Las Vírgenes Suicidas, la obsesión que no descansa

La primera película de Sofía Coppola se mantiene, casi 20 años después de su estreno tan extraña, hipnótica y misteriosa como sus protagonistas.

Las vírgenes suicidas cumple 17 años, la edad que tenía la mayor de las hermanas Lisbon antes de suicidarse. La ópera prima de Sofia Coppola sigue siendo a día de hoy fuente de inspiración para muchos, todo un ejemplo de adaptación de libro a película y, junto con el estreno de Academia Rushmore en 1998, el pistoletazo de salida para un nuevo tipo de cine independiente enfocado a la generación que, todavía no lo sabíamos, se acabaría llamando millennial.

Como mínimo, hay que reconocer que Las vírgenes suicidas se conserva bien. Todos aquellos que habían crucificado a Sofía Coppola por su interpretación en la tercera parte de El padrino diez años antes tenían los cuchillos afilados para cuando estrenase su primera película, pero la directora cerró muchas bocas. La dirección es contenida e íntima, aunque recuerda un poco en sus primeros minutos (gracias a la voz en off y al breve cameo de Danny DeVitto) a la de Wes Anderson. Sofia Coppola juega magistralmente a mostrar sólo lo necesario, y convertir gracias a la música y una cuidadísima estética los planos de mesas, esquinas y lámparas en piezas de un puzzle tan importante como diálogos, gestos o acciones.

La película consigue pasearse y bailar delante de nosotros sin ser demasiado dolorosa, ni demasiado frívola, ni demasiado graciosa

Y parte de ello es el mérito de la obra original de Jeffrey Eugenides. Con párrafos (especialmente los del narrador) calcados de la obra del escritor, la película consigue pasearse y bailar delante de nosotros sin ser demasiado dolorosa, ni demasiado frívola, ni demasiado graciosa. Luz y diálogos están acompañados de una música excepcional, firmada por la banda Air, que aporta el último grano de arena para crear una atmósfera opresiva pero no alarmante, bella pero en parte incómoda, sutil y al mismo tiempo magnífica. Otra historia son los ríos de tinta vertidos sobre la impecable interpretación de Kirsten Dunst, a la que queda claro que tanto la cámara como todos los protagonistas adoran y que es la auténtica estrella de la película. Sin olvidar a James Woods y Katheleen Turner, quienes consiguen, con sus pequeñas aportaciones, ser auténticas joyas de contención, de problemas no resueltos y de tristeza sin límites.

Sin embargo, repasar a día de hoy una película estrenada en el 2000 y ambientada a mediados de los 70 deja un regusto amargo. Pensemos en ambos contextos temporales: por un lado tenemos el del estreno de la película, el año 2000. Bill Clinton está a punto de dejar la Casa Blanca, acabamos de cruzar el umbral del milenio y todo el miedo, la incertidumbre y el pavor que sentíamos frente a lo que podría ocurrir en el futuro no había tomado forma (todavía), lo cual creaba más angustia. La generación X comenzaba a disolverse en la madurez, llegando a puestos de trabajo, comprando casas, endeudándose hasta las cejas, confiando (con muchas reservas) en un futuro que quién sabe qué depararía. Por otro lado, está la época en la que está ambientada la propia película, a mediados de los 70. El movimiento hippie moría por su propia inercia, la crisis de General Motors hacía mella en la clase media/alta, la guerra de Vietnam estaba dejando al país casi herido de muerte y la presidencia de Nixon estaba siendo examinada con lupa.

La narración se estructura de tal manera que apenas vemos a las jóvenes hablar

Por extraño que parezca, nada parece afectar al barrio en el que viven las chicas Lisbon, con sus viviendas tan blancas como sus habitantes, su fe en Dios y en la bandera y su inquebrantable sueño americano. Al menos este es el mundo en el que viven los adultos. Los jóvenes protagonistas… Bueno, quizá antes de continuar habría que aclarar una cosa: ¿Quiénes son los protagonistas de la película? ¿Son las propias chicas, o el club de fans de las jóvenes hermanas? La narración se estructura de tal manera que apenas vemos a las jóvenes hablar y los chicos que las persiguen apenas pronuncian palabra en toda la película, tan sólo traducen los testimonios que consiguen a través de diarios, entrevistas en programas de televisión, de madres preocupadas por el suicidio adolescente, de la sociedad en general. Quizá los protagonistas de la película sean, al fin y al cabo, no las jóvenes ni sus perseguidores, sino el entorno en el que viven, que contempla con una mezcla de pereza y preocupación cómo sus jóvenes van cometiendo suicidio y nadie los detiene.

Mientras los adultos viven asentados en la clase alta, los adolescentes corren y gritan con las hormonas por las nubes como pollos descabezados. Preguntas sobre la vida, la muerte y el sexo flotan a lo largo de toda la película sin llegar a formularse en ningún momento, salvo en la mente de los chicos y las chicas. Ellas, como objetos de devoción y ellos, a veces como obsesos, otras como adictos, pocas veces como personajes activos. En cierta manera, la película funciona como un relato gótico: existe un castillo, la casa de las chicas en la que están encerradas sufriendo bajo la mano de hierro de su madre y la pasividad de su padre. Tras la primera muerte, el hogar otrora alegre comienza a quedar en ruinas, con ropa por los pasillos, goteras, y una luz fría y mortecina colándose dentro de la casa, con las chicas tumbadas siempre en el suelo, con los ojos muertos. Da la impresión de que nadie puede salvarlas porque ya están muertas.

Son los detalles lo que hacen de la ópera prima de Sofía Coppola una maravilla

En la primera secuencia de la película podemos ver cómo una serie de operarios colocan un cartel rojo en un árbol, un aviso de que va a ser talado. En el momento no se le da importancia, pero más adelante descubrimos que estos operarios de naranja están ahí para cortar el árbol de la primera hermana suicida. Cuando por fin consiguen hacerlo, nada cambia. Al final de la película y la cámara pasea por el barrio, casi todos los árboles tienen el mismo cartel de aviso. Todos van a ser talados, pero seguimos paseando por el barrio como si nada hubiera pasado. Como si la muerte nunca hubiera tocado la pequeña población. Es esa sutileza, esas subtramas apenas insinuadas que tanto gustan a los grandes directores, esos pequeños detalles lo que hacen de esta película algo excepcional y único de su tiempo. Las vírgenes suicidas no trata tanto de las chicas, los chicos, los adolescentes y los adultos como de un tiempo y una manera de ser, un cuarto en el que hace demasiado calor y huele a cigarrillo, la sensación de que no se va a ninguna parte porque no hay a dónde huir. Tan sólo queda la huida hacia el suicidio.

Ver a día de hoy Las vírgenes suicidas provoca una sensación extraña. Suele ocurrir una cosa con las películas de culto: una vez pasada la fiebre de su descubrimiento en los festivales, los críticos comienzan a echarse atrás en sus análisis bajando notas de nueves a ochos o tímidos sietes. La mejor película indie de hace 5 años se convierte en una mera anécdota con aspectos positivos, pero no es la obra maestra que devuelve la fe en el cine. Este no es el caso con Las vírgenes suicidas. Continúa siendo una película importante, entretenida, personal y realizada con muy buena mano. Su estatus como referente está completamente justificado. Podríamos pensar que nos ocurre un poco como a los chicos de la película. Nuestra obsesión con la película, los misterios que entraña, su significado nos continúa fascinando aún a día de hoy. No ha perdido su gracia, no ha sido olvidada. Y espero que siga siendo así durante mucho tiempo.

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