Lucy, superinteligencia letal

Luc Besson vuelve dispuesto a encender la taquilla con una efectista, rápida y vibrante fusión de acción y ciencia-ficción

El gran éxito en la taquilla norteamericana de Lucy, aun en su condición de intrascendente (pero a su modo singular) blockbuster veraniego, habrá alegrado doblemente a Luc Besson: por un lado, le devuelve a la primera línea de la industria tras la escasa repercusión lograda por su crónica familiar-mafiosa Malavita, su acercamiento a la figura de Aung San Suu Kyi en The Lady y sus trabajos orientados al público infantil en el mercado francés (Arthur y los Minimoys). Pero además, Lucy supone algo así como un sucinto pero potente compendio de gran parte de los intereses temáticos y visuales de un cineasta que, pese a su probada versatilidad, ha dejado bien claras sus preferencias y puntos fuertes a lo largo de una larga carrera como director, productor y guionista: el poderío femenino en distintas vertientes (Juana de Arco, The Lady), aunque principalmente representado a través de implacables “máquinas de matar” (Nikita, Colombiana), el dominio de la acción (Transporter, Taxi) contextualizada en un mundo de conexiones y peligros globales (Venganza), el interés por la ciencia-ficción amante de excesos y excentricidades (El Quinto elemento), sin desdeñar un componente humano y afectivo que tuvo en la recordada León, El Profesional su más celebrado exponente.

LUCY

La ambiciosa premisa de Lucy es un campo abonado a la imaginación ci-fi: la posibilidad de que una sustancia aumente la capacidad cerebral hasta límites insospechados, y sus efectos sobre una joven estudiante americana en Taipei que se verá envuelta brusca e involuntariamente en una trama de tráfico de drogas que la pretende utilizar como transporte del producto, hasta que la bolsa se abra en el interior de su organismo… Lucy pasa así de ser una extranjera tirando a choni en tierras taiwanesas a una temible superinteligencia física y mental, el cambio más radical e irónico que en estos tiempos se pueda imaginar (primer minipunto para Besson) y una oportunidad de lujo para disfrutar en pantalla a una Johansson on fire, que vuelve (en circunstancias muy diferentes) a los hoteles de lujo asiáticos que nos la descubrieron en Lost in Translation y aprovecha en cierta forma los registros interpretativos explorados en sus recientes Under the Skin (gelidez extrasterrestre) y Her .

El director dispone un comienzo acelerado, generoso en efectistas triquiñuelas formales para despertar rápidamente la expectación del espectador (montajes de imágenes sobre la evolución y deriva contemporánea del ser humano o sobre lo que está a punto de suceder a la protagonista, a modo de “símiles” más bien facilones), en el que no acaban de fundirse satisfactoriamente las dos dimensiones narrativas de la película: la pura y desacomplejada película de acción, aparatosa y adrenalítica, encarnada en la lucha de la protagonista contra Mr.Jang (Min-Sik Old Boy Choi en su primera película fuera de las fronteras surcoreanas) , culpable de su desgracia, y la explicación biológica-metafísica, igual de aparatosa pero lógicamente menos adrenalítica, que se encauza al principio a través de una conferencia algo cargante del Profesor Norman (Morgan Freeman) y alcanza su clímax con el encuentro de los dos personajes, un astuto juego de contrastes (el vigor y hieratismo de la heroína, la serenidad y afecto del profesor), no exento de ternura.

Lucy

A partir de la reacción producida por la droga en el interior de Lucy, el filme se configura esencialmente como un crescendo dramático paralelo al aumento de capacidad cerebral de la protagonista y a la espectacularidad de sus virguerías con la mente (todo tipo de visiones de la composición del mundo y el interior de los seres vivos, sensaciones y recuerdos, habilidades telequinéticas) y el cuerpo (Lucy es capaz de cualquier cosa: paralizar, aniquilar, resistir el dolor…). La aparición en pantalla de los porcentajes de capacidad cerebral alcanzados crean una ilusión de tensión y emoción que se corresponde progresivamente con la tensión y emoción del relato, hasta una catarsis final gozosamente delirante. Besson procura apurar al máximo el ritmo del relato para no dejar un momento de respiro al espectador y cumplir la máxima de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” (90 aprovechadísimos minutos).

En el metraje abundan demenciales o virtuosas escenas de tiroteos y persecuciones (esa demostración de la impronta de la salga Taxi en el centro de París, esa tropa de asesinos elevada y neutralizada en el techo), simpáticos golpes de humor a costa del propio planteamiento de la película, curiosos arrebatos de sentimentalismo extemporáneo (una llamada familiar en plena operación quirúrgica) o reflexiones pseudotrascentales sobre el ser, la mente y el tiempo, sin duda mucho menos sustanciales de lo que su letra sugiere, pero que dejan en todo caso algún apunte interesante (la pérdida de humanidad y sentimientos a medida que se incrementa la capacidad cerebral sugiere la connatural y deseable imperfección del ser humano) y cristalizan en un impagable y velocísimo viaje atrás en el tiempo desde el epicentro actual de Times Square, hasta el mismo origen de la vida y la Tierra, con un poder de seducción e hipnosis instantánea que para sí quisieran los 30 minutos iniciales del Árbol de la vida.

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La clave de que Lucy acabe funcionando tan bien y se erija en uno de los más efectivos pasatiempos del verano reside, más allá de su concisa duración, en su espontánea mezcla de lo pretencioso con lo despreocupadamente efímero, su alma doble de serie A americana (lo que implica por supuesto un notable despliegue de efectos especiales) y serie B europea, capaz de abordar temas importantes sin tomárselos a risa pero plenamente consciente de la naturaleza lúdica de un producto de este tipo , diseñado para agotarse en sí mismo y en sus siempre bienvenidos 90 minutos de placer epidérmico. Besson sabe darle la vuelta a las reticencias iniciales y lograr que a mayor locura, absurdo y megalomanía, más luzca y atrape su compacto actioner veraniego.

Lejos de la molesta gravedad de la marca Nolan, la radiante Lucy, perfecto ejemplo del potencial no siempre bien explotado de las coproducciones (aprovechar las sinergias de dos industrias diferentes) quizá no aumente nuestra capacidad cerebral, pero sí eleva, y mucho, en pleno sopor estival, los índices de adrenalina, diversión y voracidad visual de nuestro organismo. Bien hecho, Luc.

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