Las madres y los padres superheroicos

Marisa Tomei and Tom Holland in Columbia Pictures' SPIDER-MAN™: HOMECOMING.
Con el estreno de Thor Ragnarock a la vuelta de la esquina, damos un repaso a la importancia de las genealogías superheroicas en el cine.

¿Cuál fue el momento cinematográfico más bochornoso de 2016? Existen muchos ejemplos, entre ellos películas de Adam Sandler o el sexo pocho de 50 sombras de Grey, pero muchos eligieron el Momento Martha de Batman v. Superman. Quizá el clímax (bueno, uno de los tres clímax) de la película de Zack Snyder no tenía la fuerza que el director esperaba, y la situación casi exagerada de los dos grandes superhéroes en batalla sacó a muchos espectadores de la situación, pero en el fondo, el director consiguió retratar algo concreto y que solemos dejar pasar como desapercibido en las adaptaciones al cine de los superhéroes más famosos: la importancia de los padres y las madres en sus narrativas.

El ejemplo más claro lo podemos encontrar en la reciente Capitán América: Civil War, con un Tony Stark (Robert Downey Jr.) que termina enfrentándose a su mejor amigo y compañero por la muerte de sus padres hace casi 30 años. Iron Man es un personaje muy dañado, en parte por la negligencia y el aparente rechazo de su padre hacia él, y una madre que… bueno, que tan sólo hemos podido llegar a atisbar en la última entrega de las aventuras del Capitán América. Pero Marvel no se ha sacado esto de la manga. A lo largo de las dos primeras entregas de la saga del hombre de metal, la sombra del padre ha planeado sobre Tony como una figura oscura y abstracta. Era la fuente de todas sus inseguridades y el motivo por el que, aún rozando la cincuentena, se siguiera comportando como un crío. Al menos hasta que el Capitán América entra en su vida.

Ah, Steve Rogers (Chris Evans). La figura paterna por excelencia. Líder, punta de lanza de Los Vengadores (al menos hasta hace un rato) y drama queen en general, el abuelo soldado de Brooklyn es el ejemplo perfecto de un héroe hecho a sí mismo. Sin apenas ninguna mención a su padre ni a su madre, Steve se ha convertido en la figura protectora de todo un grupo de tullidos emocionales por culpa de sus figuras paternas ausentes. Quizá lo más interesante, y lo que convierte a Steve en un superhéroe fuera de lo normal, es que su idea del bien y el mal como centro de su moralidad ya estaba ahí antes de empezar a dar puñetazos a los nazis en El primer vengador. Nadie le había enseñado nunca qué es lo correcto, y aun así lo sabía. A lo largo de su primera incursión fílmica, sus creencias sobre lo que está bien y lo que está mal son “mejoradas” y puestas a prueba por dos personajes: Peggy Carter (Hayley Atwell) y el doctor Abraham Erskine (Stanley Tucci), el que le da sus poderes. Ambos funcionan como canales para que el pequeño soldado se convierta en uno de los mayores héroes que la gran pantalla ha visto jamás. Peggy y el buen doctor son apoyos para la brújula moral perfectamente engrasada del capitán, pero no todos los héroes nacen así.

Zack Snyder subrayó en el clímax de Batman v. Superman algo que ya sabíamos todos

Thor, por ejemplo, es uno de los personajes que más vueltas da en torno a su figura paterna, Odín (un Anthony Hopkins desinteresadísimo). Ganarse su respeto, estar a su altura… Recuperar el Möljnir en la primera parte no representa tanto convertirse en el Dios que desea ser como recuperar el favor paterno. Y a diferencia de la gran mayoría de héroes marvelitas, Thor tiene madre. Interpretada por Rene Russo, el personaje de Frigga es tan vital como tópico y tóxico para las mujeres en el cine de superhéroes: la mujer sacrificada. Frigga muere en las primeras escenas de Thor 2 para provocar una catarsis en el héroe asgardiano y mandarlo en una aventura con su hermano. Esto no sería tan terriblemente doloroso si no fuera porque es una muerte inútil más allá de despertar esa respuesta. Frigga desaparece del mapa y el héroe continúa su aventura sin aprender prácticamente nada.

