La herida, de Fernando Franco. Sufrimiento, solipsismo y soledad

Este 2017 se estrena Morir, la nueva película de Fernando Franco y Marian Álvarez después de La herida (2016). Publicamos la crítica de su primer largometraje juntos.

Acaba la temporada de premios y comienzan a estrenarse las primeras películas del 2017. Promete ser un año de grandes estrenos y esperadísimas retornos, en el panorama internacional y en el cine patrio. Es el caso de Morir, el segundo largometraje de Fernando Franco y colaboración con la actriz Marian Álvarez. Ambos sorprendieron en 2013 con La herida, un film muy corpóreo sobre la personalidad borderline con el que ganaron, respectivamente, el premio a Mejor director novel y a Mejor actriz principal. Y el aplauso de público y crítica. Fernando Franco se sitúo así como uno de los pocos directores de “el otro cine español” reconocido por la academia y con un futuro más prometedor. Como adelanto a uno de los estrenos españoles más esperados del año, publicamos a continuación nuestra crítica sobre La herida (Fernando Franco, 2013).

 

Sufrimiento, solipsismo y soledad

Hay algo inquietantemente cinematográfico en la personalidad borderline que debía de fascinar al baziniano cine del cuerpo ─aquel, a lo posnouvelle vague, tan ensimismado en la relación entre cámara y actor, la materialidad de la imagen y los pequeños detalles de lo privado y tan despreocupado del relato y del mundo: cine de la incomunicación, la nostalgia y la soledad. Y no cabe duda de que La herida (Franco, 2013), rodada en 35mm. y rigurosamente dedicada a Ana (Marian Álvarez), la protagonista, es cine del cuerpo. Pero también funciona como una fascinante exploración sobre los límites de este cine en nuestro solipsista siglo digital. Ana está sola, no sabe cómo comunicarse con los demás (ni consigo, en ese importantísimo ejercicio de autodistanciamiento) y sufre. Y está tan encerrada en sí misma que sólo puede afrontar el sufrimiento representándolo en sus carnes. Se autolesiona: El alivio de un dolor ahora concreto, real, controlable. La piel o película como mapa del sufrimiento (¿recuerdan lo del cine como huella?). Y algo perdido fuera de campo en esta forma solipsista de representar el sufrimiento sobre uno mismo.

Aquí la alteridad -el mundo y la interioridad- es lo que queda fuera de campo. Y rara vez irrumpe en el encuadre. De la alteridad no queda y no importa más que la huella dejada en Ana.

Como para Ana, para la película no existe más que Ana. O, mejor, el cuerpo de Ana, su fisiología. La cámara la sigue en planos secuencias pegados al rostro, del que sólo se separa en algunos diálogos sentidos como una liberación: Ana entregada a algo fuera de sí misma. Hasta que un gesto o una frase devuelven a Ana y al encuadre al aislamiento. Porque aquí la alteridad -el mundo y la interioridad- es lo que queda fuera de campo. Y rara vez irrumpe, como la madre, en el encuadre. De la alteridad no queda y no importa más que la huella dejada en Ana.

¿Puede un cine del cuerpo como éste pensar el mundo contemporáneo, tan mediatizado, o sólo sirve para reflejar sus patologías y para radiografiarnos el ombligo mientras nos quejamos de lo solos que estamos? La herida, al menos, lo intenta. Es llamativo que las conversaciones por chat de Ana sean la única ruptura del riguroso formalismo de la película vía plano-contraplano (o cara-emoticono). Algunas conclusiones interesantes. La pantalla siempre es algo otro, un contraplano, y no parte integrante de nuestra acción como sí puede serlo un diálogo real[1]. Las pantallas y su mundo no pueden filmarse del mismo modo en que solíamos filmar la realidad. Y Fernando Franco es lo bastante inteligente para darse cuenta de todo esto. Más cuestionable es que una película como La herida, que huye del juicio y la crítica, se libre del solipsismo que representa. Y es que este tipo de cine, como Ana, hace del cuerpo mapa y territorio, y así es normal sentirse solo. Hay cierto alivio, sin duda, en dar cuerpo a todo este sufrimiento representándolo en celuloide, pero es al tiempo cura y enfermedad y uno acaba deseando comunicarse con algo más allá o más acá de la propia piel.

Más cuestionable es que una película como La herida, que huye del juicio y la crítica, se libre del solipsismo que representa. Y es que este tipo de cine, como Ana, hace del cuerpo mapa y territorio, y así es normal sentirse solo.

El final de la película (y no hay spoiler posible porque apenas hay relato) pretende abrirse a la  esperanza. Una catarsis en la que Ana acepta sus heridas emocionales; la única vez que llora sin necesidad de encarnizar el daño. Pero la cámara sigue encerrándola en un primer plano, y resulta desconsolador que Ana no lo abandone para respirar, al fin libre, por las montañas nevadas.  Y así sigue, encerrada (y nosotros con ella) en sí misma, para cuando llega el lapidario fundido en negro.


[1] Algo bastante inquietante si se piensa, pero consolador en un subjetivismo tan extremo como el de Ana. Aunque tal vez la realidad sea a la inversa y la aparente inmediatez de las pantallas y de estar siempre conectados sin un momento de soledad, reflexión y calma, contribuya más a nuestra dificultad para tomar distancia de nosotros mismos (igual que de releer y pensar antes de clicar en “enviar”) que a lo contrario.

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