Las herederas de Alien

Un breve recorrido por trece de las películas que han sabido inspirarse en el clásico cinematográfico dirigido por Ridley Scott

Cuando, en 1979, Ridley Scott estrenaba Alien: el octavo pasajero, ni el público, ni la industria, ni siquiera sus responsables, eran conscientes de que aquella era una película llamada a inaugurar un nuevo género. Un género cuyos ingredientes principales, el terror y la ciencia ficción, eran sazonados con especias tales como el aislamiento, la camaradería, el goteo incesante de víctimas, la incertidumbre sobre la identidad de la siguiente o la amenaza desconocida y muy superior en fuerza y habilidades. Porque, si bien Alien: el octavo pasajero no inventó nada nuevo (el propio Scott, o Walter Hill, su productor, siempre han reconocido la influencia de El enigma de otro mundo, Planeta prohibido y Terror en el espacio, entre otras),  sí que es cierto que su éxito y arraigo popular facilitaron la rápida proliferación de cintas que intentaron beber de sus fuentes. Así, una película calificada como decepción en su momento por el prestigioso crítico Roger Ebert, debido a su “falta de creatividad” se convirtió en madre involuntaria de una narrativa que gozó de numerosa, y productiva, descendencia.

Tras el estreno, hace apenas un mes, de Life y a la espera de ver Alien: Covenant, está claro que el modelo establecido hace ya casi treinta años está más vigente que nunca. Así que nos hemos propuesto revisar trece de las películas más deudoras del esquema instaurado por Alien: el octavo pasajero. Hay cintas de estudio e independientes, ambiciosas y de serie B, protagonizadas por desconocidos y por estrellas consagradas. Pero todas comparten dos características: se han estrenado en cines en España y beben directamente de Alien: el octavo pasajero.

La cosa (1982)

Una de las principales influencias a la hora de concebir Alien: el octavo pasajero fue El enigma de otro mundo, basada, a su vez, en una novela corta de John W. Campbell Jr. titulada Who goes there?. Pues tres años después del estreno del filme de Scott, John Carpenter presentaría su remake de aquel pequeño film de ciencia ficción dirigido por un Howard Hawks sin acreditar.

Cuando tus padres no han podido pagarte la ortodoncia.

Uno de esos escasos ejemplos de películas que superan a su modelo

La cosa fue el primero de los descalabros comerciales a los que tendría que hacer frente John Carpenter a lo largo de su carrera. Estrenada apenas quince días después de E.T. El extraterrestre, para cuando llegó a las pantallas nadie estaba interesado en una película tan anclada en los años cincuenta en su discurso sobre la paranoia y los alienígenas ladrones de cuerpos. Profundamente hawksiana (como todo el cine de Carpenter) en su descripción de la rutina laboral de un grupo de profesionales, emparentada con H.P. Lovecraft en el diseño de sus criaturas, y con cierto aroma a David Cronenberg en el uso de la carne como lienzo sobre el que plasmar pesadillas, la influencia de Alien: el octavo pasajero también resulta evidente en el aislamiento de sus protagonistas, en la presencia de un animal de compañía (allí era un gato, aquí un perro) que es parte fundamental del desarrollo de la historia, e incluso en una escena en la que la bestia antagonista se hace presente a través del tórax de uno de los personajes.

25 años después de su estreno, La cosa se ha convertido en un clásico del cine de terror y ciencia ficción. Y lo ha hecho por méritos propios, sobreponiéndose a una carrera comercial que parecía condenarla al olvido. La cosa es un ejemplo de película que dignifica a todo un género: por la dirección de Carpenter, por la música de Ennio Morricone, por el guión de Bill Lancaster (hijo de Burt Lancaster) y por los trucajes de Stan Winston. Todos, factores que ayudan a que La cosa sea uno de esos escasos ejemplos de películas que superan a su modelo.

