Nacida para ganar, los límites de la ocurrencia

El director Vicente Villanueva recurre a un ambicioso guión y a una sorprendente Victoria Abril para exaltar la autenticidad y el orgullo de barrio, pero acaba quedándose a medio camino de todo.

Fallida comedia negra que pretende hacer diagnósticos sociales por pura acumulación

5 Probabilidad de carcajada
7 Alexandra Jiménez
8 Victoria Abril haciendo de Victoria Abril
5 Subtramas
4 Intenciones vs Resultados
5.8

El título original de Nacida para ganar era uno bien distinto en sus comienzos: Móstoles no es lo que parece, o La importancia de llamarse Encarna. Dada su kilométrica naturaleza, las razones por las que éste fue modificado según la producción del segundo largometraje de Vicente Villanueva se consolidaba no son difíciles de discernir; sí lo es algo más, en cambio, saber por qué el título final fue uno tan ramplón y ambiguo como Nacida para ganar. Son estos límites, entre lo que se quiso hacer y lo que no se pudo y acabó deformándose, aquéllos que circundan de manera constante la película protagonizada por Alexandra Jiménez.

El guión de Nacida para ganar, que ha escrito el mismo Villanueva –como ha hecho en todo momento durante su carrera, despuntada en torno a su exitoso corto El futuro está en el porno y la película Lo contrario al amor protagonizada por Hugo Silva, cuya sinopsis bien podría pertenecer a la de cualquier ejemplo del mencionado género cinematográfico– va desde un principio, y siendo claros, a por todas. El contexto localista al que podría abocarnos automáticamente el título descartado no debe engañarnos: Villanueva es valenciano, y si ha escogido Móstoles como ciudad en la que emplazar la acción de su filme se debe antes a un meditado cálculo de las connotaciones sociales y psicológicas que a una posible cuestión emocional. Encarna, interpretada de modo admirable y honesto por Alexandra Jiménez –como ya es costumbre en esta hiperactiva actriz, por otra parte– es un personaje definido exclusivamente por el lugar en el que vive, al igual que ocurre con su amiga de la infancia María Dolores (Cristina Castaño), choni politoxicómana reconvertida en mujer de negocios que ha visto mundo y creído descubrir el secreto del éxito inmediato.

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El guión escrito por Vicente Villanueva va desde un principio, y siendo claros, a por todas

Estos dos personajes, cuyo fortuito reencuentro supone el desencadenante de la trama de Nacida para ganar, se hallan en conflicto con estas mismas raíces que tan fatalmente las definen: una, Encarna, por verse cada vez más asfixiada por ellas –la coincidencia de su nombre y procedencia con el clásico sketch de Martes y trece, su parentesco con las Supremas de Móstoles–, y otra, María Dolores, por pensar erróneamente que ha conseguido evadirse gracias a una estafa de escala internacional –en cuyos entresijos Villanueva, acertadamente, apenas profundiza– de la que aún no ha visto un duro, pero en la que quiere involucrar a Encarna. El camino a la aceptación de su identidad, o a la final autodestrucción, es la excusa de la que el cineasta se vale para desarrollar un guión que se precia de cínico y demoledor, y que en aras de su impacto se parapeta en un nutrido plantel de personajes secundarios que subrayen o fuercen uno u otro rasgo de las protagonistas, como el desarrollado por una exultante Victoria Abril interpretándose a sí misma. Jugando con la percepción colectiva que se tiene de ella, la actriz de Amantes da aquí un recital autoparódico muy similar al realizado por Raphael en Mi gran noche –filme con el que Nacida para ganar comparte numerosas características, y no sólo en lo tocante a sus finalmente fallidas ambiciones– e igual de hilarante que éste, adueñándose sin problema de las escenas más divertidas de la película.

Cuando Victoria Abril no está en pantalla, sin embargo, Nacida para ganar pierde sensiblemente su impacto, por mucho que el resto de actrices se esfuercen en sacar adelante un libreto tan meditado como ambicioso en exceso. Claro está, Villanueva no tiene un pelo de tonto y sabe adónde pretende llegar en todo momento con su tratado de reafirmación personal en tiempos de crisis, sabiendo inyectarle una gran dignidad tanto al personaje central de Encarna como a los mostoleños que la rodean, y caricaturizando con saña proletaria a los pérfidos empresarios que quieren atraer a la protagonista a sus círculos de falsedad y oropel. Como resultado de esta buscadísima dualidad, Nacida para ganar cae esporádicamente en el esperpento más castizo y más propio de, volvemos a él, Álex de la Iglesia, no limitándose su mirada supuestamente incisiva a la relevancia de Victoria Abril sino extendiéndose a la misma Cristina Castaño –que, no olvidemos, ya ha sido parcialmente asimilada por este colectivo–, al personaje de Marta Belenguer, o a un estelar Antonio Hidalgo (¿se acordará alguien de él que no sean nuestras abuelas?) interpretándose también a sí mismo, acaso sin comprender del todo a qué está jugando.

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Cuando Victoria Abril no está en pantalla, la película pierde sensiblemente su impacto

Nacida para ganar es, por tanto, un alegato a la sencillez que supuestamente ha de representar Móstoles sazonado con vanas ínfulas de complejidad, realizado por un cineasta con talento –no hay más que ver escenas como la del casino o el clímax final para comprobarlo–, pero con tendencia a abarcar demasiado y a apretar poco. De entre las numerosas subtramas que pueblan el filme y acaban tanto asfixiándolo como haciéndolo mucho menos divertido de lo que pretenden, destaca paradigmáticamente la de la relación amorosa que mantiene Encarna con un anciano profesor de Historia, no tanto por lo entrañable de ésta –la humanidad que transmiten tanto Jiménez como José Manuel Cervino es incontestable–, como por su, también buscadísimo, juego metacinematográfico.

Y es que resulta que ambos, en base a varios manuales académicos y conceptos como plot points, se encuentran redactando el guión de una película histórica de dudosa proyección comercial cuyo título es considerablemente extenso y cuenta con la interjección “o” en él. Exacto, como Móstoles no es lo que parece, o La importancia de llamarse Encarna. Una referencia jocosa que acabó perdiendo su sentido cuando los productores decidieron cambiar el título del filme de Villanueva por el de Nacida para ganar. Mucho más atractivo, con mayor potencial en taquilla, carente de ínfulas, y rebosante de una sencillez que no era precisamente la que buscaba Villanueva, ni tampoco la que pretendía homenajear en el filme y a la que tan mal, finalmente, supo comprender.

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