Los Miserables, primero la música, después el cine

El evento cinematográfico de la Navidad por fin llega a los cines para conquistar con unas interpretaciones impresionantes.

Introducido como uno de los eventos cinematográficos del año, Los Miserables planteaba un emocionante término para este 2012 que tan buenas sorpresas nos ha deparado hasta ahora. La ambición en torno al proyecto, el espectacular reparto, las primeras e impresionantes imágenes o las noticias que llegaban de los primeros pases de prensa en Estados Unidos auguraban todo un hito musical para el celuloide. Sin embargo, los días que han transcurrido desde su estreno han resultado algo accidentados, sobre todo a causa de la oposición de cierto sector de la crítica a las aptitudes de Tom Hooper por lograr un filme realmente remarcable. Pero lo cierto es que Los Miserables sí consigue alzarse como una gran y arriesgada apuesta, como un desafío que en la mayor parte de su recorrido alcanza los ambiciosos logros que fueron planteados en su concepción. Es probable que este no sea el largometraje que introduzca al público más reticente a los musicales, de hecho es probable que los asuste, pero por seguro enamorará a los fanáticos del género o de la obra teatral original, en concreto, gracias a un elenco interpretativo que quiebra cualquier expectativa posible.

Les Miserables

Para los que desconozcan la novela homónima de Víctor Hugo, Los Miserables nos transporta a la restauración monárquica que siguió a la Revolución Francesa de 1789 para contar la vida de Jean Valjean, un preso en los puertos que tras pasar 19 años trabajando como esclavo es puesto en libertad condicional. Obligado a mostrar su cláusula se verá obligado a transgredir la ley y empezar de cero. Sin embargo, un impasible pero íntegro inspector llamado Javert le perseguirá hasta el irremediable destino que les depara -y sí, ‘irremediable’ tiene que quedar bien subrayado.

El prólogo ya deja bastante claras cuáles serán las facultades y las pegas de Los Miserables en lo que resta de metraje. Hooper no opta por la grandiosidad de los escenarios, de hecho a veces parece que se recluya en ellos con el peligro de convertirlos en cartón-piedra. Porque pese a la gran entrada desde el agua, el montaje se transforma después en una veloz retahíla de enfoques destartalados y primeros planos que prefieren ceder el protagonismo a las interpretaciones musicales. Así el enfrentamiento inicial entre Jean Valjean y Javert sirve de impoluta presentación para los personajes y los debates internos de cada uno de ellos -Valjean como eterno fugitivo y Javert como oficial insobornable.

En cambio la partida de Valjean pone de nuevo en tela de juicio la dirección de Hooper y el montaje por el que opta su equipo técnico. Lejos de recrearse en los paisajes elige dibujar una atmósfera claustrofóbica y nerviosa, pero no por falta de talento o carencia de planificación, simplemente por representar las emociones de un Valjean todavía prisionero a una hoja de papel. Hooper no necesita de planos generales o de grandilocuentes secuencias corales, prefiere que sean los cantantes y sus actuaciones los que dominen el proscenio, de ahí la abundancia de primeros y la ausencia de largos travellings. ¿Acaso puede un director sin ingenio rodar dos elipsis tan maravillosas como las del plano ascendente o el paso por la cruz? Sinceramente, no sé dónde están mirando algunos.

annehathaway

El problema de Los Miserables reside en el mayor atractivo de algunos de sus intérpretes. De esta manera Anne Hathaway protagoniza un plano-secuencia absolutamente desgarrador al son de I dreamed a dream, la que con casi total seguridad es la mejor canción de la película, y tras él pocos momentos logran estar a la altura. El hecho de que todas las escenas individuales estén rodadas a distancias cortas y en los mismos ángulos de contra-picado también erige una monotonía creadora de quizá cierto hastío, de ahí que los 152 minutos puedan alargarse más de la cuenta, pero nada que no reparen las sensacionales composiciones, las voces de Eddie Redmayne, Russell Crowe o Samtha Barks, el diseño artístico o el vestuario de Paco Delgado.

Pero entonces, ¿es Hooper un director de cine o estamos ante una película que traspasa las responsabilidades a los actores y no supera la teatralidad de su origen? Hay lenguaje cinematográfico sobrante como para desterrar a Hooper al clasicismo, pues su película es todo menos convencional, pero por otro lado sí es cierto que su incapacidad -peca de cómodo en las batallas- o poca voluntariedad a la hora de redondear, o acaso poner en movimiento las tomas, acaba por desbaratar la emoción de algunas escenas. Eddie Redmayne, en este caso, se lleva la peor parte con su Empty chairs at empty tables, que con una dirección más suave y menos abusiva del montaje bien le habría valido un mayor favoritismo en la temporada de premios. De hecho el epílogo es perfecto para aducir a esa falta de magnificencia; es un plano general bellísimo que da cuenta de lo grande que podría haber hecho Hooper su película. Y no, yo tampoco entiendo lo contenido que se muestra en el resto del filme, ¿acaso quería evitar ser acusado de ostentoso?

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Donde sí vemos teatralidad es a la hora de analizar la fiel adaptación del guionista William Nicholson del musical original, aquel que con sus canciones guiaba sin reparo al espectador por las turbadoras historias de Javert, Valjean o Eponine escritas por Víctor Hugo. Además Hooper, y ya dentro de la sintaxis del séptimo arte, juega con sus protagonistas y sus sentimientos y al ya aludido trabajo de cámara con Valjean restarían mencionar los paseos de Javert por la cornisa o la persecución de Gavroche por las calles de París. ¿El problema? Que en España los subtítulos prefieren buscar la rima a la traducción literal, creando cierta confusión en detrimento de la transmisión de las disputas emocionales de los protagonistas.

Los Miserables es un casi, un quizá, un por poco; ha estado a apenas un paso de convertirse en la obra maestra que muchos quisimos ver con tan solo un avance en vídeo, pero el resultado no deja de ser profundamente satisfactorio. El éxito de sus canciones, que seguro serán tarareadas durante los próximos meses, no es en este caso algo que podamos atribuirle a este largometraje, pues fueron concebidas hace tiempo, pero sí las imágenes que quedarán grabadas en nuestra retina. Porque una vez aprendido el libreto y conocida la entonación, Los Miserables no tendrá problemas en convertirse en una cinta de culto para las videotecas cinéfagas y sus revisionados serán pasto de los reproductores caseros hasta decir basta.

PD: Eddie Redmayne y Anne Hathaway Oscar, por favor.

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