Los Vengadores, colisión de blockbusters

De cómo Joss Whedon acepta un caramelo envenenado y consigue llevar a buen puerto la razón de ser del universo cinematográfico Marvel

¿Quién puede olvidar esa última viñeta del primer número de Los Vengadores? Iron Man, Thor, Hulk, el Hombre Hormiga y la Avispa… (…) En serio, ¿qué están haciendo estos tíos juntos? (…) No funcionaba. Funcionó a la perfección“. Lo dice Joss Whedon en la introducción al primer tomo de The Ultimates, el relanzamiento de Los Vengadores con guion de Mark Millar y dibujo de Bryan Hitch. La palabras de Whedon, aparte de resultar proféticas (¿quién iba a decirle a este buen hombre que años después él mismo sería responsable de emular esa mítica viñeta colectiva en un no menos mítico travelling circular?), nos ponen en la piel de un lector de la época al toparse con esa reunión de tan antagónicas personalidades. En su momento, uno era incapaz de entender cómo diantres iban a acabar luchando codo con codo personajes tan queridos e individualistas como el bon vivant capitalista de Iron Man y la bestia homicida de Hulk. Pero esa era precisamente la clave: que el lector conocía a esas personalidades demasiado bien como para imaginárselas juntas. Sus integrantes habían tenido el tiempo necesario para crecer de forma independiente y desarrollar sus identidades antes de convertirse en equipo, por lo que parecía una completa locura que un encuentro así llegase a funcionar. Y por eso funcionó a la perfección.

Casi cincuenta años después, Marvel se erige en estudio cinematográfico y decide realizar el proceso a la inversa, empezando la casa por el tejado, como parte de un maquiavélico plan de conquista del entretenimiento actual: la elaboración de un universo cinematográfico de franquicias que explotar tanto de forma individual como en eventos multitudinarios. Vamos, que el estudio ya estaba pensando en Los Vengadores incluso antes de saber si Iron Man sería el éxito que acabó siendo.

Tenían mucha prisa. No había tiempo de tantear el terreno. En lugar de tomarse las cosas con calma, dejando margen para que dos personajes como el Capitán América y Thor pudiesen desarrollar sus personalidades en la gran pantalla y ganarse el cariño del público neófito, Marvel decidió que ambas películas sirviesen de aperitivos antes del plato fuerte. Cierto es que resultaron ser aventuras independientes, pero seamos honestos: la razón de su existencia era meramente oportunista, con el fin de llegar cuanto antes al Gran Evento, anticipado a bombo y platillo mediante escenas post-créditos y agotadores macguffins recurrentes (ah, el Teseracto, ese cubo cósmico que no parecía importar a nadie y que estuvo dando el coñazo durante tres películas). Y quiero pensar que hubo alguien en los despachos de Marvel que llegó a considerar siquiera que, bueno, puede que el Capitán América necesitase algo más de bagaje antes de meterse de cabeza en Los Vengadores, o que la concepción de Thor estuviese aún demasiado verde como para concederle una saga propia. Pero no había tiempo que perder, y probablemente el sonido de las cajas registradoras ahogó cualquier queja al respecto.

Vengadores 6 - Chris Hemsworth, Chris Evans, Robert Downey Jr.

Conociendo la fijación obsesiva de Marvel por construir la megafranquicia a toda costa, Joss Whedon es lo mejor que le podía pasar a Los Vengadores

La maniobra, huelga decirlo, fue un éxito, y de los rotundos. Por lo menos a nivel financiero y comercial. Las arcas del estudio engordaron de forma obscena y Marvel se hizo con la hegemonía del blockbuster actual. La estrategia de marketing fue un triunfo tan absoluto que acabó beneficiando sobremanera a ambas películas. Casi con total seguridad, ni Capitán América: El primer vengador ni Thor hubiesen sido los taquillazos que fueron de no ser por ese maldito afán completista: el espectador entendió de primeras que no podía perderse ninguna peli Marvel por poco apetecible que pareciese, no fuera uno a quedarse sin toda la información necesaria para entender El Gran Esquema. Qué más daba que el camino que conduce a Los Vengadores estuviese construido con adoquines de dudosa reputación. Iron Man 2, Thor o Capitán América: El Primer Vengador no suelen figurar entre las producciones Marvel predilectas de casi nadie (aunque uno no puede evitar sentir cariño por la última, la mejor del lote con amplia diferencia), pero a nadie le importó demasiado, ni siquiera al público. Todo el mundo entendió que no eran más que simples peajes para llegar al Gran Evento.

