Los siete magníficos, cubrir la cuota

Antoine Fuqua afronta una nueva versión del clásico 'western' con dos preocupaciones fundamentales: adaptar la historia al gusto y sensibilidad de los nuevos tiempos, y envolverla con el suficiente ruido como para que no se note lo fútil de su esfuerzo.

Un 'remake' plano y bobo, pero con muchas ganas de pasárselo bien

8 La traca final
7 Volver a escuchar los "parabarás" de James Horner
3 Originalidad
6 Capacidad para entretetener
7 Dirección
6.2

Ha llegado un momento en que, interiorizado el axioma de que en Hollywood se han quedado sin ideas, ya no debemos ni podemos afrontar el remake, la secuela o la precuela de turno con la condescendencia de antaño. Es decir, podemos, pero asumiendo que de este modo se nos escapará cualquier disfrute mínimamente genuino, y nos acabaremos viendo abocados a la arrogante apatía del que nada espera ni desea: a convertirnos, en resumen, en unos muermos. Conscientes de este peligro, no tenemos más remedio que esperar que esta nueva versión de Los siete magníficos sea más o menos digerible.

Los siete magníficos 2

Antoine Fuqua ha decidido apostarlo todo a la acción, y ha resultado ser una idea excelente

¿Ha correspondido Antoine Fuqua a estas –desesperadas– expectativas? Pues bueno, podría haberle ido peor. Teniendo en cuenta que la historia que retoma ya ha sido contado mínimo hasta en tres ocasiones anteriores, y en forma de obras ya clásicas –Los siete samuráis de Akira Kurosawa, Los siete magníficos de John Sturges y, por supuesto, Bichos, de John Lasseter y Andrew Stanton–, el director de Training Day partía de una coyuntura nada fácil y con un riesgo muy severo de despertar la hilaridad en el respetable, sea quien sea ese señor. La historia original del citado Kurosawa, mera evolución de una idea inicial que éste tuvo sobre veinticuatro horas en la vida de un samurái, era lo suficientemente atemporal como para que alguien considerara acertado retomarla en el año 2016 –mismo año, al fin y al cabo, en el que también llegaría a las pantallas el remedo de Ben-Hur–, pero, a la vez, tan ingenua y simplona como para que fuera toda una odisea lograr un guión con algo de interés. Unos bandidos asedian y atormentan a un humilde pueblo de granjeros, éstos deciden pedirle ayuda a unos valientes guerreros, y los guerreros, pues eso, ayudan. No parece haber mucho de donde sacar.

Kurosawa consiguió levantar más de tres horas tirando de encanto y poesía, Sturges lo logró gracias al carisma de sus tipos duros –Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, Eli Wallach, James Coburn–, y Pixar hizo otro tanto siendo Pixar. Antoine Fuqua, por su parte, y pese a contar con un reparto que tampoco andaría falto, en principio, de carisma, ha decidido apostarlo todo a la acción. Y, sólo hay que echarle un vistazo a la última y rotundísima media hora de Los siete magníficos para percibirlo, ha resultado ser una idea excelente.

Los siete magníficos 3

La corrección política del filme, en su afán por constreñirlo todo, acaba siendo bastante ridícula

Lo malo es que esta acción, por necesidades del rígido material de partida, ha de verse limitada casi en su totalidad al tercer acto, y eso es algo que le pasa factura a una apuesta intelectualmente tan endeble como ésta cuyo libreto firman Richard Wenk y el reputado experto en fuegos artificiales Nic Pizzolatto. Y es que el único interés de los primeros compases de Los siete magníficos –desiguales y bastante sosos– reside en comprobar cómo se han actualizado los aspectos más polémicos de versiones anteriores a los nuevos tiempos y en, por qué no, hacer mofa de ellos. El hecho de que el pueblo de mexicanos desvalidos de la película de Sturges haya dado paso a una adorable urbanización habitada íntegramente por blancos –entre los que destaca un Matt Bomer tan escultural como inocuo– sólo supone la carta de presentación de la militante corrección política que atesora el filme de Antoine Fuqua y que, en su afán por constreñirlo todo con sus tentáculos progres, tan ridícula acaba siendo.

Así, el encargado de buscar y contratar a los guerreros se revela útil también a efectos de paridad, y es Haley Bennet –transmutada en Jennifer Lawrence para la ocasión– la encargada de ponerle una nota femenina al western, que nunca viene mal. Byung-hun Lee es el asiático del grupo que, cómo no, tiene ciertas nociones de artes marciales –y un affaire bastante entrañable con el premio Donostia Ethan Hawke–; Manuel Garcia-Rulfo, el mexicano que dice mucho la palabra “güero”; y, rematando esta encomiable apuesta por la diversidad étnica, también tenemos a un indio que decide unirse a la aventura por unos motivos bastante ambiguos –aunque no menos que los de la mayoría de sus compañeros, hay que decir–, para acabar intercambiando guantazos con el otro único indio que, en un paralelismo inquietante, encontramos entre las filas de los malosos. Al frente de los cuales, por cierto, está un eficaz Peter Sarsgaard que ya no es un forajido al uso, sino un empresario sin escrúpulos con enchufe en el gobierno. Porque éste es un western del siglo XXI, y de la América de Trump, y es lo que hay.

Los siete magníficos 4

Los siete magníficos es un remake tan consciente de su condición de producto menor que causa hasta ternura

Por supuesto, este cúmulo de estupideces no tiene por qué lastrar el desarrollo de una aventura tan predecible y agradable como Los siete magníficos, que a fin de cuentas tiene a Denzel Washington como cabeza de cartel –y, albricias, no por ser negro–, está ambientada con la última banda sonora compuesta por James Horner antes de su fallecimiento, y dispone de suficientes frases badass como para que se nos haga algo menos cuesta arriba la espera ante el tiroteo final. Hasta entonces, da igual que Chris Pratt empiece a acusar síntomas de que no conoce más personaje que el de Chris Pratt o que nadie entienda muy bien a qué está jugando Vincent D’Onofrio: el espectador se va a entretener moderadamente y, familiarizado a toda velocidad con lo liviano del conjunto –Los siete magníficos es un remake tan consciente de su condición de producto menor que causa hasta ternura–, sabrá pasar por alto todo aquello que no se adscriba a la enérgica puesta en escena de Antoine Fuqua. Un espectador, por suerte para él, bastante menos condescendiente que aquél que firma esta crítica.

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