Mad Max: Furia en la carretera, el relevo del antihéroe

De cómo el blockbuster de George Miller resucita la franquicia y proporciona un cierre satisfactorio para su protagonista

No creo estar tirando de hipérbole barata cuando me lanzo a afirmar que Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, 2015) ha acabado convertida, contra todo pronóstico, en la rara avis cinematográfica del pasado año. Uno de esos ovnis que, como diría el snob de turno, “trascienden el género” (en fin…). Desde luego, dudo que alguien pudiera vaticinar que la tardía entrega de una saga nacida al calor del explotation australiano fuera a acabar hermanando al espectador ávido de set-pieces hiperquinéticas con la crítica más sibarita, propiciar interminables análisis de su parábola feminista o hacernos soñar con un futuro “brillante y cromado” para el blockbuster de acción (aunque desde aquí aconsejamos no hacerse demasiadas ilusiones al respecto). Por no hablar del más imposible todavía, teniendo en cuenta los tiempos en los que nos ha tocado vivir: el haber resucitado una franquicia extinta hace ya tres décadas sin necesidad de recurrir a simulacros nostálgicos de mercadillo.

Pero si algo deja asombrado al que esto escribe es la habilidad que ha demostrado una saga tan mutante como Mad Max para no perder nunca su coherencia interna. George Miller ha sido capaz de conducir a su protagonista por territorios tan antagónicos como el cine de venganza y la aventura juvenil de tintes spielbergianos (alucinante cómo determinados momentos de Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno parecen presagiar a la mismísima Hook) hasta una última entrega que no sólo vuelve a adentrarse en el conflicto que siempre ha sobrevolado al personaje de Max, sino que además funciona como cierre perfecto para una franquicia que, gracias a su naturaleza episódica, podría prolongarse hasta el infinito.

Mad Max 1 (Mel Gibson)

Max es un personaje tan mutante como las propias películas que protagoniza

Con todos sus volantazos de tono, e incluso de género, la franquicia Mad Max se las ha arreglado para mantener intacta su esencia. Ya desde su aventura iniciática, la saga ha funcionado como una reinterpretación en clave pulp-futurista de los códigos del western, con especial hincapié en una de sus figuras emblemáticas: el pistolero lacónico y amoral, el antihéroe sin identidad que vaga por una tierra de nadie buscándose la vida y arreglando la de otros por el camino, casi siempre movido más por interés que por altruismo. Uno de esos personajes comodín que sirven para protagonizar mil y una historias sin la necesidad de la más mínima evolución.

Pero a diferencia de otro icono similar como es el Hombre Sin Nombre interpretado por Clint Eastwood en la Trilogía del Dólar de Leone, Max ha encarnado múltiples facetas en su devenir. Ha sido anodino padre de familia, vengador inmisericorde, mercenario buscavidas, mesías por accidente, leyenda compartida al calor de una hoguera y hasta secundario cómico. Es un personaje tan cambiante como las propias películas que protagoniza. Poco tiene que ver la cáscara humana que se echa a la carretera al final de Mad Max: Salvajes de autopista (Mad Max, 1979) con el vagabundo que se juega la vida por un puñado de niños en la tercera entrega, como tampoco guarda demasiadas similitudes el forajido indiferente de Mad Max 2: El guerrero de la carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981) con el demente atormentado por los remordimientos de Mad Max: Furia en la carretera. Y pese a estas constantes mutaciones, Max nunca ha dejado de ser Max. Precisamente porque es algo más (o menos, según se mire) que un personaje: es un arquetipo, tan eterno como maleable.

Por eso tampoco debería importar demasiado que Max tenga en Mad Max: Furia en la carretera el rostro pétreo de Tom Hardy, aunque algunos (como Mike D’Angelo en A.V. Club) aleguen que la presencia de un Mel Gibson envejecido hubiera aportado un valor adicional a la película. La saga siempre ha sido propensa a este juego de máscaras, en el que un actor (Hugh Keays-Byrne) puede encarnar a los dos mejores villanos de la saga (el Toecutter de la primera entrega y el Inmortan Joe de la última) y que permite a Bruce Spence interpretar al mismo personaje con distinto nombre en Mad Max 2: El guerrero de la carretera y Mad Max 3: Más allá de la cúpula del trueno (Mad Max Beyond Thunderdome, 1985). Decisiones que, más que simples guiños al fan, sirven como declaración de intenciones por parte de Miller. En un universo que bebe tantísimo del puro mito, las apariencias son lo de menos, siempre y cuando se respete la esencia inmutable de sus arquetipos.

Mad Max 3 (Mel Gibson)

Pese a sus cualidades heroicas, Max nunca ha querido ser un héroe, porque sabe que el fondo no tiene madera para ello

Max nunca ha sido un protagonista al uso. Ya en Mad Max: Salvajes de autopista, el personaje pasa media película ejerciendo casi de comparsa del que parece el verdadero héroe (o que al menos lo sería en una película más convencional): su compañero Goose (Steve Bisley). Si Max acaba convertido en líder de la función es en contra de su voluntad y a causa de un capricho del destino. Una decisión arriesgada que ya deja claro que Miller siempre ha sabido a lo que estaba jugando: a subvertir la noción clásica del héroe.