Depredador (1987)

Tras el estreno de Rocky IV comenzó a circular por Hollywood el chiste recurrente de que, ya que estaba demostrado que Rocky Balboa no tenía un rival a la altura en la tierra, en su próxima película tendría que enfrentarse a un extraterrestre. Y como no hay nada más cercano a un chiste que un guión de los ochenta, hubo quien, basándose en esa historia, escribió un tratamiento llamado Hunter, que, en posteriores revisiones, terminaría convirtiéndose en Depredador, un vehículo, curiosamente, al servicio de la competencia directa de Sylvester Stallone en aquel momento: Arnold Schwarzenegger. A este proyecto también estuvo cerca de unirse el que, con el tiempo, se convertiría en la versión barata de ambos: Jean-Claude Van Dame, en el papel del Depredador. Pero el belga tuvo que abandonar el proyecto, según la versión oficial, porque con su 1,77 de estatura no daba la talla, y según la versión oficiosa, porque, en un arrebato de ira (en una época en la que, recordemos, ya cabalgaba a lomos de la blanca dama) hirió a propósito a uno de los extras.

“¡Eh, tú, Gabilondo!”

Depredador se ha repuesto de la pésima recepción crítica recibida en su momento, para acabar convirtiéndose en una cinta de culto

El rodaje de Depredador fue un infierno incluso para actores tan bien preparados físicamente como los de su reparto. Las condiciones en la selva, las peleas cuerpo a cuerpo y las exigencias de un John McTiernan, que sabía que se encontraba ante la oportunidad que podía marcar su carrera, dificultaron el clima durante las semanas de producción. Sensaciones que los intérpretes potenciaban haciendo concursos de ejercicios físicos y levantamiento de pesas para incrementar la tensión en el grupo. Un grupo en el que debutaba como actor un bisoño Shane Black, que había echado una mano puliendo los diálogos de la película.

Con el paso de los años, Depredador se ha repuesto de la pésima recepción crítica recibida en su momento, para acabar convirtiéndose en una cinta de culto, respetada y ampliamente homenajeada por público y especialistas. La película, que repite el esquema de Alien: el octavo pasajero de enfrentar a un grupo humano aislado con una única amenaza extraterrestre de extraordinarias habilidades cinegéticas, supuso el descubrimiento y consagración de un John McTiernan que un año después cambiaría para siempre el cine de acción con Jungla de cristal. La película fue tan exitosa que generaría una secuela, ambientada en un entorno urbano, y terminaría por emparentar directamente con los xenomorfos en la saga de cómics, películas y videojuegos de Alien Vs. Predator. Pero esa es otra historia.

Horizonte Final (1997)

Es probable que, cuando Paul W. S. Anderson estrenó Mortal Kombat, en 1995, creyera que su carrera ya había tocado techo, que nunca jamás podría superarse. No contaba con que cayera en sus manos un guión escrito por Philip Eisner tras una desgracia familiar y que había sido vendido a la gente de Paramount como una versión de El resplandor en el espacio. El único problema era que solo tendría 18 meses para poder llevar el proyecto a buen puerto. Así fue como se embarcó en la que terminaría convirtiéndose en la mejor de sus malas películas. O la peor de las buenas. O en la única buena, vaya usted a saber.

“Empecé tirando de un pellejo que me salía de la uña del pie, me fui liando, me fui liando y ya ves cómo he quedao”

Se embarcó en la que terminaría convirtiéndose en la mejor de sus malas películas. O la peor de las buenas. O en la única buena, vaya usted a saber

Horizonte Final es un batiburrillo que bebe de las narrativas de La casa encantada, Solaris o incluso Hellraiser, pero también toma prestado de Alien: el octavo pasajero los interiores y el diseño de la nave. En general, todo el trabajo de dirección artística de la película es superlativo, imponiéndose incluso a los aspectos más narrativos de la misma, que, si bien durante dos tercios del metraje funcionan con corrección, terminan por irse por la borda en el tercer acto de la cinta.

Un tercer acto que sufre las consecuencias del remontaje que el estudio terminó realizando de la película tras unos pases de prueba en los que el público se mostró fuertemente impresionado por diversas escenas que hacían hincapié en los aspectos más escabrosos de la misma. Así, Horizonte Final pasó de durar 130 minutos a apenas 96. El propio director se mostró muy afectado al respecto cuando, ya en 2006, y gozando la película del estatus de cinta de culto, intentó realizar un montaje del director que resultó imposible por encontrarse muy deteriorados los rollos que las albergaban. Más aún cuando la versión recortada finalmente estrenada en cines, fue un fracaso tal que tardó más de un año en llegar a estrenarse en España.

