#NoOscarFest: ‘American Honey’ de Andrea Arnold

Andrea Arnold reubica la historia de Peter Pan en una road movie americana que radiografía el proceso de madurez en un país eternamente joven lleno de familias desestructuradas y del despolitizado discurso del capitalismo más agresivo

¿Qué edades tenían Peter Pan y Wendy Darling? Nunca fueron especificadas, siguen siendo un misterio. El escritor escocés James M. Barrie sólo destacó lo que de verdad importaba: su condición de jóvenes, acaso niños. Al fin y al cabo, la juventud y la madurez son fases vitales y la atemporalidad de los temas, enseñanzas y personajes del auto teatral original han influenciado un sinfín de obras posteriores. No debiera extrañar, por tanto, que bajo los miles de kilómetros de carretera estadounidense, las drogas, los tatuajes, el trap y los hits de Rihanna que dan vida a la nueva obra de Andrea Arnold se encuentre el esqueleto de Peter Pan.

La particular Wendy de la directora británica toma el nombre de Star (Sasha Lane), quien a sus dieciocho años decide huir de sus responsabilidades maternas para con sus sobrinos y abrazar una juventud prematuramente segada siguiendo, para ello, la estela de Jake (Shia LaBeouf) y su grupo vendedores ambulantes. El personaje de Jake destaca desde el primer momento entre sus compañeros: su aspecto físico y su vestimenta mucho más formal le sitúan a primera vista como el más mayor del grupo y la seriedad y profesionalidad con las que se toma su trabajo le colocan como el macho alfa de la manada. Sin embargo, descubriremos que lo que contradictóriamente le define es un infantilismo indómito y salvaje. Jake es Peter Pan y junto a él se encuentra la versión menos amable de Campanilla, de nombre Krystal, vanidosa, celosa, manipuladora y líder de facto del grupo.

A pesar de sus constantes tensiones con esta última por las relaciones que mantienen ambas con Jake (algo que también sucede entre las Wendy y Campanilla originales) Star es abrazada rápidamente por sus nuevos compañeros junto a los que iniciará un viaje anárquico y catárquico. La rutina de estos niños perdidos es puro presente tanto en términos económicos, viviendo al día con lo que sacan como vendedores de revistas, como en términos espirituales, viviendo un tensionado carpe diem de fiestas, drogas y violencia. El ojo crítico de Andrea Arnold vuelve a posarse, tal y como hiciera en Fish Tank (2009), sobre una de las principales víctimas del sistema: aquellos niños perdidos fruto de la desestructuración familiar, llena de desencanto e inestabilidad. Sin embargo, en American Honey va un paso más allá y a estos niños perdidos del sistema los define, al mismo tiempo, como hijos del mismo: son los vástagos del capitalismo más agresivo. Como si fueran los piratas de Peter Pan, este grupo de jóvenes a la deriva totalmente despolitizado, que adapta su discurso según qué vientos soplen, no dudará en hacer lo que sea a cambio de dinero.

Andrea Arnold reubica la historia de Peter Pan en una road movie americana que radiografía la madurez en un país eternamente joven lleno de familias desestructuradas y el despolitizado discurso del capitalismo más agresivo

Lejos de los cánones genéricos de la road movie americana, American Honey carece de grandes vistas paisajísticas y un consecuente formato ancho. El formato es casi cuadrado y el espacio principal es el interior del minibús en el que viaja el grupo: en él cantan y son felices, libres de autoridad y preocupaciones; son intocables. Una sensación que contrasta con la solitaria y frágil imagen que se produce cuando, por parejas, salen del vehículo para vender puerta por puerta. Más que abandonar el vehículo, son abandonados por él. Por ello, los momentos más bonitos los encontramos dentro del minibús con la cámara flotando entre el humo y las canciones mientras se posa en las sonrisas sinceras, las miradas pérdidas y los tatuajes. Éste es el verdadero paisaje de Estados Unidos, un país eternamente joven. De carne y de espíritu pues esta juventud esencial también se encuentra en los personajes secundarios de la película; todos ellos, paradójicamente, adultos. Desde la propia hermana mayor de Star, que baila country pero no puede ocuparse de sus propios hijos hasta una hippie híper-católica de setenta años, pasando por una madre de tres niños pequeños enganchada a la droga o unos vaqueros anacrónicos. Hasta el personaje más abiertamente “adulto” de la película, un trabajador del petróleo que le ofrece una importante suma de dinero a Star por sus servicios sexuales tiene algún rasgo de destacada niñez: falta de responsabilidad, de autoridad, de seriedad o incluso de maldad. Andrea Arnold no sólo radiografía un cierto espectro de la sociedad estadounidense sino que dibuja así un atemporal Nunca Jamás.

 Los principales paisajes de American Honey se encuentran en las sonrisas, miradas y tatuajes de sus protagonistas y son registrados desde la intimidad naturalista y sin filtros.

Todo ello queda registrado con un carácter naturalista, más cercano al estilo documental que a la ficción convencional y que encuentra en el simbolismo animal uno de sus principales motores narrativos. Arnold opta por observar antes que explicar o justificar, quedando las grandes y pequeñas historias personales reservadas para la imaginación o deducción del espectador. Al fin y al cabo no importan ni el futuro ni el pasado, sólo el presente.  Algo que también se nota en el montaje del filme que a partir de muchas horas de grabación conforma un aparente viaje sin rumbo. Aparente, decíamos, puesto que el film abre con Star observando a Jake y al festivo grupo, acercándose fascinada y cierra con Star observando a Jake y al festivo grupo y alejándose. Al igual que en Peter Pan, Wendy/Star aceptó la naturaleza de la madurez.

 

 

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