La gente ya no cree en los héroes. (…) Tú y yo, Max, vamos a devolverles a sus héroes“. Con estas palabras trata el jefe de policía de retener a su mejor agente cuando este decide abandonar el cuerpo en la primera entrega de la saga. El rechazo de nuestro hombre es tan contundente como sus razones: sabe que lo único que le diferencia de los chiflados que siembran el caos en la carretera es su placa de bronce. Pese a sus cualidades heroicas, Max nunca ha querido ser un héroe, porque sabe que en el fondo no tiene madera para ello. Y sin embargo, no puede evitar ejercer como tal cuando la situación lo requiere.

En un futuro moribundo en el que la moralidad es un lujo, Max es el elemento catalizador de una serie de conflictos en los que se ve envuelto de forma fortuita. Esa siempre ha sido la fórmula de las secuelas: el protagonista pasa por allí y acaba inmiscuido en un entuerto que se ve obligado a resolver porque, en fin, no hay nadie más que pueda hacerlo. No importa lo mucho que se resista a ello; al final siempre se ve empujado a ejercer de héroe, el único que ese universo tan falto de esperanza puede permitirse. Una vez resuelto el problema, Max regresa al lugar al que pertenece: la soledad del erial, lejos de los problemas ajenos. Este es también el patrón que a priori rige Mad Max: Furia en la carretera, con la salvedad de la aparición de un elemento absolutamente inusual para la franquicia. Hablamos, por supuesto, de Furiosa (Charlize Theron).

Mad Max: Furia en la carretera (Charlize Theron)

La Emperatriz Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera es, a diferencia de Max, el signo de que algo está cambiando en esa tierra baldía

Mad Max: Furia en la carretera es la culminación de la fascinación de Miller por la figura del héroe en un mundo que ya no sabe lo que esto significa. No es una decisión caprichosa que la historia esté ambientada en una sociedad tan sumida en la desesperación que adora a un déspota con el pecho engalanado de medallas, y en la que la única heroicidad posible consiste en sacrificarse alegremente entre gritos kamikazes. El universo de Mad Max ha llegado a un punto en el que la noción del heroísmo ha sido tan desvirtuada que la aparición de un antihéroe como Max no es suficiente para cambiar las cosas. Es necesario el nacimiento de un verdadero héroe o, en este caso, heroína.

En una película que se refiere a la esperanza como si no fuera más que una solución pragmática (no se trata de fantasear con un ideal, sino de reparar lo que está roto), Furiosa es algo más que el primer personaje de la franquicia capaz de luchar codo a codo con Max. La Emperatriz es un signo de que algo está cambiando en esa tierra baldía. Por vez primera en toda la saga, somos testigos de la aparición de una figura capaz de estar a la altura de las circunstancias y que no sale corriendo una vez arreglado el follón. A diferencia de Max, no es un simple parche para solventar un conflicto puntual. Furiosa es un símbolo de esperanza para un mundo que tal vez ahora pueda empezar a resurgir de sus cenizas.

Así, cuando Furiosa logra ascender al trono que se ha ganado a fuerza de desafiar lo establecido, Max puede librarse de la carga que ha venido arrastrando durante toda la franquicia y de la que nunca ha podido librarse: la responsabilidad de ser el héroe de unos conflictos que nunca fueron con él. Por fin ha surgido alguien que puede eximirle de sus funciones. Es un relevo en toda regla, escenificado en el momento en el que Max dona su sangre a Furiosa mientras confiesa aquello que nadie más conoce: su nombre.

Mad Max: Furia en la carretera (Tom Hardy)

Mad Max: Furia en la carretera es el cierre más coherente posible para el arquetipo de Max

Cuando comienzan a aparecer los créditos finales de Mad Max: Furia en la carretera, el círculo se ha cerrado. Max ha acabado obedeciendo a la súplica de su antiguo jefe de policía. Gracias a él, el mundo ha recuperado a sus héroes, y Miller y sus co-guionistas han logrado lo que parecía imposible: dar un cierre coherente a un arquetipo que ha ido mutando a lo largo de cuatro películas que poco tienen que ver las unas con las otras.

A saber qué conejos puede Miller sacarse de la chistera en un futuro (si algo nos ha enseñado esta película es a confiar a ciegas en este bendito tarado), pero hoy por hoy, resulta imposible concebir mejor final para la franquicia que Mad Max: Furia en la carretera. Ya, ya, sé que todos babeamos por una nueva ración de guitarras llameantes y coches explotando en el cielo, pero toca ser comprensivos. Nuestro Max ha hecho mucho más de lo que se esperaba de él. Concedámosle el descanso del guerrero que tanto tiempo lleva buscando. Y cuando el mundo se vaya definitivamente a la mierda, siempre podremos sentarnos alrededor de una hoguera y recordar la gesta de aquel fantasma que nunca quiso hacer de héroe, pero que nos enseñó en que consistía ser uno.

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