loca. Y todos estos géneros tienen sus leyes no escritas, unas particularidades, un uso de los picados o contrapicados, de la profundidad de campo, del montaje, de la fotografía, de la dirección de actores. Sin embargo, no son más que tópicos que ya, a ciento y pico años del nacimiento del cinematógrafo, están completamente obsoletos. Una esclavitud de la que solamente saben librarse los más grandes cineastas, que domeñan a su favor el marco genérico del que parten.

Enrique Urbizu, en su magistral ‘No habrá paz para los malvados’ (2011), se divierte como un condenado jugando a subvertir todos los géneros por los que transita la inusual tragedia del patético Santos Trinidad. Para llegar a hacer esto, claro, hay que conocer muy bien no solamente lo que ya se ha hecho en el western o el cine negro, sobre todo lo que el espectador espera ver una vez le propones entrar por la puerta de cada uno de los géneros, y hasta qué punto puedes sorprenderle o desafiarle para que sea capaz de sentirse estimulado por una nueva forma. Con todo esto, lo único que quiero decir es que el cine no se desarrolla, no avanza hacia el futuro, precisamente gracias a los géneros, que permiten al espectador más perezoso identificar rápidamente lo que va a ver en la sala de cine y que se prepara para no trabajar demasiado en su memoria cinéfila, el cine, como cualquier otro arte, si es que es arte, crece y evoluciona y se mantiene vivo por los autores. Y los más grandes autores son un género en sí mismo, quizá porque saben apropiarse de los tópicos para crear algo nuevo con ellos, y no se contentan con hacer algo que ya se haya hecho. Es decir, un autor nunca hará un pastiche.

Examinemos, siquiera someramente, las rutinas de un género como el negro:

-Planos contrapicados que permitan ver los techos, como un elemento opresivo, y que a su vez permitan una gran profundidad de campo, para jugar con los claroscuros que proporciona una escenografía densa y atmosférica.

-Una dirección de fotografía de alto contraste, en el que los negros sean muy negros, y las luces muy intensas, frecuentemente con un primer término muy diferenciado del resto, que también sea susceptible de dejar parte del plano fuera de foco.

-Un empleo de la cámara febril, en el que los movimientos de cámara sean frenéticos, y en el que la estabilidad horizontal se rompa incluso con planos aberrantes, sorpresivos movimientos de grúa y una ordenación sinuosa de los elementos que ordenan el cuadro.

-Una caracterización extrema de los personajes, y una dirección de actores que linde peligrosamente con la sobreactuación.

-Un empleo agresivo del sonido, con una colección de ruidos acerados, amenazantes o disonantes, que incomoden perpetuamente al espectador.

Ninguna de estas rutinas puede aplicarse a un género como el melodrama o la tragedia, en los que las formas han de ser (repito “han de ser”) más contenidas, más implosivas que explosivas, más sugeridas que mostradas. Pueden acercarse, eso sí, a un género como la sci-fi, en el que los relatos negros paracen implementarse con bastante naturalidad, pero también pueden desvirtuar gran parte de los presupuestos filosóficos de un género tan anímico como el sci-fi.

En realidad, todos hemos visto ya tanto cine que sabemos perfectamente cuáles son los mimbres que sujetan un relato, y los tonos genéricos con los que nos es servido nos los sabemos de memoria. ¿Es esto todo lo que puede dar el gran arte del cine? Yo creo que no. Un director con un gran sentido visual y sonoro creará unas imágenes para un filme bélico, por ejemplo, que en parte beban de su tradición, pero también las llevará mucho más allá, a un territorio que sólo a él le pertenezca y que no podrá ser imitado, ni siquiera homenajeado sin caer en la parodia, porque realmente la imagen y el sonido que la arma es absoluta, y las modas comerciales, las etiquetas genéricas o las convenciones narrativas la lacra de todo arte con futuro.

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