Y cuando llegó la hora del blockbuster de los blockbusters, lo hizo bajo la mejor batuta imaginable: la de Joss Whedon, que ya había demostrado con creces su manejo de los elencos corales (Buffy Cazavampiros, Firefly) y su ojo para reinventar iconos Marvel (Astonishing X-Men). Conociendo la fijación obsesiva del estudio por construir la megafranquicia a toda costa, Whedon es lo mejor que le podía pasar a Los Vengadores. Puede que no cuente con la libertad creativa que le permitía trastear a su antojo en Astonishing X-Men, o la que tenía Millar a la hora de parir The Ultimates, pero si algo caracteriza a nuestro hombre es (aparte de lo ya mencionado) una habilidad innata para crecerse ante las imposiciones.

 Vengadores 3 – Iron Man, Hulk

El mérito de Whedon reside en lidiar con la herencia recibida y el Gran Esquema que condiciona a un mastodonte como Los Vengadores

E imposiciones tiene unas cuantas. Si hay algo digno de admiración en la labor de Whedon al mando de Los Vengadores no son (sólo) las set-pieces de acción minuciosamente planificadas, los diálogos milimétricos, el tono de absoluto desenfado, las exquisitas hostias sobrehumanas o un buen puñado de chistes de esos de ponerse en pie y aplaudir. Su mérito reside en lidiar con la herencia recibida y el Gran Esquema que condiciona a semejante mastodonte como es Los Vengadores. Whedon tiene que hacer lo humanamente posible por inyectar un mínimo desarrollo a unos personajes que siguen una hoja de ruta preestablecida para dios (o sea, Kevin Feige) sabe cuántas películas y macroeventos más, y que encima tienen que articular la evolución necesaria para aventuras venideras. Todos los problemas de Los Vengadores (bueno, no todos; del soporífero prólogo digno del peor Fringe no queda otra que culpar a Whedon) tienen su origen en la habitual encrucijada en la que Marvel coloca a sus autores: el limitado margen de maniobra de unas películas que no sólo forman parte de un universo colectivo, sino que además deben ejercer de transición para las siguientes fases de conquista mundial. Y debido a esto, el lastre de Whedon se encuentra precisamente en la que siempre ha sido su gran baza: los personajes.

Con algunos lo tiene fácil. Tal vez demasiado. Como era de prever, Whedon no puede evitar que Iron Man y Hulk le coman la tostada al resto. Por supuesto, Iron Man parte con ventaja: se llama Robert Downey Jr. (El juez), lleva dos películas a sus espaldas y suyas son las mejores réplicas. El caso de Hulk tampoco tiene mayor misterio. Gracias a que las adaptaciones previas habían dejado el listón considerablemente bajo, Whedon no se ve obligado a ceñirse al canon establecido del personaje y puede, de alguna forma, reinventarlo. Además, cuando un gigante verde enloquece y se pone a repartir estopa poco puede hacer cualquier otro superhéroe por estar a su altura, y menos cuando tienes a un impecable Mark Ruffalo (Foxcatcher) a los controles de Bruce Banner.

No es casualidad que Iron Man y Hulk sean las únicas estrellas de la función a las que Whedon consigue regalar sendos arcos dramáticos que, por si fuera poco, convergen en un clímax compartido: Tony Stark sacrifica su vida por los demás y Hulk le rescata de una muerte segura. Claro, dado que son los personajes que peor trabajan en equipo son los que más evolucionan, pero es más que eso. Son los únicos que pueden evolucionar porque sólo ellos dan cierta libertad a Whedon para juguetear un poco. Una manga ancha que lamentablemente no puede aplicar al resto.

