Obra 67, costumbrismo macabro

La ópera prima de David Sáinz, conocido por su serie 'Malviviendo', es una macabra maravilla low-cost que te abofetea sin llamarte estúpido.

En la magnífica Stockholm, ópera prima de Rodrigo Sorogoyen, lo que parece dirigirse hacia una dirección acaba yendo totalmente hacia la contraria. La película se desmenuza a la mitad, y es en la disección de los cachitos que quedan donde está su magia. En Obra 67, otra magnífica ópera prima, David Sáinz (Malviviendo) se atreve con esa misma idea de rotura, y lo que en un primer momento resulta convencional se desvía de su rumbo para partirse en mil pedazos. Los espectadores, ante esto, no podemos evitar recogerlos con la boca abierta, como quien encuentra un caminito de migas en el suelo y lo sigue maravillado, inquieto y curioso por saber hacia dónde se dirige.

La historia, que según transcurre pasa del naturalismo y costumbrismo tragicómico a una suerte de Four Lions española, en la que el humor negro hace avanzar la acción blindándola de todo drama, sufre de pronto un cambio de tono que la coloca junto a propuestas cercanas a Funny Games (inevitable mencionarla). Funny Games, que de funny nada, quillo. El plan de dos desgraciados barrenderos de robar un chalet no sólo se convierte en un engorro sino que torna una verdadera pesadilla.

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De esa rotura, de esa transición entre tonos, sin embargo, no somos conscientes. Al menos no hasta que nos sorprenden, nos abofetean con giros y más giros. Nada anticipa el vuelco. Del plano secuencia distendido, del costumbrismo buenrollista e inofensivo pasamos al desenfreno, a la visceralidad explícita y la locura inexplicable que se ordena poco a poco. Sáinz consigue hacer de la sorpresa algo más que un artilugio, algo más que la sorpresa por la sorpresa, fin en sí misma. Aquí los cambios repentinos, los saltos y el suspense son funcionales, son los que hacen avanzar la trama. Y es de ellos de donde se extraen las moralejas de la película: dilemas morales, responsabilidades, decisiones vitales en las que no hay una salida perfecta sino un mal menor.

La película sabe hacia dónde se dirige, sabe que quiere contar algo y lo hace en vez  girar sobre sí misma, sobre sus propias ocurrencias. Sáinz no oculta sus referencias (se hace acopio de ellas y las muestra sin pudor), la película se rodó en 13 horas y el plano actoral y visual cojea (en contadísimas ocasiones) dado el bajo presupuesto (forma parte de la iniciativa #littlesecretfilm). Nimiedades. Aquí estamos hablando de una obra que, siendo consciente de sus limitaciones, pasa olímpicamente de ellas: aspira a lo grande, y lo mejor es que lo consigue.

Puedes ver Obra 67 online en este enlace.

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