Aunque podría ser peor. La Viuda Negra, interpretada por Scarlett Johanson, se presentó en Iron Man 2 y desde entonces ha tenido una presencia relativamente importante a lo largo de las fases 1, 2 y 3 de Marvel. El suyo es un claro ejemplo de los problemas que se dan cuando un equipo de hombres escribe un personaje femenino. ¿Qué sabemos sobre Natasha Romanoff? Espía internacional, habla multitud de idiomas, lucha a brazo partido contra sus enemigos… y el punto más importante: no puede tener hijos. Tal y como nos es revelado en Los Vengadores: La era de Ultrón, tener hijos es “lo único más importante que la misión”. Lo único que humaniza y hace destacar al personaje emocionalmente es que no puede ser madre. El único miembro femenino de Los Vengadores —hasta la incorporación de La bruja Escarlata— tiene un defecto que la hace “menos mujer”. Porque todos sabemos que lo único que quieren todas las mujeres es ser madre, ¿no?

Un caso particular es el que se da con Peter Quill/Star Lord (Chris Pratt) en la primera y segunda parte de Guardianes de la Galaxia. La idea de que toda la bondad de un personaje viene dada por su madre tiene su momento cumbre en el clímax de la primera película de James Gunn, cuando el bueno de Quill se reconcilia con su pasado y su deseo de tener una familia gracias al recuerdo de su madre en el lecho de muerte. En apenas 5 segundos de pantalla, la conexión que sentimos con Quill a través del dolor y amor que siente por su progenitora hace destacar su película por encima de la media de Marvel, al menos en el plano sentimental. Lo que viene a ser una puñalada emocional, vamos. A Gunn debió gustarle jugar con los sentimientos de los espectadores así, porque toda la segunda parte de las aventuras de los Guardianes gira en torno al padre de Peter Quill (Kurt Russel) con tal de recuperar el tiempo perdido. Por desgracia, lo que funcionaba en la primera parte por sorpresa, profundo y emocionante, en la segunda entrega da la impresión de que es un chicle estirado. Aprovecharse de las emociones y los sentimientos de los espectadores más que desarrollar trama o proponer algo interesante. Aparte, Quill no lo tiene tan difícil como las hermanas Gamora (Zoe Saldana) y Nebula (Karen Gillian), hijas de Thanos. Porque el padre de Quill será un planeta, pero Thanos es un destructor de mundos que torturaba a sus dos hijas haciéndolas pelear, arrancándoles brazos y ojos, y marcándolas de por vida.

Por supuesto, el único defecto que podría tener una espía internacional tenía que ver con su feminidad.

Por supuesto, no todos los padres son negligentes. El Ant-Man de Paul Rudd trata de hacer todo lo posible por su hija, incluso vuelve a delinquir. Y Michael Douglas, con el corazón roto por la pérdida de su esposa (otra esposa muerta, qué novedad) intenta hacer lo mismo por su hija. Está claro que ser un padre en el universo Marvel es una señal clara de que se está a un paso de ser un delincuente.

En los tres casos de DC, los padres y madres es posible ver también cómo sus figuras juegan un papel fundamental. Ya sea en la piel de Kevin Costner a lo largo de la primera entrega de El hombre de acero, o el consejo de Martha Kent (Diane Lane) que supone toda la nueva base del personaje después (“No les debes nada”), los padres adoptivos del alienígena le ayudan y apoyan en su viaje. Martha sirve luego como rehén para los villanos. El caso particular de Wonder Woman es destacable, ya que Hipólita (Connie Nielsen) y Antíope (Robin Wright) puede que sean la primera pareja del mismo sexo que cría a una superheroína en pantalla (sí, pareja. A mí y al público en general no se la cuelas, Patty Jenkins). Sin embargo, de nuevo, una de ellas debe morir para provocar el comienzo del viaje: el desarrollo de Diana como superheroína.

Este tópico, esta herramienta, tan sencilla como sobada, parece que no desaparecerá con facilidad. El propio Peter Parker (Tom Holland) y la relación que tiene con sus tíos parece que será si cabe más determinante en la importancia de las figuras paternas y de cómo los héroes se forman en el hogar. Sólo esperemos que no le cueste la vida a ningún padre ni madre más.

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