 Vengadores 13 - Chris Hemsworth

A la hora de integrarse en Los Vengadores, el rol de Thor en el equipo se convierte en un problema irresoluble

Thor (Chris Hemsworth, Blackhat) es, de entrada, un quebradero de cabeza. Asumámoslo, el estudio nunca ha sabido muy bien qué hacer con él. Por alguna razón (posiblemente para diferenciarlo de tanto héroe de doble identidad), se decidió que la clásica concepción del personaje, un médico que descubre ser la reencarnación del dios nórdico, no era viable. Por supuesto, tampoco podían optar por la irreverencia del Thor de The Ultimates: un antisistema que dice ser el hijo de Odín y al que todo el mundo toma por enfermo mental. Así que optaron por el típico héroe de espada y brujería, a medio camino entre el Shakespeare de baratillo y Starman, que era una amalgama de diversas facetas. La encarnación de una nobleza y honestidad propias del medievo. Un extraño perdido en mundo ajeno. Un bárbaro vikingo. Un semidiós que se debate entre su condición divina y su admiración por los mortales. Vamos, un batiburrillo de personalidades que, es justo decirlo, funciona moderadamente en sus aventuras en solitario, pero que nunca logra hacer ver qué hay de especial en ese héroe, ni qué aporta realmente al universo cinematográfico de Marvel.

A la hora de integrarse en Los Vengadores, el rol de Thor en el equipo se convierte en un problema irresoluble. Todas las facetas con la que se diseñó al personaje pierden de pronto validez. No puede ejercer de héroe noble, ni tampoco de extraño en tierra ajena, porque esas funciones ya pertenecen al Capitán América. Tampoco puede hacer gala de su brutalidad vikinga porque para bestias pardas ya tenemos a Hulk. La única baza que le queda es la del semidiós. Pero Whedon no puede dejar atrás el resto de matices del personaje que ha heredado, así que Thor se ve convertido en una mera veleta, adoptando una u otra característica según convenga a cada escena y sin llegar nunca a tener un rol establecido en el grupo.

Consciente de ello, Whedon se preocupa de darle todos los momentos badass posibles. Y vaya si lo consigue: el personaje ha tenido dos películas para él solo y esta es la única en la que se luce de verdad. Pero sabe a poco, sobre todo si tenemos en cuenta que es Thor quien debiera ejercer de núcleo emocional de la historia porque, en fin, el malo es su hermano. Ni con esas: la escena más puramente emocional de Thor en Los Vengadores es aquella en la que se ve incapaz de levantar su martillo… porque se ha hecho daño en la mano. Sinceramente, que el momento más humano de Thor se reduzca a una mano magullada, en una película en la que Tony Stark está dispuesto a dejarse la vida por los demás y Hulk salva desinteresadamente a alguien, no puede ser considerado otra cosa que un quiero y no puedo.

 Vengadores 10 - Chris Evans

Con el Capitán América, surge la impotencia creativa de las producciones Marvel: no puedes hacer lo que quieras (o necesites) porque dependes de la película del vecino

Tampoco lo tiene fácil Whedon con el Capitán América (Chris Evans, Snowpiercer) aunque por razones distintas. Esta vez no es una cuestión de herencia recibida. A diferencia de Thor, Capitán América: El primer vengador hizo los deberes con una aventura que definía a la perfección el rol del personaje en el universo marvelita. Es, a su manera, el alma del equipo. Líder por decreto, superhéroe primigenio, icono de férreos valores atrapado en un mundo que ya no cree en nada. El problema reside en que esa película iniciática era prácticamente un flashback, una carta de presentación con la que asentar los cimientos del personaje. La película terminaba con el Capi metido de lleno en su momento más decisivo: descubrir que poco queda ya de la América que conocía, la que era la esencia misma de su naturaleza heroica.

