Por qué Moonlight tendría que ganar el Oscar

Pocas películas han logrado llegar con tanta emoción a los sentimientos más intimos de un personaje inolvidable

Hay autores consagrados a los que siempre se presume una plaza en los Oscar, aunque, en ocasiones, cuando los resultados no son los esperados (le ha pasado este año a Scorsese con la decepcionante Silencio), uno se percata de que nada puede darse por sentado en esa complicada prueba que es la carrera hacia el Oscar. Y luego hay otros autores, que nadie recordaba o ponía en en el mapa, que de repente se ganan con derecho propio, no ya las candidaturas a los premios de la Academia, sino el respeto y la admiración de la industria y el mundo cinéfilo. Le ha pasado este año a Barry Jenkins, un joven director afroamericano cuyo debut hace ya casi 10 años, Medicine for melancholy, inédito en España, sorprendió a la crítica americana con una especie de reformulación, en clave afro y en San Francisco, de Antes del amanecer. 

En 2016, su nueva obra, Moonlightha logrado 8 importantísimas nominaciones a los Oscar y ha sido objeto de rimbombantes sentencias críticas que, sin embargo, han tendido a buscar siempre referencias externas para una película que merece reivindicarse por su indudable singularidad: “La versión afroamericana (o mejorada) de Boyhood”, “la película gay del año·”, etc. Y, en efecto, como hiciera Linklater (aunque  esta vez sin la necesidad de esperar 10 años para acompasar el crecimiento real al cinematográfico), Jenkins se aproxima a su protagonista, Chiron, en tres momentos diferentes (infancia, adolescencia y juventud adulta) para que podamos ser espectadores privilegiados de su evolución. Y, desde luego, esta es una historia marcada por la condición sexual de su personaje principal, que él vivirá de forma traumática debido a la violencia de un entorno intolerante e implacable. Pero la película es mucho más. Habrá quizá quien diga que incluso demasiado.

A Jenkins puede reprochársele incurrir en alguna inercia o estereotipo narrativo, pero hay tanta verdad y sensación de realidad que uno difícilmente puede acusarle de fatalismo o deshonestidad

Porque Moonlight hace un retrato, crudo pero, ante todo, humanísimo, de un lugar y un momento (la zona marginal de Miami en los años 80), donde conviven la delincuencia, la droga, el acoso escolar, las familias desestructuradas, la homofobia  y un trágico etcétera. A Jenkins puede reprochársele incurrir en alguna inercia o estereotipo narrativo a la hora de acercarse a estas delicadas materias, pero hay tanta verdad y sensación de realidad que uno difícilmente puede acusarle de fatalismo o deshonestidad.

Para llegar a esa verdad, el director se vale en primer lugar de un puñado de intérpretes en estado de gracia. El Oscar al Mejor Actor Secundario se lo llevará con, casi completa seguridad, un Mahershala Ali (al que también hemos visto en Figuras Ocultas) que interpreta con desarmante humanidad a un traficante de drogas tan imponente en su negocio como comprensivo y cariñoso con el protagonista, para el que representa lo más parecido a un padre en su turbulenta infancia. Y, aunque no lo logre, Naomie Harris  también sería una más que justa ganadora del Oscar a la Mejor Actriz Secundaria con su valiente, intensísima, encarnación de una madre atrapada por la drogadicción. Y cómo no destacar a los tres intérpretes de Chriron (el niño Alex Hibbert, el joven Ashton Sanders y el talentosísimo Trevante Rhodes, una gran revelación), que logran reflejar toda la vulnerabilidad, dolor y rabia con el destino de un chico al que el mundo y el afecto no dejan de dar la espalda.

Su inolvidable tercer acto genera en el espectador una estremecedora corriente de identificación, empatía e inesperada incomodidad, por su intimidad y autenticidad

Pero también influye el notable estilo en la dirección de Jenkins, no tanto por sus excesivos y enfáticos movimientos puntuales de cámara, sino por la belleza y sutileza (quizá algo menos de pudor habría sido, eso sí, deseable), con las que planifica las escenas decisivas, en su mayor parte bañadas por la luz de la luna y trocados por el amor, del discurrir existencial de Chiron. Y, sobre todo, por un tercer acto que se acaba configurando casi como una pieza a cámara entre dos personajes, donde cristalizan y florecen todos los sentimientos, tensiones (sexuales, emocionales) y miedos del protagonista, hasta generar en el espectador una estremecedora corriente de identificación, empatía e inesperada incomodidad: asistir a vivencias y testimonios tan íntimos (y reconocibles) no es algo común en el cine moderno. ¿Y hay algo más grande y bonito que eso?

 

 

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