Cube (1997)

En 1997, un director debutante, de apenas 28 años, estrenaba una pequeña película de ciencia ficción que sabía ser abstracta y conceptual, misteriosa y matemática, al mismo tiempo. Cube era una película original levemente inspirada en un capítulo de The Twilight Zone titulado Cinco personajes en busca de una salida.

El tío se parte.

Una pequeña película de ciencia ficción que sabía ser abstracta y conceptual, misteriosa y matemática, al mismo tiempo

En Cube, seis personajes despiertan, amnésicos y desorientados en una estructura cúbica, formada por habitaciones cúbicas, y juntos deberán lograr escaparse tratando de evitar las estancias que contienen sofisticadas trampas mortales. Tan sencillo como eso. Pero, gracias a la realización y al guión de Vincenzo Natali, Cube logra ser, más que una idea ingeniosa, una estupenda película.

Cube bebe de Alien: el octavo pasajero en lo claustrofóbico, en lo angustioso, en lo industrial. También en contar con una protagonista femenina que lleva las riendas de la narración durante la mayor parte del metraje. Pero aun teniendo claras sus fuentes, Cube es, sin duda, la más distinta de todas las películas tratadas en este artículo. Porque no se parece a ninguna otra. Una experiencia cinematográfica, más que recomendable, imprescindible.

Esfera (1998)

Un año después, llegó una película que era justo el antónimo de la de Vincenzo Natali. La Esfera frente al cubo, el gran presupuesto frente a una producción en los márgenes de la industria, un reparto compuesto por estrellas frente a actores amateurs, un director oscarizado frente a un debutante y la adaptación de un best seller de Michael Crichton frente a un proyecto personal. Y, no solo eso, sino que su recibimiento también se situó en las antípodas del de Cube.

“No quiero ilusionaros, pero probablemente nos encontremos ante el Ferrero Rocher más grande del mundo”

Esfera fue un fracaso crítico y comercial, hasta el punto de que supuso el final de la trayectoria de Barry Levinson en proyectos importantes

Esfera fue un fracaso crítico y comercial, hasta el punto de que supuso el final de la trayectoria de Barry Levinson en proyectos importantes para la industria, y, prácticamente, el último clavo en el ataúd de la carrera de Sharon Stone. Costó 80 millones de dólares y no recaudó más de 30. Y, al contrario que a muchas otras de las películas tratadas en este artículo, el tiempo no la ha dotado del aura de título de culto.

Esfera hereda de Alien: el octavo pasajero el carácter alienígena de su amenaza (con la característica de que, en este caso, la esfera no es mortal en sí misma, sino un mero catalizador sobre la psique de los protagonistas), la nave espacial y el aislamiento de los personajes. Pero, pese a su buen primer acto y a la fuerza de algunas de sus ideas (todas presentes en el libro), acaba naufragando por sus subrayados y por un desenlace muy decepcionante. El propio Dustin Hoffman, en las entrevistas promocionales, reconocía que les había faltado tiempo para poder llevar la película a buen puerto. Tanto él como Barry Levinson acababan de salir de la postproducción de La cortina de humo para cuando se embarcaron en Esfera y no tuvieron las energías suficientes como para hacer la película que todos merecían. Incluso viéndola hoy en día resulta evidente la incomodidad con la que todos se desenvuelven en la misma. Y cuando el espectador percibe la incomodidad de los actores por encima de la de los personajes suele ser un mal síntoma.

Deep Rising. El misterio de las profundidades (1998)

Corría el año 1998, y Stephen Sommers afrontaba su cuarta película con el reto de salir de la zona de confort en la que le habían instalado sus últimos trabajos (Las aventuras de Huckleberry Finn y El libro de la selva: la aventura continúa). Sommers ya no quería más adaptaciones literarias de época para un público infantil. Sommers había llegado a Hollywood para jugar. Y quiso demostrarlo con una película juguetona, mezcla perfecta entre Alien: el octavo pasajero, Indiana Jones y El barco fantasma.