El único paso lógico que podía tomar el personaje a esas alturas era enfrentarse a un presente que le viene demasiado grande. Pero claro, ese tenía que ser el conflicto sobre el que iba a pivotar Capitán América: El Soldado de Invierno, así que Whedon no puede cargar mucho las tintas al respecto, no vaya a ser que el personaje se quede sin nada que hacer en su segunda aventura, y tiene que limitarse a plantar la semillita (el Capi descubriendo los planes ocultos de S.H.I.E.L.D.) para que otros la germinen. De nuevo, la impotencia creativa del universo cinematográfico Marvel: no puedes hacer lo que quieras (o necesites) porque dependes de la película del vecino. Whedon no tiene margen de maniobra con el personaje, porque el paso evolutivo que debe tomar el Capi llegados a ese punto es el que da sentido a su secuela. Así que la única solución posible es dejarlo flotando en una suerte de stand by y tratar de que no se note mucho.

Es momento de plantearse entonces que hubiera pasado si Los Vengadores se hubiese tomado algo más de tiempo en llegar. Tal vez convendría haber dado algo más de kilometraje a algunos personajes antes de lanzarlos al ruedo colectivo. Si la historia de Capitán América: El Soldado de Invierno hubiese acontecido antes de Los Vengadores, Whedon podría haber tenido cierta vía libre para explorar otras facetas del personaje y no tener que reducir al Capi a un simplón héroe inmaculado que da órdenes al resto. Aunque, las cosas como son, también es verdad que Whedon podía haber jugado un poco más con la única carta que le quedaba al personaje: la lucha por el liderazgo del equipo. Con todo, las esperanzas están puestas en Whedon para ver qué es capaz de hacer con el Capi en la secuela de Los Vengadores, libre ya de ataduras argumentales.

 Vengadores 8 - Scarlett Johanson

La Viuda Negra tiene la suerte de contar con la mano experta de Whedon a la hora de dignificar personajes femeninos y obtener así algo de chicha

Respecto a los miembros secundarios del grupo (o los que no han tenido películas individuales previas), no hay mucho que decir. Tanto Viuda Negra (Scarlett Johansson, Lucy) como Ojo de Halcón (Jeremy Renner, Matar al mensajero) habían aparecido con anterioridad en poco más que cameos con la vista puesta en (¿lo adivinan?) su incorporación a Los Vengadores. Mientras espera a que el estudio se digne a darle una película para ella sola, cosa que cada vez parece más improbable, Viuda Negra ha tenido, por lo menos, la suerte de contar con la mano experta de Whedon a la hora de dignificar personajes femeninos y obtener así algo de chicha. La Viuda protagoniza algunos de los mejores momentos de la película (ese primer encuentro con Bruce Banner, o su escena de presentación, un puro y gozoso Buffy que además sirve para anticipar su enfrentamiento posterior con Loki), pero por mucho que lo intente, cuando llega la hora de la verdad no puede hacer más que palidecer al lado de armaduras todopoderosas, gigantes verdes o martillos destructores. Y en lo que respecta a Ojo de Halcón… bueno, pasar media película zombificado no ayuda a que nos encariñemos con el personaje, por muchas alucinantes piruetas y flechas a ciegas que lance en la (conviene recordarlo una vez más: extraordinaria) batalla final.

Dejamos para el final a Loki por ser el perfecto ejemplo de la astucia de Whedon para reinventar viejos conocidos (cuando le dejan). Sabedor de que era difícil encontrar un villano a la altura del carisma y poder del equipo (y más teniendo en cuenta lo de siempre; que a Thanos te lo tienes que guardar hasta dentro de seis películas), opta por la opción más sabia: la desvirtuación. Whedon decide convertir a Loki en el secundario cómico, un villano histriónico y pusilánime que, pese a ser el motor la trama, sirve para poco más que ser el hazmerreír y saco de boxeo de nuestros héroes. Todo ello para regocijo de su intérprete, un entregadísimo Tom Hiddleston (Sólo los amantes sobreviven) que tiene aquí rienda suelta para desatarse, gesticular y adueñarse de casi todas las escenas en las que interviene, empezando por el enfrentamiento fraternal. Y gracias a este nuevo Loki reformulado por Whedon, otros podrán aprovecharlo en posteriores aventuras, porque… ¿qué sería de Thor: El mundo oscuro sin su presencia para dar algo de vidilla al cotarro?

