La hora mágica de Chris Columbus

Nos atamos a la infancia de las dos primeras películas de Harry Potter para este repaso de una de las sagas recientes más queridas

Una de las técnicas fotográficas más complejas que existen en el mundo del cine es aquella que busca grabar con luz natural durante la llamada hora mágica, aquel lapso temporal de duración variable en el que el sol se pone, escondiéndose en el horizonte, y la oscuridad empieza a desperezarse, bañándose todo de una luz tenue, indirecta y llena de matices tonales debido al aumento considerable de la temperatura de color. Filmar en esta hora sólo está al alcance de maestros como Néstor Almendros en Días del Cielo (Terrence Malick, 1978) o Emmanuel Lubezki en El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015) puesto que requiere de mucha paciencia y determinación, ya que se debe rodar con rapidez y ritmo, manejando la cámara con mucha intuición y seguridad, capturando así hasta el último instante de luz. En la vida del ser humano, también existe una hora mágica y se encuentra entre los once y los trece años. Un momento irrepetible donde el sol de la infancia ya se ha puesto pero aún no han llegado las sombras de la adolescencia, tiñéndose nuestra vida de novedades que suponen más ilusión que problemas. Por esta etapa vital transitan, en todos los aspectos, las dos primeras entregas de Harry Potter: Harry Potter y la piedra filosofal (2001) y Harry Potter y la cámara secreta (2002), firmadas ambas por uno de los mejores (sino el mejor) nombre posible para tal labor, Chris Columbus.

El director estadounidense recuerda, como pocos adultos, los misterios olvidados que definen la niñez y además de saber lo que quiere el exigente público de esas edades en una película, mantiene intacto y puro su punto de vista. Las dos primeras entregas de Harry Potter no sólo son películas enfocadas a encandilar y conectar con su propia generación sino que son capaces de rejuvenecer a cualquier público, transportándolo a dicha época. Llámenlo magia. Magia vibrante puesto que tanto La piedra filosofal como La cámara secreta son dos de las películas con mayor ritmo de la saga, siendo realmente entretenidas y aprovechando al máximo su fuente literaria. Párense a pensarlo: en poco más de cinco minutos de La piedra filosfal asistimos a como Harry es nombrado buscador, se descubre a Fluffy, empieza el misterio de la piedra filosofal y se produce el ataque del troll.

Cierto es que los dos primeros libros tienen un formato muy adecuado para ello; poco más de 250 páginas y una estructura lineal. Sin embargo, el guionista Steve Kloves filtra lo fundamental y obtiene material para filmes de dos horas y media que nunca paran y que desconocen los problemas de construcción de personajes y relaciones entre ellos que encontrarán las futuras entregas a partir del cuarto libro. Sirva de ejemplo el siguiente: En La piedra filosofal, Hermione no es amiga de Harry y Ron, pese a que les hemos visto juntos en otras escenas. Estos la salvan del ataque del troll y tras ello son amigos; el conflicto se resuelve y los personajes y sus relaciones avanzan de cara al espectador. En cambio, por ejemplo, en la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego no se entiende el conflicto entre Harry y un Ron que ve en el nombramiento de su mejor amigo como aspirante al Torneo de los Tres Magos la gota que colma el vaso de su envidia por no ser el personaje protagonista. Harían falta minutos de pantalla (de calidad) para que un espectador no-lector entendiese la profundidad de la disputa.

Chris Colombus Harry Potter

Las dos primeras entregas de la saga, dirigidas por Chris Columbus, transitan ese momento irrepetible entre los once y trece adonde el sol de la niñez se ha puesto pero las sombras de la adolescencia no han aparecido

Sin embargo, un (muy) buen guion no es suficiente para construir una película de gran ritmo y menos para edificar todo un universo cinematográfico a cada paso que da. Hace falta algo más. Es aquí es donde marcan la diferencia la gran capacidad narrativa de Columbus junto al espectacular diseño de producción y efectos especiales, empapándonos de información de una forma muy eficiente. El prólogo de La piedra filosofal ocurre durante una noche azulada y neblinosa que nos impide reconocer todo el lugar y en él se nos introducen, con lentitud y fascinación, a un mago milenario que tranquilamente apaga las farolas con un encendedor, a una bruja que se transforma en gata y a un gigante que viaja en una moto voladora. La siguiente escena tiene lugar en la misma localización pero durante una mañana de color gris pálido que nos permite ver los chalés adosados y los todoterrenos aparcados, todos iguales, mientras, con frenetismo – y lluvia de serrín de por medio – asistimos al amanecer de la más cotidiana de las familias. La antítesis es tremendamente eficaz: los espectadores deseamos volver al mundo mágico del prólogo y alejarnos de la mundanidad.

