#NoOscarFest: ‘Todos queremos algo’ de Richard Linklater

Richard Linklater regresa a su amada Austin durante los años ochenta y abraza la idealización y fluidez de la comedia universitaria para elaborar un discurso sobre la relación del individuo y los estereotipos.

Una de las idealizaciones más asentadas de la sociedad no es otra que aquella del ciclo universitario, con el ciclo estadounidense a la cabeza, diseñado por y para la transformación esencial del adolescente que vivirá en él no sólo el paso hacia la libertad tomando distancia de las figuras paternas sino que en  él aprenderá aquello que le definirá para el resto de su vida: la etapa adulta. Richard Linklater, uno de los cineastas que más ha reflexionado sobre el paso del tiempo y que mejor ha retratado las fases vitales, vuelve a quedarse en este nuevo film a las mismísimas puertas de tan idealizada etapa en un ejercicio de coherencia extrema. Conviene saber que Linklater  fue a la universidad allá por 1983 como college becado para jugar al béisbol y allí se lesionó y desencantó, abandonando la universidad en una decisión que le llevaría, para su suerte y la nuestra, a trabajar a una planta petrolífera y a unos cines de Houston donde descubriría su necesidad vocacional de hacer cine. En Todos queremos algo, el director texano da el pequeño paso siguiente que se vislumbraba tras los finales de Movida del 76 (1993) y Boyhood (2014) y relata la llegada de Jake a la Universidad de Texas en plenos años 80 y los cuatro ociosos días que pasará junto con sus nuevos compañeros del equipo de béisbol.

Desde sus primeros compases, Todos queremos algo abraza la idealización de la comedia universitaria arrojando a su grupo protagonista a una utópico y desenfrenado calendario erótico-festivo libre de autoridad externa (apenas la figura de un entrenador) pero con una autoconsciencia tal que evita que la mayoría de sus protagonistas caiga en la ingenuidad: la mayoría del equipo, sobre todo los más veteranos, parece plenamente consciente de lo difícil que es ser jugador profesional y las escasas posibilidades que tienen de cumplir ese sueño. A sabiendas de eso, no dudarán en abrazar con todavía más vigor un estatus universitario que los sitúa (o eso creen ellos) como los reyes del ecosistema.

Todos queremos algo abraza autoconscientemente la idealización de la comedia universitaria para establecer un discurso entre el individuo y el estereotipo

En Todos queremos algo queda perfectamente pintado el cuadro estadounidense. Deportistas, punks, artistas… todos ellos cumplen a la perfección los rasgos del estereotipo.  Lo que a priori pudiera parecer un rasgo menor o incluso negativo esconde una de las principales virtudes del filme. Conviene en este punto reflexionar sobre el discurso que se elabora entre los estereotipos y la individualidad. Los personajes más individualistas de la película, Jake y Beverly, quedan bien dibujados en su complejidad dentro del limbo pre-universitario pero, sin embargo, dentro de sus respectivos grupos no dudarán en abrazar y cumplir a rajatabla el estereotipo, al igual que sus compañeros. Jake y Beverly no son personajes estereotipados, son individuos que siguen el estereotipo. Todos queremos algo, pues, refleja a la perfección la retroalimentación cultural y social del estereotipo: el individuo por presión social y en su búsqueda de aceptación se sentará felizmente en la silla que le reserva la sociedad. Una silla, en esencia, igual que todas las demás puesto que tanto deportistas, como artistas, como cualquier otro estudiante viven en un clima de fuerte camaradería pero de extrema competitividad. Este hecho, incluso, lo traslada Linklater a la dicotomía propia del amor y el sexo. Si bien toda la película tiene un marcado carácter de liberación sexual y relaciones sin compromiso, propias de la idealización de la etapa universitaria, serán los actos individuales de Jake y Beverly, lejos de los caminos y rituales grupales, los que les lleven a encontrar la serenidad del amor. O algo que en un principio se le parece.

La búsqueda del lugar propio y la definición individual se extiende narratívamente al espacio y la banda sonora mientras se entremezcla con conversaciones y situaciones empáticas

Esta búsqueda del lugar propio y la definición individual en un lapso de cuatro días se extiende narratívamente al espacio y la banda sonora: de la discoteca pop, al bar country; del bar country al concierto punk y del concierto punk a la arty-party a ritmo de The Knack, S.O.S Band, Miss Broadway, Van Halen, Patti Smith o The Sugar Hill Gang. Todo ello entremezclado de forma fluida con numerosas situaciones y conversaciones empáticas a cargo de un reparto en constante estado de gracia. Linklater vuelve a dejar su sello como referente en la dirección de actores y excelso guionista de diálogos mientras congela una nueva estampa espacio-temporal de su amada Austin.

Finalmente termina la cuenta atrás y suena la campana. La etapa universitaria comienza, aquel tramo decisivo donde los jóvenes encontrarán su ansiado sino y deberán asumir las responsabilidades de la vida adulta. Y, entonces, los personajes de Linklater se duermen. Otro mensaje.

 

 

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