Vengadores - Tom Hiddelston

La presión y las expectativas hacían imposible que algo como Los Vengadores pudiese llegar a funcionar

Por mucho que adaptar Los Vengadores a la gran pantalla fuese el sueño materializado de Joss Whedon, era un caramelo envenenado. Ya no se trata sólo de llevar a buen puerto el acontecimiento que es la única razón de ser de cuatro películas previas, sino de desarrollar una dinámica equitativa entre un puñado de personalidades, algunas de las cuales no están lo suficientemente desarrolladas, ni tienen el cariño del público (o, al menos, el cariño que tenían a la hora de unirse en el cómic). Whedon puede ser mucho Whedon, pero semejante presión y expectativas hacían imposible que algo así pudiese funcionar.

Y funciona. Whedon, ese hechicero del entretenimiento ligero, consigue que funcione. Logra que aunque Iron Man y Hulk se erijan en estrellas de la función, nunca terminen de eclipsar al resto. Que por mucho que Thor y Capitán América se vean limitados por el escaso margen de maniobra, acaben resultando piezas integrales del equipo. Que por poco que veamos de Viuda Negra y Ojo de Halcón, nos queden ganas de presenciar su reválida. Y ni dios (ni Kevin Feige) entiende cómo ha podido este tipo realizar semejante juego de malabares sin dejar caer las pelotas. Cualquier otro no hubiese salido ileso del trance. Pero también es verdad que no todos conocen la esencia de estos personajes como Whedon, ni comparten su amor incondicional por el universo marvelita. Ni, claro está, escriben como lo hace este señor.

Las cartas sobre la mesa: por mucho placer hedonista que pueda proporcionar la película, uno fantasea con la historia de Los Vengadores que podría haber llevado a cabo Whedon de contar con absoluta libertad, sin depender de herencias recibidas o injerencias creativas. Puede que la segunda parte de Los Vengadores sea la oportunidad para ello, aunque todo indica que películas de doscientos millones de dólares no son el terreno más propicio para tales experimentos (teniendo en cuenta el dineral que se van a embolsar sí o sí, bien podría Marvel intentarlo). Quién sabe, quizá algún día podamos leerlo en un cómic. A día de hoy, en su universo cinematográfico no es más que una quimera.

 Vengadores 7 - Scarlett Johanson, Robert Downy Jr., Mark Ruffalo, Chris Evans, Chris Hemsworth, Jeremy Renner

Ojalá Marvel decida jugársela a menudo, preocupándose más por honrar a sus iconos que buscando la forma de encajarlos en el Gran Esquema

Pero un hombre puede soñar. Y puestos a ello, que sea un sueño parecido al que dio a luz a la película Marvel más libre y personal. En otras palabras, la mejor. Iron Man 3 no se ve obligada a servir a propósitos mayores (se suponía el final de Downey Jr.), permitiéndose deconstruir al personaje y su mundo (cómo Marvel tuvo la osadía de dar luz verde a esa representación del Mandarín, némesis por autonomasia del héroe mecanizado, sigue resultando inaudito) y hacerle evolucionar de forma coherente. No contenta con eso, tiene encima la audacia de realizar la acrobacia final: integrar de forma orgánica la herencia recibida de Los Vengadores, convirtiendo a la película de Whedon en una transición absolutamente necesaria para Tony Stark (lástima que Thor o Capitán América no puedan decir lo mismo). Todo ello, claro, con la inconfundible rúbrica de su autor, un Shane Black al que llevábamos demasiado tiempo echando de menos.

Ojalá llegue un día en el que Marvel se pueda permitir más películas como Iron Man 3. Ojalá James Gunn logre hacer un Guardianes de la Galaxia sin depender de macroeventos cósmicos con fecha de estreno, o que autores como Edgar Wright tengan carta blanca para ofrecer su visión sin la losa del dichoso universo compartido. Ojalá Marvel decida jugársela a menudo, preocupándose más por honrar a sus iconos que buscando la forma de encajarlos en El Gran Esquema. Hasta que ese día llegue (spoiler: no tiene pinta de que vaya a ser pronto), tendremos que consolarnos con la mejor de las soluciones posibles: que sigan contando con tipos como Joss Whedon, capaces de hacer funcionar lo imposible.

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