-¿Seguro que no es el biopic de Xose Manuel Beiras?
-No, Framke, cariño. No es el biopic de Xose Manuel Beiras.

Un entretenimiento que huele a palomitas, refresco de grifo y aire acondicionado

Algo empezó a torcerse cuando la gente de Hollywood Pictures decidió estrenar la película el 30 de enero. En tierra de nadie, justo en el ecuador de esa franja temporal, durante los dos primeros meses del año, que los estudios aprovechan para deshacerse de todos aquellos proyectos que no han salido como esperaban.  El desastre fue el inevitable. Deep Rising. El misterio de las profundiades había costado más de 45 millones de dólares, pero su recaudación en el mercado doméstico apenas superó los once. La crítica la destrozó. Roger Ebert llegó a escribir que era una de las peores películas que jamás había visto, “un clon de Alien: el octavo pasajero con una capa de pintura”.

En España se estrenó en verano y contó con una aceptación de crítica y público bastante más justa. Porque hay que estar muy muerto por dentro para no disfrutar de Deep Rising. El misterio de las profundidades. Una película dinámica, trepidante, divertida y plagada de personajes carismáticos. Un entretenimiento que huele a palomitas, refresco de grifo y aire acondicionado. Una cinta que bebe del sentido del ritmo y la concepción del espectáculo del cine comercial de los años 80 para terminar convirtiéndose en la más familiar de todas las herederas bastardas de Alien: el octavo pasajero. Y su fracaso nos privó de ver la continuación que prometía su juguetón epílogo. Una maravilla a reivindicar. Una película a recuperar.

Virus (1999)

Un año después del estreno de Deep Rising. El misterio de las profundidades, llegaría a los cines su hermana tonta. Virus es como un Deep Rising. El misterio de las profundidades que no ha conseguido sacar el bachillerato, fuma a escondidas y llama juernes a cualquier jueves. Sabe que nunca llegará a nada, pero está encantada con ser lo que es. Virus está protagonizada por William Baldwin y diríamos que es el equivalente cinematográfico al lugar que ocupa el actor en esa familia. Le acompañan una Jamie Lee Curtis que ya estaba para cualquier cosa y un Donald Sutherland al que para convencerle le bastaba con que le ofrecieran un lugar caliente en el que dormir.

¡Ya está! ¡Ya habéis encabronado a Wall-E!

Virus sabe lo que es, y acepta orgullosa su esencia, pero no siente la necesidad de guiñar constantemente el ojo al espectador

Virus es una serie B autoconsciente, pero no posmoderna. Virus sabe lo que es, y acepta orgullosa su esencia, pero no siente la necesidad de guiñar constantemente el ojo al espectador, haciéndole partícipe de ningún juego que apele a la nostalgia. Virus es una película de 100 minutos a la que le sobran 20, plagada de tópicos, con un gran trabajo de maquillaje y unos animatronics muy resultones. Nada más que eso. Y nada menos.

De nuevo una banda de apandadores llega a un barco fantasma en el que tendrán que hacer frente a una mortífera amenaza. Como corresponde al género, siempre tomarán la opción incorrecta, siempre serán más bobos de lo que pueden permitirse. En el mismo año en el que David Cronenberg llevaba al límite la fusión entre hombre y máquina en eXistenZ, Virus fusionaba carne y metal con el único objetivo de pegar tiros y mojar camisetas. Y eso no es poca cosa. Aunque, probablemente, tampoco mucha.

Deep Blue Sea (1999)

Por algún extraño motivo (todavía hoy no justificado), a mediados de los años 90, el público decidió que ya no quería ver más películas dirigidas por Renny Harlin. Tras los monstruosos fracasos consecutivos de La isla de las cabezas cortadas y Memoria letal, el canto del cisne de la relación del director con las superproducciones llegó con Deep Blue Sea, una película sobre tiburones genéticamente modificados. La película, una mezcla entre Alien: el octavo pasajero, Tiburón y La aventura del Poseidón costó 60 millones y recaudó 164 pero, como lucía como si hubiera costado más de 100 (a pesar de que sus efectos digitales no hayan envejecido especialmente bien), fue considerada como un relativo fracaso.

