Mad Men (AMC): el sofisticado arte de la hipocresía

Matthew Weiner pone fin a la serie que, con la ayuda de Jon Hamm, le ha alzado como uno de los grandes showrunners norteamericanos

Hay eventos que se elevan por encima de sus propias limitaciones trascienden el medio para el que fueron concebidos y alcanzan la categoría de leyenda. Ha ocurrido en la pintura, en la arquitectura, en la música, en la literatura, en el cine, y últimamente se está convirtiendo en rutina el ser testigos de cómo las ficciones televisivas derrumban las barreras de la pequeña pantalla y son capaces de enarbolar unos cánones de calidad que hacen palidecer a sus hermanos mayores del séptimo arte. Mad Men ha sido, desde el 19 de julio de 2007 -fecha de su estreno en la cadena por cable estadounidense AMC-, uno de esos títulos afortunados capaces de llamar al Olimpo de las obras de arte. No son sólo los quince premios Emmy cosechados durante sus 7 temporadas. Tampoco es por los cuatro Globos de Oro ganados por méritos propios. Poco importa que relevantes publicaciones internacionales la consideren una de las 10 mejores series de todos los tiempos. Lo que realmente te hace perdurar más allá de títulos honoríficos y reconocimientos excelsos, es la capacidad para instalarte en ese segmento de la historia reservado para la cultura; y amigos, si aún no lo sabíais, Mad Men es cultura popular viva.

Jon Hamm Mad Men Cinéfagos

Mad Men cuentacon demasiadas implicaciones como para considerarla sencilla o fácil de digerir

Porque al igual que numerosas películas y ficciones televisivas que han visto como sus elementos iban más allá de sus propios universos para adherirse a las costumbres y usos de la sociedad, nos encontramos ante una serie que ha marcado una época en la pequeña pantalla y que ha contagiado con sus vicisitudes a millones de personas de manera consciente o inconsciente. Porque no sólo sus seguidores se han visto arrastrados por la corriente cultural derivada de estas irrepetibles siete temporadas. La moda se vio sacudida por el estilismo de una serie que recuperó los usos y modos de una época considerada anacrónica y devolvió el gusto por los 60 y todo lo retro. La literatura necesitó indagar en los conflictos y mecanismos de una serie que estaba en boca de mucha gente, lo que llevo a la publicación de varios títulos que intentan desentrañar la magia del universo de Mad Men. E incluso inconscientemente el hombre de a pie se vio arrastrado a esa corriente magnética derivada de unos personajes ambiguos que sucumbían a sus vicios, e incorporó a su vocabulario términos olvidados como ese ya mítico old fashioned, coctel quintaesencia de la sofisticación y el buen gusto. Cuando todo eso ocurre, no es por casualidad, es porque detrás existe algo grande de verdad.

Si no lo sabíais, yo os lo digo. Mad Men es grande, inmensa, descomunal y con demasiadas implicaciones como para considerarla sencilla o fácil de digerir. La ficción nació de la mano y cerebro de Matthew Weiner que ya en 1999 comenzó a mascar la idea de algo llamado Mad Men, una futura serie de televisión que se centraría en las idas y venidas de una agencia de publicidad metida de lleno en la convulsa década de los 60. Con un título que surgía, según se explicaba en el episodio piloto, del argot de la época, y que hacía referencia a la manera en la que los publicistas se referían a sí mismos, el proyecto fue abandonado por Weiner durante años debido a su trabajo como guionista en la serie Becker, y a que un tal David Chase le encargó que escribiera varios guiones para las dos últimas temporadas de una de esas SERIES obligadas para cualquier espectador: Los Soprano. Con ese bagaje a cuestas, en el años 2007 Weiner encontró quien comprara la idea que había vislumbrado años atrás y AMC estrenó lo que a la postre sería el inicio de 7 temporadas de éxito indiscutible e inapelable.

