#NoOscarFest: ‘Paterson’, de Jim Jarmusch

Jim Jarmusch da forma a uno de sus más conseguidos y esforzados monumentos a las pequeñas cosas que forman el todo, valiéndose para ello de un excelso Adam Driver, una estructura tan repetitiva como hipnótica, y una pizca de poesía.

Existe en Paterson, candidata en los #NoOscarFest, una constante reticencia al conflicto que podría pasar por desdeñosa, e incluso molesta para el espectador, si en todo momento no se sintiera tan juguetona. Si, por cada vez que se nos negara un mínimo asomo de drama humano o narrativa –y se nos niegan muchas veces– no tuviéramos en mente la sonrisa tímida de Adam Driver, encogiéndose de hombros, disculpándose, para contrarrestarlo.

Paterson es la enésima película de Jim Jarmusch donde no pasando nada, pasa todo. Multitud de voces la han erigido como una de los mejores filmes de la temporada, pero los premios le han dado la espalda, y parece condenado al culto íntimo en el que, plácidamente, se ha ido sumiendo gran parte de la filmografía del director –que este mismo año, por cierto, también estrenó un documental sobre Iggy Pop, Gimme Danger, sin tanto respaldo crítico. Nada importan esas nociones exteriores, mundanas, capaces de generar amagos de indignación o pena, cuando uno se sumerge en Paterson.

Paterson es la enésima película de Jim Jarmusch donde, no pasando nada, pasa todo

La acción de la película –entiéndase “acción” con la sorna más cariñosa del universo– se desarrolla a lo largo de una semana en la vida de Paterson, conductor de autobuses en la ciudad de Nueva Jersey del mismo nombre, y su novia Laura (Golshifteh Farahani). En todo el metraje, a la pareja no le sucede nada especial más allá del hecho de que se quieren, se respetan, y se lo pasan bien juntos, dejando espacio para las personales aficiones de cada uno. A él le gusta escribir poesía, y ella dice que es bueno, que debería lanzarse a publicarla. A ella le gusta el color blanco, el color negro, y cocinar cosas exóticas que él probará con entusiasmo y un vaso bien surtido de agua al lado, por si las moscas. El martes, a ella se le ocurrirá que sería una idea estupenda aprender a tocar la guitarra. El viernes, ya tendrá su guitarra.  Y así. Ah bueno, y también tienen un perro. Marvin.

Ése es, a grandes rasgos, el argumento de Paterson, que podría pasar por inexistente si no nos absorbiera sin remedio desde el segundo uno, con ese plano cenital de la pareja que sufrirá leves pero significativas modificaciones a lo largo de los días siguientes. La sencillez de sus personajes, su pacífica humanidad, seduce por sí sola y provoca que quieras seguirles hasta el final del mundo –o hasta el límite municipal de Paterson, que viene a ser lo mismo–, pero lo que acaba de conquistar es su reiterada huida del conflicto. Un juego con el que se nota que Jarmusch disfruta enormemente,  y que unos podrían calificar como delicioso, otros como metacinematográfico, y otros como simplemente chorra. Otros también se podrían venir arriba, y decir que no hay tal juego. Que sólo hay realidad… y una pizca de poesía, sobreimpresa de manera bastante cutre en la pantalla y leída con la voz de un Adam Driver como no se ha visto en otra.

El espectador se siente tan acunado por la rutina que cuando ocurre “algo”, se siente vulnerable

Aunque, claro está, de vez en cuando el drama surge, porque siempre está a la vuelta de la esquina. Un autobús que se estropea, un amante despechado cuyas intensitas razones sin embargo sólo merecen del barman un acertadísimo “podrías ser actor”, un perro que no puede dejar de ser un perro… La cotidianeidad de Paterson trata de esquivarlos con mayor o menor fortuna, pero esta misma cotidianeidad acaba empujando al filme, de manera natural, a una asombrosa e indescriptible excelencia que nos emociona en silencio, que nos hace sonreír ruidosamente.

El espectador se siente tan acunado por la rutina que cuando “algo”, sea lo que sea, ocurre, se siente sobresaltado, vulnerable. Una niña que también escribe poesía. Un encuentro fortuito con un rapero aficionado, o con un desconocido al que también le encanta William Carlos Williams. La poesía se infiltra en la vida de Paterson sin que éste pueda hacer nada más que ser su catalizador. El catalizador que asimismo, más allá de su persona, deviene el cine, y que con tan pasmosa facilidad hace pasar por fascinante nuestra propia vida.

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