Ahí está,
ahí está
se la llevó
el tiburón,
el tiburón.

Una película en la que un tiburón encierra en un horno a LL Cool J para posteriormente encenderlo no puede ser mala

Lo cual fue terriblemente injusto. Porque Deep Blue Sea es un triunfo absoluto en cada objetivo que se propone. Lo es en la incertidumbre generada acerca de cuál será la próxima víctima, lo es en la creación de set pieces memorables de suspense y acción (a pesar de cierto abuso de la cámara lenta), lo es en la planificación de escenas claustrofóbicas, pero también en la de su clímax al aire libre. Una película en la que un tiburón encierra en un horno a LL Cool J para posteriormente encenderlo no puede ser mala.

La crítica no fue especialmente dura con Deep Blue Sea, y, terminó arrojando un beneficio de en torno a los 50 millones de dólares. Pero lo cierto es que Harlin no volvió a dirigir un blockbuster. Y ni Thomas Jane ni Saffron Burrows (que luce muy similar a Geena Davis, que acababa de divorciarse del director) volvieron a protagonizar ninguno. Los únicos que siguieron campando a sus anchas por el cine comercial fueron Samuel L. Jackson y los tiburones. Ambos, por cierto, protagonistas de la escena más gamberra y memorable de la película. Una escena que resume a la perfección los principales defectos y virtudes de la misma.

Supernova (2000)

¿Y si les digo que existe una película de ciencia ficción, dirigida por Walter Hill y montada por Francis Ford Coppola y con un presupuesto de 90 millones de dólares? Pues esa película existe, se estrenó en el año 2000, es una especie de slasher espacial apocalíptico y resultó ser tan desastre que Hill se negó a firmarla (a todos los efectos su director es un tal Thomas Lee) y cuando le pasaron a Coppola el muerto, este se limitó a retocar un poco aquí y allá y a cobrar un generoso cheque al respecto. Y, probablemente, beberse una buena copa de vino. Que Coppola a esas alturas tampoco estaba para llevarse un disgusto.

Yo romperé tus fotos
Yo quemaré tus cartas
Para no verte más
Para no verte más

Solo puede revisarse con la curiosidad morbosa del que pisa el freno en la autopista para tener una vista privilegiada de los restos de un accidente

Supernova causó un agujero de en torno a 75 millones de dólares a la Metro Goldwyn Mayer, que finalmente se vio obligada a vender toda su biblioteca de clásicos a otros estudios, suponiendo su quiebra casi definitiva. Y, de una misma tacada, se cargó a otras dos productoras: Screenland Pictures y Hammerhead Productions. Todo ello porque alguien creyó que era buena idea que James Spader, Angela Bassett y ¡Robert Foster! encabezaran el reparto de un blockbuster dirigido por un brillante narrador que llevaba década y media sin un triunfo en la taquilla.

Supernova solo puede revisarse con la curiosidad morbosa del que pisa el freno en la autopista para tener una vista privilegiada de los restos de un accidente. Luce barata, televisiva, y es un producto carente de todo tipo de interés narrativo. Una película que consigue que cuando hoy en día nos referimos a “Supernova, la buena” estemos hablando de la protagonizada por Marta Sánchez y Javier Gurruchaga en 1993.

Pitch Black (2000)

Cuando Pitch Black se estrenó en el año 2000, pilló a todo el mundo por sorpresa. Con el cambio de siglo, el género de terror estaba prácticamente copado por películas de tinte religioso-mefistofélico (Stigmata, El fin de los días, Almas perdidas) y el de ciencia ficción llevaba años dándole vueltas a la identidad del individuo en el nuevo milenio (Dark City, Nivel 13, Matrix). Por eso sorprendió que una propuesta claramente pulp que apostaba por unir ambos géneros, pero sin ninguna de estas constantes, obtuviese la notoriedad que Pitch Black acabó alcanzando. Porque, si bien es cierto que distaba de ser la película barata que presumía (más de 20 millones de la época la convertían en una producción de medio presupuesto, más que en una apuesta outsider), sí que se mantuvo por debajo del radar hasta el momento de su estreno.