Esa relación entre la narrativa cinematográfica y la construcción de un universo también es empleada por Columbus mediante el buen uso del espacio como cauce de comprensión. El plano general picado de la tienda de Ollivanders nos dice que el mundo mágico es grande y antiguo y que nuestro querido protagonista es muy pequeño en comparación con él; el plano general con la estatua llena de telarañas del pasillo del tercer piso nos advierte instantáneamente del peligro; finalmente, el constante uso del zoom mientras Harry Potter avanza en sus descubrimientos refleja el alma de La piedra filosofal: la película se construye como una constante sucesión de secretos. Cuando uno todavía es un niño de once años, saber cosas que los otros no saben es guay y sinónimo de aventuras ilusionantes mientras que los problemas, en el fondo, brillan por su ausencia.

Chris Colombus Harry Potter

La gran capacidad narrativa de Columbus junto al espectacular diseño de producción y efectos especiales construyen de forma muy eficaz un universo cinematográfico eterno lleno de detalles

Pero llegan los 13 años, llega La cámara secreta y las sombras de la adolescencia empiezan a asomarse. Si bien empieza con un carácter marcadamente repetitivo que consolida el universo creado en la primera entrega mediante la repetición de espacios (Callejón Diagon, La estación de King’s Cross), acciones (Hermione arreglándole las gafas a Harry) o estructura (el mundano inicio con los Dursley frente a la magia rebosante de La Madriguera, la casa de los Weasley), se produce un matiz que transforma todo. Conocer secretos pasa de ser una entretenida aventura y se convierte en una fuente potencial de problemas y conflictos: coger el coche volador en mitad de Londres tiene sus consecuencias y hablar la lengua de las serpientes es un secreto que temes contarle al sabio y justo Dumbledore; la copa de la casa y las propias normas de Hogwarts, tan importantes en la primera entrega, importan poco ante los peligros del verdadero mundo que, en nuestra ingenuidad infantil, desconocíamos. Narrativamente, los zooms se sustituyen por planos-secuencia zigzagueantes y los planos fijos se encuentran desequilibrados e inclinados respecto al eje, fomentando la tensión y avisándonos de un peligro oculto y acechante.

Finalmente cabe destacar que pese a que en La cámara secreta todo se oscurece consecuentemente, las dos primeras entregas siguen siendo las dos más coloridas de la saga, junto a El cáliz de fuego. Decíamos al principio del texto que Chris Columbus no sólo entendía lo que quieren los niños sino que mantiene vivo su punto de vista. Tiene sus ojos. Ojos ingenuos e ilusionados ante la sucesión de novedades y ajenos a la mayoría de problemas. Echando la vista atrás, la elección del director estadounidense fue uno de los principales aciertos para el éxito de la saga del joven mago y quizá no haya sido tan valorado como merece. Chris Columbus tenía que dar ese primer paso que es la mitad del todo y debía no sólo contar dos buenas (y rentables) historias sino asentar todo un universo cinematográfico con vistas a prolongarse durante más de un lustro y empezar a moldear a unos niños que iban a ser estrellas mundiales antes que actores.

Chris Colombus Harry Potter

Chris Columbus da el paso más importante  y no sólo cuenta dos buenas historias sino que asienta un universo cinematográfico y empieza a moldear a unos niños que iban a ser estrellas mundiales antes que actores.

Los resultados a la vista están. Revisitar La piedra filosofal y La cámara secreta no nos hacen echar la vista atrás, como haría Alfonso Cuarón mediante el nostálgico Lupin de la siguiente entrega, sino que nos lleva a ello. Chris Columbus, cual Diario de Tom Riddle, nos lleva a todos a nuestro pasado. A aquella hora especial en la que sólo una vez tuvimos entre once y trece años. Llámenlo magia. Llámenlo cine.

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