Logan, la importancia del superheroísmo

Tras dos spin-offs bastante problemáticos, Hugh Jackman se despide de su personaje con una película tan áspera y contundente como rebosante de una extraña lírica. Dirige, repitiendo tras Lobezno Inmortal, James Mangold.

El más famoso y querido de los X-Men obtiene por fin la película que se merecía

8 Hugh Jackman colgando las garras
9 Acción
7 Veces que sientes la tentación de llamarlo "western crepuscular"
8 Relevo generacional
9 Ganas de hacer cosas nuevas y muy, muy locas
10 Relevancia para el género
8.5

Vale, que sí, que estamos saturados de películas de espantajomanes. Pocos días después de que Batman haya vuelto a la gran pantalla en forma de LEGO –y ni por ésas haya conseguido levantar el maltrecho pabellón Warner Bros./DC–, nos plantamos frente a otra aventura en solitario de Lobezno. No sólo recordamos entonces lo mal que cayó la anterior aventura mutante, X-Men: Apocalipsis, cuando el año pasado vino precedida por DeadpoolBatman v Superman: El amanecer de la Justicia y Capitán América: Civil War, sino que también se nos despierta la morriña al evocar un mundo que no tenía que ser constantemente salvado por esta gente. Un mundo sin superhéroes. El mismo mundo en el que se ambienta Logan.

Un mundo que en la película de James Mangold, y por mucho que varios espectadores hastiados de multiversos, spin-offs y demás movidas se imaginen lo contrario, dista sin embargo de ser idílico. Apenas quedan unos pocos mutantes en él, y ni siquiera contamos con un Profesor X (Patrick Stewart) en plena posesión de sus facultades que nos diga que todo va a salir bien. El mundo de Logan es anárquico, peligroso. La valentía y la lealtad han sido sustituidas por el cinismo y la furia. El mundo de Logan, como se subraya –quizá de modo excesivo– gracias a la banda sonora y a la calculada composición de planos, es el Salvaje Oeste.

En el mundo de Logan, la valentía y la lealtad han sido sustituidas por el cinismo y la furia

Hay quienes, por no alarmarse ante el estancamiento del blockbuster hollywoodiense, afirman que el género superheroico supone hoy día lo que el western supusiera a mediados del siglo pasado: una imparable maquinaria de entretenimiento que excluye por norma cualquier propuesta que no venga avalada por las viñetas, la literatura o –sobre todo– un éxito precedente, desarrollando espectáculos con unos elementos muy similares entre sí,  y que causen cierta sensación de familiaridad en el espectador. En esta línea, da igual que se pretenda superar la etiqueta con una ambición conceptual desmedida (como es el caso de El Caballero Oscuro), o boicotear el género desde dentro (y aquí no hablo tanto de la facilona y sumamente intrascendente Deadpool, como de otros artefactos como Kick-Ass, Los Increíbles o la olvidadísima Mystery Men); el espectador sabe a lo que va, quiere ver a indios y vaqueros darse de sopapos. Y por eso paga la entrada.

Logan es cine de superhéroes del de toda la vida, si exceptuamos lo de que haya sido calificada con una R o el hecho de que sea, muy probablemente, la mejor película que nos ha dado el género en los últimos cinco años. Los elementos que antes mencionábamos persisten en ella, seguros de su valía, pero representados de manera desencantada, como sólo puede ser posible tras cuarenta años de cruzados enmascarados en el celuloide… y casi veinte de una época de total esplendor que fuera iniciada, precisamente, por Hugh Jackman en la primera X-Men. El intérprete vuelve a ponerse en la piel de Lobezno, según parece por última vez, y la película resultante es capaz de lidiar sin despeinarse con toda esta relevancia histórica.

Nos hallamos, muy probablemente, ante la mejor película de superhéroes de los últimos cinco años

No es ya sólo que la citada calificación permita alumbrar las set pièces más salvajes y espectaculares de toda la saga de los mutantes –coqueteando incluso con un gore que deja en pañales las tontunitas de brocha gorda del Mercenario Bocazas–, sino que el engranaje narrativo al completo se pliega dócilmente a la personalidad de Lobezno, y logra que veamos al mutante por fin como lo que siempre se nos había dicho que era, pero nunca se nos había mostrado: un hombre atormentado, amargado, asqueado del mundo, consumido por una rabia animal. Un hombre, en esencia, viejo. El viejo Logan.

Pero también, y sobre todo, un superhéroe, que hará lo posible por defender tanto a esa niña interpretada por Dafne Keen hacia la que se siente tan unido, como a ese Profesor X irreconocible, tan destrozado espiritualmente como él. Formando una atípica familia que a lo largo de una road movie violentísima y audaz se verán perseguidos por el villano insoportablemente molón que encarna Boyd Holbrook y descubrirán, porque no les queda otra, lo importante que es siempre contar con salvadores solitarios que se yergan, se tomen la justicia por su mano, y desenfunden.

El engranaje narrativo al completo se pliega a la personalidad de Lobezno

Claro está, el western no deja de ser un escenario, una excusa estética donde desarrollar las historias, y la complaciente sumisión que Logan hace ante sus códigos y formas podría correr el peligro de conducir a un filme estimulante, pero finalmente vacío. No es así. En sintonía a lo que, sobre todo en el caso de Marvel, se ha hecho en los últimos años, el armazón polvoriento y fronterizo de la película de James Mangold –cuyo paso de la desastrosa Lobezno Inmortal a esta maravilla se revela de una longitud simplemente absurda– esconde mucho más de lo que aparenta. Sólo que no es ni una película de atracos (Ant-Man), ni un thriller de espionaje (Capitán América: El Soldado de Invierno), ni una obra de pura fantasía (Doctor Strange).

No. Logan se limita, y sólo porque alguien tenía que hacerlo –esa filosofía tan de western– a mostrarnos por qué los superhéroes son necesarios. A reflexionar sobre el género, y a dar la bienvenida a las películas que vengan después. Sean de DC, sean de Marvel. Sean nuestras, en fin.

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