#NoOscarFest: ‘Amor y Amistad’ de Whit Stillman

Whit Stillman confirma su feliz comeback con el proyecto más singular de su carrera: la maliciosa, irónica y lograda adaptación de un relato de Jane Austen

Dicen que los 90 han vuelto. Y, a juzgar por el bienvenido regreso de Whit Stillman al cine, ahora con Amor y amistad, también a la gran pantalla. La década de las chaquetas bómber, las hombreras, el grunge y las boy bands vio florecer a un realizador muy singular dentro del panorama del cine independiente americano, interesado en tragicomedias urbanitas protagonizadas por jóvenes adultos de la burguesía neoyorkina, con sus dramas, frivolidades, escarceos amorosos y espíritu cosmopolita. Nominado al Oscar al Mejor Guion Priginal por su ópera prima, Metropolitan (1990), Stillman se apuntó después, con 15 años de anticipación a uno de sus indudables referentes artísticos –Woody Allen-, al creciente amor internacional hacia la ciudad condal: Barcelona (1994).

Su obra de culto definitiva, aunque no unánimemente celebrada, llegaría con The last days of disco (1998), una aproximación vitalista a los últimos tiempos de gloria de la música disco en los años 80 y a ese momento existencial de salida de la Universidad y entrada en la vida laboral, en la que uno está seguro de comerse el mundo, sin saber aún muy bien cómo. Las protagonistas, dos estrellas emergentes aquellos años como Kate Beckinsale y Chloë Sevigny. Tras ese hit cinéfilo, el silencio. Cambio de residencia a París y 13 años de ausencia de la gran pantalla.

Stillman ha confirmado la buena salud de su nueva etapa creativa con un proyecto en principio alejado de su “zona de confort”: de la comedia joven urbana ha saltado a la tragicomedia de época, variante “adaptación de Jane Austen”

Hasta que, quizá animado por el auge del movimiento hipster en el que probablemente se sienta reconocido, con su celebración retro-vanguardista de una forma alternativa de ver la vida, en 2011 protagonizó un feliz comeback con Damiselas en apuros (2011), una nueva comedia universitaria encabezada por la gran representante del nuevo indie millenial, Greta Gerwig. Pero ha sido en 2016 cuando Stillman ha logrado un mayor eco crítico y confirmado la buena salud de su nueva etapa creativa. Curiosamente, lo ha hecho con un proyecto en principio alejado de su “zona de confort”: de la comedia joven urbana ha saltado a la tragicomedia de época, variante “adaptación de Jane Austen”. Desde luego, los parentescos de ambos autores son evidentes (el foco de interés en un personaje femenino y su entorno, el detallismo en la representación de costumbres y hábitos sociales), pero el riesgo del salto temporal y narrativo era también indudable.

Pues bien, la gran acogida en el Festival de Sundance y las múltiples nominaciones a diversos premios (Critics Choice, Gotham, Satellite), principalmente para su actriz protagonista, avalan el éxito de la empresa. Stillman ha sabido rodearse de buenos compañeros de viaje: para el rol principal ha contado con Beckinsale, en un admirado cambio de registro de la actriz (centrada últimamente en sus sucesivos Underworld), y en un entrañable ejercicio de remember 20 años después de The last days of disco. Un revival completado además por la intervención en el filme, igualmente notable, de Sevigny. Stillman ha estado arropado también por la producción de Amazon Studios, que demuestra con ello no tener ningún miedo a proyectos no especialmente convencionales o de rentabilidad asegurada.

Amor y amistad combina los placeres de la siempre solvente tragicomedia británica de época (lustrosa dirección artística, actores secundarios de relumbrón, como en este caso Stephen Fry), con el estímulo más moderno de unos personajes mayormente amorales y desacomplejadamente irónicos.

Basada en el relato corto de Jane Austen “Lady Susan”, Amor y amistad está sin embargo más cerca (en un registro ligero) del malicioso enredo de “Las mistades peligrosas” de Pierre Choderlos de Laclos (incluso en el protagonismo de la comunicación epistolar) que del sentido romanticismo de “Orgullo y prejuicio”. El personaje de Beckinsale, una mujer calculadora, seductora y movida exclusivamente por el interés, ejerce un magnetismo sobre los que la rodean y sobre el hechizado espectador, que elevan automáticamente a la actriz al podio de las grandes “femme fatale” de época. Sus astutos movimientos estratégicos, retorcidas operaciones matrimoniales y acerado despliegue de cinismo dinamizan un relato que se desarrolla principalmente en interiores (el presupuesto fue presumiblemente ajustado), pero que logra combinar los placeres de la siempre solvente tragicomedia británica de época (lustrosa dirección artística, actores secundarios de relumbrón, como en este caso Stephen Fry), y el estímulo más moderno de unos personajes mayormente amorales y desacomplejadamente irónicos.

El resultado es uno de esos duelos retórios de malvada inteligencia con el que uno disfruta, sonriendo perversamente, durante una traviesa media hora, antes de volver a un mundo real necesaitado de menos cinismo y más empatía.

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