La leyenda de Tarzán, desidia salvaje

Enésima, y olvidable hasta niveles insultantes, revisión del héroe literario. Con unos actores nefastos y una dirección que tampoco se esfuerza nada, Warner Bros. nos ofrece un subproducto altamente incapacitado para entretener a nadie.

Probablemente, el 'blockbuster' más pocho del verano de 2016

4 Dirección en piloto automático
3 Reparto
4 Tratamiento del personaje
2 Recreación de la selva a base de ceros y unos
1 Capacidad de diversión
2.8

Cuando, como es el caso del personaje creado por Edgar Rice Burroughs, cuentas con algo más de noventa películas precediendo esa idea fantástica que se te ha ocurrido, lo suyo sería que tuvieras algo que aportar. O que, al menos, te lo creyeras. La leyenda de Tarzán es una película en la que ninguno de sus responsables cree, y eso es lo más triste que se puede decir de ella.

Es difícil desentrañar, pues, los motivos que llevaron a Warner Bros. a aprobar la viabilidad de un producto semejante. Dudo que lo fuera el afán por mostrar un lado menos evidente del Rey de los Monos, como si hubiera sido asimilado por la sociedad humana: esto no sirve más que para mostrar un recelo injustificado a volver a la jungla que alargue la trama, y para encadenar aparatosos flashbacks de dudoso gusto. Sí se comprende, en cambio, la elección del director al frente de esta pseudosecuela de una película que nadie ha visto y al mismo tiempo hemos visto todos: se trata de David Yates, renombrado profesional, natural del medio televisivo, que en el cine no ha dirigido otra cosa que películas de Harry Potter –en breve estrenará Animales fantásticos y dónde encontrarlos–, y que suponía un candidato solvente y nada problemático: la opción más apropiada para tratar de salvar el proyecto o para que éste, al menos, no contara con problemas adicionales. Un encargo puro y duro. Un salir del paso y cobrar el cheque. Una actitud profesional/vital que debieron de adoptar todas y cada una de las personas implicadas en La leyenda de Tarzán.

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La leyenda de Tarzán es una película en la que ninguno de sus responsables cree, y eso es lo más triste que se puede decir de ella

Visionar la película protagonizada por Alexander Skarsgård y Margot Robbie es una experiencia enervante. Y aún lo es más criticarla posteriormente, por el hecho de que invertir tiempo en tratar de pasárselo bien, y en escribir sobre lo finalmente efímero del empeño, parezca requerir muchísimo más esfuerzo del que el director y compañía debieron de invertir en manufacturar una obra tan perezosa, vacía y plana. No es sólo cosa de Yates: si no encontramos el más mínimo atisbo de personalidad o ambición de La Orden del Fénix para arriba, pensar que veríamos algo distinto en La leyenda de Tarzán era pecar de ingenuos. Ni tampoco hay que achacárselo todo al eminentemente mediocre apartado técnico aunque, tras el empacho de CGI selvático que nos metimos con la también horrenda El libro de la selva, tantos animales artificiales ya vengan siendo insultantes –nada hay peor, sin embargo, que ver al Rey de los Monos saltar de liana en liana y semejar muchísimo más irreal que el homónimo de la película de Walt Disney.

Son éstos aspectos técnicos que, si bien execrables, bien podrían funcionar en el marco de un pasatiempo descerebrado y olvidable pero, a fin de cuentas, entretenido. No lo hacen. Lo que les rodea, lo que enmarcan, no se lo permite. Cuando cuentas con un guión tan moroso como el pergeñado para la ocasión y un ritmo tan desangelado, indolente, insensible para con los deseos de cualquier espectador, poca oportunidad resta de que alguien, como no sea los admiradores y admiradoras del escultural torso de Alexander Skarsgård –que tampoco se luce tanto como pudiera parecer, para colmo– encuentre un mínimo placer. A la luz de una hoguera, nos cuentan La leyenda de Tarzán, y lo hacen sin preocuparse lo más mínimo por quien esté escuchando.

3

Una película terrible, una vergüenza para el cine de aventuras, y sobre todo, un aburrimiento absoluto

Por lo demás, todos y cada uno de los miembros del reparto están horribles, sin que nadie destaque en su miseria por encima de otro. Skarsgard está equivocadísimo en su rancia hosquedad, Margot Robbie parece creerse según el momento que su personaje tiene algo de fuerza para acto seguido entrar en razón, Djimon Hounsou realiza el papel más estúpido de toda su carrera –y mira que era difícil–, Samuel L. Jackson resulta sencillamente grotesco, y Christoph Waltz, en caso de que alguien lo dudara, sí, ha vuelto a interpretar a Christoph Waltz. Sin el menor atisbo de vergüenza, como suele.

En resumidas cuentas, una película terrible, una vergüenza para el cine de aventuras, y sobre todo, un aburrimiento absoluto. Y todo, ¿para qué? Ésa es la gran pregunta, y la gran respuesta es un simple, ¿a quién le importa?

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