De haberla dirigido Fesser, hubieran sido dos bombonas de butano.

Una especie de revisitación de Río Bravo o El Dorado, pero lleno de mortales monstruos alienígenas

Pitch Black fue la película que convirtió a Vin Diesel en un aspirante a estrella. Su personaje, un convicto que puede ver en la oscuridad, la única esperanza de sus captores en un planeta lleno de criaturas hostiles durante un eclipse, es un digno heredero del antihéroe más clásico. Un hombre de acción, de pocas palabras.

Parte del éxito de Pitch Black radica en que, en el fondo, era un western de ciencia ficción. Una especie de revisitación de Río Bravo o El Dorado, pero lleno de mortales monstruos alienígenas. Por eso su director se equivocó cuando quiso rodar una continuación, expandiendo su universo hacia el terreno de la space ópera. El éxito de su propuesta radicaba en su sencillez, no en una complejidad a todas luces inexistente.

Sunshine (2007)

En el año 2057, el planeta tierra languidece debido a la repentina y progresiva pérdida de intensidad del Sol. Un grupo internacional de astronautas se dirigen hacia la estrella para detonar sobre su superficie una bomba solar que la reactive. Pero, a pocas jornadas de completar su misión, reciben una llamada de la nave que les antecedió en su misión, que había estado perdida hasta entonces.

“Anda, sal a que te dé el sol, que menudo día que hace…”

Nunca el Sol ha lucido tan bello y magnífico en pantalla. Sereno. Majestuoso. Imponente

Sunshine es el resultado de sumar Alien: el octavo pasajero, Horizonte Final y El nucleo, con la pequeña salvedad de que el resultado es bastante más deficiente que el que cualquiera de esas otras tres películas ofreció en su momento. Sunshine es el clon tonto. El clon del clon de Michael Keaton en Mis dobles, mi mujer y yo. Tras un primer acto en el que expone habilidosamente sus bazas, todo se va al garete en cuanto el conflicto aparece en la narración. Con una trama en la que los hechos se suceden sin ninguna lógica interna, de la mano de unos personajes cuyos actos nunca se terminan de entender, con un aspecto digital terriblemente envejecido, pésimamente narrada y montada. Sunshine es el más claro exponente del mayor pecado del cine de Danny Boyle, su director: contar con brillantes puntos de partida que se le terminan yendo de las manos.

A su favor, cabe señalar que nunca el Sol ha lucido tan bello y magnífico en pantalla. Sereno. Majestuoso. Imponente. Son esos pequeños respiros, en los que se hace patente la inmensidad de la estrella frente al ser humano, los únicos momentos en los que la película puede ofrecer algo verdaderamente inolvidable.

Pandórum (2009)

Pandórum tiene algo de Alien: el octavo pasajero, de Soy leyenda, de libro de Elige tu propia aventura lleno de cliffhangers demenciales que logran mantener el interés del espectador a base de giros abracadabrantes y piruetas imposibles. Una ruleta adrenalínica de 110 minutos, tan estúpida como adictiva, dirigida por un Christian Alvart disfrazado de Paul W.S. Anderson.

Inolvidable Paco Sanz en Pandorum.

Una ruleta adrenalínica de 110 minutos, tan estúpida como adictiva, dirigida por un Christian Alvart disfrazado de Paul W.S. Anderson

Si hace unos meses Passengers convertía la historia de dos tripulantes que despiertan antes de tiempo en un crucero interestelar en una amable comedia romántica sin apenas aristas, Pandórum, con el mismo punto de partida genera una pesadilla llena de peligros, mutantes, postapocalipsis y persecuciones.

Pandórum es una película que exige mucho a su espectador, más no del modo en el que normalmente se utiliza esta expresión, sino en el contrario. Pandórum exige suspensión de incredulidad y complicidad con la propuesta. Esa, y no otra, es la única forma de disfrutar de un entretenimiento tan eficaz como descerebrado.

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