‘La llamada’, ‘La La Land’ y la apoteosis de los musicales cutres

Aunque parezca descabellado, lo cierto es que uno de los grandes fenómenos populares de los últimos años, por título La La Land, tiene bastante en común con otro algo más pequeño y nuestro, La llamada. Película con la que Javier Ambrosi y Javier Calvo, los Javis, trasladan a la gran pantalla su pequeño y humilde musical, que empezó representándose en el hall del madrileño Teatro Lara en torno a 2013 para posteriormente acoger un inmenso éxito, representación en Latinoamérica incluida.

Por mucho dinero que acabara amasando este musical low-cost, o por mucho que vaya a recaudar su adaptación cinematográfica, sigue pareciendo excéntrico, de primeras, el propósito de advertirle cualquier mínima coincidencia —como no sea el género matriz— con La La Land, que al fin y al cabo estuvo a punto de ganar el Oscar a principios de este año. Y sin embargo, las similitudes entre La llamada y la celebérrima película de Damien Chazelle se adscriben a algo tan importante en estas producciones como es la puesta en escena; no tanto en cuanto a lo elaborado de ésta, como al modo en el que está pensada.

Entiéndaseme. El film de Ambrosi y Calvo no puede permitirse un presupuesto ni un reparto ni una proyección planetaria como los de La La Land, pero sí es capaz de encontrar en ella un lazo familiar en cuanto a cómo está plasmado el género musical en ambas: en sendos casos, sufriendo una hibridación a manos de la comedia y el drama de personajes, quedando en muchas ocasiones en segundo plano la susodicha música.

El género musical sufre una hibridación a manos de la comedia y el drama en La llamada

Esto es, no hablamos de musicales puros, sino de películas con un componente musical muy acentuado, como podrían serlo la reciente Baby Driver o Whiplash, también de Chazelle esta última. Películas que cuentan historias tan complejas y elaboradas como Los miserables, Evita o Jesucristo Superstar, pero que en lugar de utilizar el músico elemento como lenguaje lo relegan a intermedios de mayor o menor importancia para la trama. Muy similares a lo que podría ser el modelo Disney, y derivados, tanto La llamada como La La Land se configuran como películas dramáticas cuyo argumento podría ser resuelto perfectamente sin música. Pero claro, quién las vería entonces.

La llamada cuenta la historia de dos amigas cuya estancia en un aburrido campamento religioso empieza a complicarse cuando a una de ellas (Macarena García) se le aparece Dios una noche de tantas, y trata de comunicarse con ella cantando canciones de Whitney Houston. ¿Estúpido, verdad? Pues la cosa empeora: la banda sonora del film no sólo se compone de las piezas de esta cantante sino también, insistiendo en diferenciarse de La La Land y los musicales canónicos, de temas pertenecientes a Presuntos Implicados o a Henry Méndez, reduciéndose drásticamente el número de canciones de producción pripia a dos y pico más la canción original que ha compuesto Leiva, que como no podía ser de otro modo es un soberano cagarro.

Es otra desventaja a la hora de comparar La llamada con La La Land, más acusada aún si decidimos fijarnos en la exquisita partitura de Justin Hurwitz, pero no implica que las composiciones se utilicen de modo distinto. Así, cada banda sonora suele emplearse para acompañar acciones o focalizar escenas donde ésta juega un papel preponderante para el devenir de la trama; lo que en musicales clásicos pudiera pasar por un momento de introspección enajenada, aquí pesa como una escena cualquiera. Es decir, los personajes se acuerdan de haber cantado y bailado de manera lunática, y sus actuaciones modifican el argumento, como ocurre con la actuación de John Legend a la mitad de La La Land o con el número final de La llamada, que oficia cual desenlace.

Los personajes se acuerdan de haber estado bailando y cantando

Sin embargo, no he escogido el adjetivo «cutre» por el hecho de que La llamada o La La Land sean películas a las que la etiqueta exclusivista de musical les quede grande, sino por el trabajo de sus componentes. Entiéndaseme de nuevo, decir que algún actor en cualquiera de las películas reseñadas está mal sería un desatino, pero sus habilidades escénicas más allá de la propia actuación palidecen ante lo que veíamos en los primeros compases del género, cuando se forjaban carreras enteras atendiendo a cómo los artistas daban sus pasos de baile. No hay más que comparar, en ese sentido, el baile de Mia y Sebastian de La La Land con el número que homenajea, de Melodías de Broadway, a cargo de Fred Astaire y  Cyde Charisse. Simplemente, no hay color.

El que Chazelle fuera consciente de las carencias de sus actores está fuera de toda duda —al fin y al cabo, es un erudito en lo que al género se refiere— así que la elección del cásting, que conduce por fuerza a un musical de andar por casa, ha de ser premeditada. ¿Por qué quería el joven director que los protagonistas de La La Land no supieran ni cantar ni bailar? ¿Por qué relegó la música a un papel secundario si tanto amaba Un americano en París, que sólo puede ser soportada gracias a la música? Y, por todos los demonios, ¿por qué dirigió un número tan horrendo como el de Someone in the crowd?

Simplemente, no hay color entre los bailes de La La Land y los de Melodías de Broadway

La respuesta es sencilla, y es la misma que justifica la formidable horterez de La llamada, extrapolada tanto a lo histriónico del guión como a la banda sonora, que mezcla electrolatino con pop chusquero con, en fin, Whitney Houston. Y es que, de una manera poco sutil, tanto Chazelle como los Javis hacen un ejercicio de naturalismo y de, incluso, democracia, acercando el género clásico a personas normales que no saben cantar ni bailar, pero que desean hacerlo con todo su corazón.

Así, igual que si escuchas tu canción preferida en el móvil te pones a bailar por la calle despreocupadamente, se mueven los personajes de La La Land y La llamada, totalmente abstraídos, y siempre temerosos de que alguien los vea o grabe con una cámara. Esa escasez del miedo al ridículo, más lograda cuanto más inmersiva es la historia y más empatizamos con los personajes, crea una catarsis en el espectador, que se ve proyectado dentro de la pantalla haciendo cosas que nunca haría. Como bailar reguetón.

La desacomplejada frivolidad que recorre el film podrá parecernos hasta ofensiva

Por eso ambas películas —y más significativo en el caso de La La Land, pues al fin y al cabo su historia de fondo es realmente chunga— proponen algo tan interesante al público, impidiéndole dilucidar quién sabe bailar, quién afina, o qué partitura es la mejor. Esta propuesta, asimismo, ha de ser aceptada con todas sus consecuencias; de lo contrario se captará la inherente cutrez y se machacará sin piedad al actor que hace de Dios en La llamada —que todo apunta a que en otro tiempo tocaba la guitarra y cantaba por Johnny Cash frente al Palacio Real—, mientras que la desacomplejada frivolidad que recorre el film de cabo a rabo podrá parecernos hasta ofensiva.

Sólo conectando con la alegría y el entusiasmo de los personajes de Chazelle y los Javis pueden ser disfrutadas sus películas, al igual que sucede con otras propuestas del estilo como la saga Dando la nota, cuya tercera entrega se estrena estas Navidades. Estos últimos, films asombrosamente ridículos que son antes comedias tontorronas que musicales, sólo podrían haber tenido éxito en la década de La llamada y La La Land, la década en la que los espectadores parecen necesitar una evasión mucho más cercana que la que proponían ostentosos espectáculos anteriores. En esta insospechada edad de oro para el género, no es que los musicales sean más cutres; es que los protagonizamos nosotros.

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