Mad Men Season 1 Cinéfagos

Mad Men está centrada entrada en la figura de ese carismático y abominable personaje que es el ya legendario Donald Draper encarnado por un descomunal e irrepetible Jon Hamm

Un éxito que no nace de la nada, sino que lo hace de las profundidades oscuras y decadentes de un libreto capaz de ofrecer una radiografía exhaustiva y brutal de toda una sociedad y una época. Enmarcada en los 60, la serie ahonda con precisión milimétrica en los conflictos generacionales de una nación, a la vez que consigue establecer un retrato perfectamente definido de cada uno de sus personajes. Mad Men es un compendio único de cómo desarrollar una historia; un decálogo sobre como elaborar un guión redondo capaz de describir cada escena con la precisión quirúrgica de un talento innegable. Centrada en la figura de ese carismático y abominable personaje que es el ya legendario Donald Draper encarnado por un descomunal e irrepetible Jon Hamm, la serie consigue hacernos sentir en nuestras carnes las vidas de cada uno de los muchos personajes secundarios que desfilan por cada uno de sus 92 episodios. Una galería de seres demasiado humanos, santos y malditos, ángeles y diablos; que viven siempre al borde de ese complicado filo moral que marca nuestra sociedad y sobre el que se mueven con el mal arte del funambulista que da más pasos en falso que sobre seguro. Porque la vida son errores, volver a levantarse, y volver a errar. Nada en esta serie está hecho para agradar al espectador. Hay amargura, sufrimiento, decadencia y angustia. Hay mentiras, vicios y pocas virtudes. Todo transpira la decadencia latente de una sociedad sepultada por su falsa moral plagada de la hipócrita necedad de la apariencia. Un mundo en el que nada es lo que parece hasta que aparecen los monstruos internos de la nada.

Mad Men es cruel, plagada de aristas que hieren y es 100% necesaria. Porque por si fuera poco, la serie no solo se ha nutrido de la tortura emocional más profunda de sus personajes, sino que también lo ha hecho de los sueños, las esperanzas y los defectos de una época convulsa en la historia de los Estados Unidos. Weiner no se ha escondido, y ha abordado los conflictos más sangrantes de aquella década que sacudió los cimientos de la sociedad norteamericana, los derrumbó y los levantó de sus cenizas. Sexismo, racismo, alcoholismo y otros “ismos” marginales han tenido su reflejo en la ficción, siempre con las miras bien ajustadas para entretejer una maraña que jugara a dos bandas entre la particularidad de sus personajes y la generalidad de su época. Arte, música y cine han sido referenciados y reverenciados por una serie capaz de aglutinar un infinito bagaje de elementos perfectamente justificados y ubicados.

Mad Men ha apsotado por una propuesta visual que evocaba al cine de un tristemente desaparecido Mike Nichols

Magia evocadora y desgarradora en cada plano, elaborados por una nómina de directores que han sabido controlar ese complicado universo sin que se les fuera de las manos, y con un respeto sublime por el estilo impuesto por la propia serie. Una propuesta visual que evocaba al cine de un tristemente desaparecido Mike Nichols (al que se rindió homenaje tras su triste fallecimiento), y que como aquel, cimentaba su contundencia narrativa en el desarrollo de los roles. Para ello, nada mejor que una nómina de actores capaces de agotar todo tipo de adjetivos. En primer lugar, el ya mencionado Jon Hamm como figura todopoderosa capaz de controlar todo el relato desde su trono. Una interpretación fuera de todo elogio que sólo gana con el paso de los episodios, y que consume al intérprete de una manera enloquecedora. Su Don Draper es un asteroide descontrolado que deja a su paso una estela de destrucción de una belleza maravillosa cuando adquiere el rostro de las féminas que le acompañan, o de una dureza brutal cuando se ve a través de la angustiosa mirada de los hombre que combaten en testosterona y rabia contra el protagonista. Desde la desgarradora belleza de January Jones, la sorprendente evolución de Elisabeth Moss o la voluptuosidad hipnótica de Christina Hendricks, a la desconcertante locura del sublime John Slattery, la irritante presencia de Vincent Katheiser o la enigmática imagen de Robert Morse, cada uno de los rostros que se han paseado por la serie, han tenido su momento de gloria y se han visto justificados y arrastrados por la brutal fuerza de un todo que les ha elevado a la categoría de leyendas.

La televisión no fue igual después de Bonanza. David Lynch hizo inolvidable su Twin Peaks, demostrando que los límites pocas veces existen si uno se lo propone. Las series evolucionaron de manera descontrolada tras Los Soprano. Perdidos transmutó las normas de las ficciones comerciales. Breaking Bad nos convenció de que la perfección era posible. Y nada volvió a ser igual después de todas ellas. Con Mad Men ya finalizado, puedo garantizar y asegurar que algo ha cambiado, y que lo que ha ocurrido desde aquel primer episodio hasta el recientemente estrenado último capítulo es único y soberbio. Y si aún no lo has experimentado… te envidio.

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