Reina Cristina, clases de historia a grito pelado

Malin Buska protagoniza un biopic en absoluto sutil, donde el ruido es tan constante como el desinterés por ofrecer algo que vaya más allá de la superficie. Dirige, o por lo menos lo intenta, Mika Kaurismäki.

Raquítica chuleta que apenas vale para aprobar el examen

6 Malin Buska
7 Actores secundarios
3 Guión
3 Aprovechamiento de la premisa histórica
4.8

Tiene gracia recordarlo, sobre todo debido a la actual etapa por la que pasa Tele 5, pero hubo un tiempo en que la cadena privada emitía con cierta regularidad un espacio conocido como “Grandes Relatos”, en el que se incluían numerosas miniseries de corte histórico/fantástico/literario. Los sábados, si la memoria no me falla. Estas miniseries, producidas bien por europeos queriendo ser estadounidenses, bien por estadounidenses queriendo ser hollywoodienses, ofrecían por lo general una estética muy del querer y del no poder, con actores de esta misma escuela, y efectos digitales que hoy día festejaríamos por lo ingenuo. Por supuesto, todas y cada una de ellas eran entretenidísimas. Reina Cristina, contando con un minutaje algo mayor, podría ser emitida perfectamente en la parrilla de Tele 5, de seguir existiendo “Grandes Relatos”, o de haberle ido a la cadena un poco mejor las cosas durante los últimos años. Qué le vamos a hacer.

El caso es que, sí, Reina Cristina es cutre. Pero también es una película muy curiosa, y aloja en su seno tantos fallos, y de tan variado pelaje, que se las apaña para no resultarle aburrida a nadie en casi ningún momento, ni tan siquiera a aquellos rotundamente reacios a hacer lo único que el filme de Mika Kaurismäki desea que hagamos: aprender. Reina Cristina es una clase de historia a pie de instituto, con mucho grito, muchas punch-lines y alguna que otra teta para el púber intrépido; todo servido con una duración ajustada y a la manera de un ejercicio de síntesis tan ridículo como admirable. Un VHS que nuestro profesor favorito podría habernos puesto en una clase y media, dando pie además a un jugoso debate posterior en torno al feminismo. Porque algo de eso hay, también.

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Reina Cristina es una película cutre, pero también curiosa

La Reina Cristina de Suecia, o Cristina la mujer que fue rey, como se empeñan en llamarla desatendiendo paridades lingüísticas, fue un personaje muy atractivo en términos cinematográficos. Así ha pasado, que antes que Malin Buska lo han interpretado para la gran pantalla actrices como Greta Garbo o Liv Ullmann; la primera en una superproducción clásica que desatendía los rasgos menos glamurosos de la susodicha –esto es, su homosexualidad–, y la segunda en un filme de esos cuyo título es ya un spoiler en sí mismo, Abdicación. Mika Kaurismäki, director finés al que consideraríamos ciertamente prometedor si no llevara como treinta años de carrera –y si su hermano menor, Aki Kaurismäki, no fuera uno de los cineastas más importantes de Finlandia, sino el que más–, es el que lleva las riendas de esta revisión del mito, que en su afán por ofrecer su versión más épica no ha escatimado ni sexo ni roces eclesiásticos; únicamente, y por razones obvias, son las batallas las que brillan por su ausencia. Siendo la Guerra de los Treinta Años el conflicto central, esta ausencia llega a ser cegadora por momentos, pero es algo que carece de importancia real ante la avalancha de intensidad que se consigue mediante otras estrategias.

Pasando por alto el hecho de que el guión de Reina Cristina sea tan escandalosamente moroso y no profundice en absolutamente nada –y eso pese a desbordarse en diálogos y personajes con entrada en la Wikipedia–, en la película no paran de suceder cosas. O por lo menos eso es lo que parece, gracias a un montaje atropelladísimo, una música apabullante, y unos actores muy comprometidos con la didáctica causa. El libreto, siendo esquemático, superficial y, en ocasiones, hasta ridículo, se beneficia de brotar de las bocas de actores como los que interpretan a los frustrados pretendientes masculinos de la reina, a René Descartes como invitado especial, o al Canciller (Michael Nyqvist, a quien pudimos ver en la Millenium europea), que están muy convincentes pese a sus roles secundarios o, quizá, gracias precisamente a ellos. Sin embargo, las protagónicas Malin Buska y Sarah Gadon corren una suerte más desigual: una por contar con talento pero también con una tendencia muy marcada hacia el histrionismo, y la otra porque su personaje es, en una palabra, indefendible.

El guión es escandalosamente moroso y no profundiza en absolutamente nada

Reina Cristina es una película cuyas abundantes mediocridades nunca llegan a molestar en exceso, pero sí es posible que haya quien se entristezca por todo el potencial desperdiciado o, sobre todo, por el visionado de determinados momentos poderosos que se merecían un mejor conjunto. Una dirección más sobria, cierta mesura en los diálogos, un mayor interés en que no pareciera todo tan de segunda fila… Reina Cristina podría haber sido algo mejor, y no sólo el largo y ruidoso preámbulo de una escena final que, inesperadamente, funciona.

Y, sin embargo, sus responsables prefirieron el grito y la histeria. Se ve que no se dieron cuenta de que, por muy apropiada que pudiera haber llegado a ser su propuesta para la línea editorial, Tele 5 ya no hacía este tipo de movidas.

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