Por qué Hasta el último hombre tendría que ganar el Oscar

La mente enfermiza y descomunal talento de Mel Gibson levantan este espectáculo bélico más grande que la vida, y más importante que los reparos ideológicos que se le puedan poner a su plomizo mensaje y concepción.

Cuando un niño le pega a su hermano un ladrillazo en toda la cara recuerdas que estás ante una peli dirigida por Mel Gibson, y sonríes con euforia. Todo lo que sucede a esta escena exhuma una energía similar, desprejuiciada, genuina. El film se titula Hasta el último hombre, y debería alzarse con el Oscar a Mejor Película el próximo 26 de febrero. No por nada, sino porque es eso. Un ladrillazo en toda la cara.

Hay razones más específicas y/o formales para defender y creer en esta posibilidad, y todas ellas han de ser esgrimidas junto a la misma sonrisa de euforia con la que te introdujiste en la última película del director estadounidense. Acompañada, en este caso, de cierto rictus travieso del que quiere ver el mundo arder, porque verás qué iluminación. Hasta el último hombre es una obra que se ríe en la cara hierática de la sutileza, que no conoce más profundidad que la de una página de la Wikipedia, y que redunda en sus escasos e hipertrofiados temas con un mimo obsesivo. Nada de eso es malo porque, ante todo, Hasta el último hombre es cine. Con mayúsculas sangrientas y gritonas, trazadas sin ningún tipo de distancia irónica.

Hasta el último hombre es cine con mayúsculas sangrientas y gritonas

Los mayores aciertos de esta extraordinaria película se despliegan en perfecta y furiosa armonía a lo largo de su ya legendaria segunda parte, dedicada íntegramente a los esfuerzos del soldado Desmond Doss por mantener sus principios y pasarse la Segunda Guerra Mundial sin disparar un arma. Durante los minutos anteriores el protagonista –interpretado por Andrew Garfield con ajustadísima candidez– ha hecho más o menos lo mismo, sólo que en los tribunales, y una narrativa tan transparente como cohesionada se las ha apañado para mantener también el interés. El voluntarioso y paleto Garfield, que este año las ha pasado canutas también en Silencio –otro artefacto consagrado a la teología y a la explicitud, bastante peor medido– lo hace más fácil, y con él un Hugo Weaving pasadísimo de rosca, un Vince Vaughn socarrón que entrará en trance severo de molaridad según lleguen a Okinawa, y una dulce Teresa Palmer que evidencia la existencia de Dios mejor que cualquier otra cosa.

Siendo esta primera parte muy clásica, muy ingenua, e inextricablemente prescindible, supone también un peaje que el espectador paga gustoso, en su expectación por ver qué sucederá cuando empiecen a aparecer japos gritando y disparando. ¿Veremos toda la guerra desde el punto de vista de Desmond Doss? ¿Se quedará la cámara dócilmente aparcadita en ese barracón donde practica torniquetes de urgencia? ¿La única sangre, gritos, vísceras, pertenecerán a pacientes mutilados fuera de plano? Joder, pues claro que no. Es de Mel Gibson de quien estamos hablando.

La primera parte, ingenua y prescindible, es un peaje que el espectador paga gustoso

La guerra es espectacular en Hasta el último hombre. También sucia, dolorosa y terrorífica, pero sobre todo espectacular. Y cañera. Tanto, que sólo te molesta su exaltación y tremendista puesta en escena una vez has abandonado la sala de cine y te has detenido en la iglesia más cercana para rezar muy fuerte. Si la guerra es mala, ¿por qué Mel Gibson se esfuerza tanto en que el espectador disfrute con ella? Si la actitud de Desmod Doss es la más admirable, ¿por qué su labor pacifista es constantemente eclipsada por imágenes de destrucción dionisíacamente estilizadas? Y a este respecto, y de todas maneras, ¿por qué ser pacifistas, cuando tus enemigos son japoneses tan diferentes a ti y tan traicioneros… cuando, por la gracia de Dios, eres blanco y tienes el pelazo de Andrew Garfield?

Sí, cuanto menos, es confuso. Hasta el último hombre emite mensajes contradictorios, que se atropellan alegremente entre sí según convenga al disfrute del aturullado espectador. Siendo al final esto último, el disfrute total y extremo, lo que acaba erigiendo Hasta el último hombre como la opción más válida para ganar la carrera de los Oscar.

La película emite mensajes contradictorios que se atropellan alegremente entre sí

Además que yo qué sé, Mel Gibson es el que es, con las opiniones que son, y ahí lo tienes. Contribuyendo, en estrecha compañía del electo Donald Trump, a hacer del mundo un lugar más lleno aún de ruido y furia. Con todo este panorama, otra cosa no, pero lo que necesitamos es disfrutar del cine más sugestivo. Y nada mejor que Hasta el último hombre, con toda esa entrega y sabiduría escénica, con todo ese cine desprovisto de cinismo, para dicha tarea.

Comentarios

comentarios

Escrito por
More from Alberto Corona

El juez, manual de buenas prácticas

Existe una cualidad intrínseca al subgénero de los dramas judiciales; una que...
Leer más

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *