Por qué House of Cards es buena pero no tan buena

Con motivo de la vuelta de House of cards a Netflix analizamos la primera temporada de la serie de David Fincher.

No sabemos con certeza lo que ocurre tras las bambalinas, por ello imaginárselo es tan atractivo. Sí, tras las de Washington hay lobbies, tras sus bastidores hay negociaciones, estrategias,  confabulaciones, conspiraciones, revocaciones, juegos a dos, a tres bandas, y un terreno perfectamente abonado para la ficción. Y donde la realidad de la colina de Washington, de la Casa Blanca es oscura, llega House of cards para arrojar luz (una luz, sin embargo, mortecina, que perpetúa su “maquiavelismo”  y oscuridad).

Pero ocurre que, más que negra, la política en Washington es gris. Los congresistas como Frank Underwood tienen cada vez menos poder y capacidad de maniobra. La serie supervisada por David Fincher se figura como un acercamiento frío, cínico y calculador a una profesión que es fría, cínica y calculadora, que puede serlo, pero que no lo es tanto como su oscuridad nos sugiere. Pero es de este modo cuando más triunfa, cuando se aleja de propuestas  almibaradas, de idealismos pueriles y melodramas. Cuando es visceral, cuando los adulterios son cunnilingus y los romances utilitaristas, cuando apenas hace acto de presencia el humanismo, la solidaridad: ya están para eso los melodramas a lo El ala oeste, las conspiranoias insustanciales a lo Primary Colors. House of cards bebe de su predecesora homónima, serie británica de los años 90, y bebe de la más reciente Los idus de marzo. Es oscura a más no poder, y esa oscuridad le hace un favor a su ficción, a su narrativa, planteamiento estético, pero no tanto a su apego a la realidad. Política es escala de grises, pero  es negra para los neófitos, y es para estos a quien va destinada (obviamente).

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La llegada de la sangre, que ya anticipan las previews de la segunda temporada, le hace el flaco favor. El cinismo torna delito, homicidio, y de las bambalinas, política interna, juego de alianzas pasamos a Shakespeare, al tu quoque Brute fili mi de Julio César, a la traición con sangre pero sin sangre: asesinato limpio, higiénico y por ello despersonalizado.  Se mantiene el cinismo, pero entra la ficción demasiado de lleno. Donde lo limpio era el ajedrez, sus tácticas en el mundo real (metáfora de tan manida ya aborrecible), ahora lo es también la muerte. Y no gana tanto la ficción: ante la muerte queda la venganza, queda la búsqueda de la verdad, y lo que en un principio parece una historia despresurizada y cruel,  despiadada al estilo realista sucio de David Simon, donde no ganan buenos ni malos sino los mejores ( los que mejor se adaptan, y ni siquiera ellos), se convierte progresivamente en un thriller convencional: el perseguidor y el perseguido, el periodismo Watergate idealista, fiscalizador y detectivesco frente al poder fáctico oscuro, oculto tras una sonrisa, nudo Windsor y traje Navy Blue.

No deja de ser una magnífica serie, y no deja de tener la droga de toda buena serie (más tolerable en el formato Netflix que ofrece todos lo capítulos de sopetón, lo que nos permite descubrir inmediatamente lo que sigue al cliffhanger de marras), que no es otra que conseguir enganchar. Pero lo que aparentaba un viaje hacia los infiernos desde un realismo sazonado (y perdonado por ello) con ficción thriller se convierte en un producto mucho más convencional de lo esperado. Que oculta su regusto melodramático con un tono oscurísimo y que no alcanza el realismo al que en un principio parece dirigirse. Ocurre quizá que no es lo que busca: su teatralidad (cómo Kevin Spacey rompe la cuarta pared y apela al espectador) lo delata. Se sacrifica la realidad por una ficción fundamentalmente ortodoxa, y eso ya lo han hecho demasiados antes. Aunque, y aquí está su magia, quizá no todos lo han hecho así de bien.

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