Rogue One, el despertar de la esperanza

Gareth Edwards toma el relevo de J.J. Abrams al frente de una historia que, aun con muchas más limitaciones que el anterior Episodio VII, consigue ampliar sus miras a lugares no demasiado desconocidos, pero sí más estimulantes.

Tan simple como la película de Star Wars que de verdad necesitábamos

9 Sentido de la maravilla
8 Administración de la nostalgia
6 Guión
9 Droides que dicen genialidades
7 Gareth Edwards resolviendo la papeleta
9 ¡Guerra!
8

Por supuesto que el que a partir de ahora fuera a haber una película ambientada en una galaxia muy, muy lejana cada año suponía una magnífica perspectiva. ¿Quién podía pensar lo contrario en la madrugada de aquel 18 de diciembre excitante y febril? Finalizada la proyección de El despertar de la Fuerza, el pensamiento permanecía intacto, pero acompañado de una inquietante y novedosa pregunta: ¿hasta qué punto daría de sí la trilogía original como para construir toda una nueva etapa en torno a su memoria?

Hablar de la falta de complejos con la que el Episodio VII absorbió todo lo absorbible de La guerra de las galaxias para remodelarlo ligeramente y jugar sobre seguro ha conseguido convertirse, de un tiempo a esta parte, en un hediondo cliché: un lugar común al que accede cierto colectivo de fans queriendo abrir los ojos de los nuevos –o más irreductibles– creyentes, y perdiendo cualquier tipo de fiabilidad a medida que la conversación se va calentando y el raciocinio prende en llamas. Es lo que tiene: la lógica siempre ha sido una noción ajena a Star Wars. O al menos, siempre lo había sido, hasta que un hombre llamado J.J. Abrams recogió el testigo y llevó la saga a un nuevo escenario. Uno más cerebral, más calculado. Autoconsciente. También uno, inevitablemente, más apegado a lo terrenal.

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La lógica siempre ha sido una noción ajena a Star Wars

Con Rogue One: Una historia de Star Wars en el frente, la situación no ofrecía visos de cambiar. El primero de los spin-offs planeados transcurriría entre los episodios III y IV, y contaría una historia por todos conocida: el robo de los planos de la Estrella de la Muerte que permitiera a la Alianza Rebelde obtener su primera victoria significativa contra el Imperio galáctico. Una trama forzosamente limitada que le daría al público la oportunidad de volver a revolcarse en su insaciable nostalgia reconociendo iconos y confirmando de paso lo que tanto le gusta confirmar ahora: que cualquier tiempo pasado, ¡sorpresa!, fue mejor. Así, parecía que la táctica de Disney para sacar a Star Wars del supuesto descrédito en el que su propio creador decidió hundirla a principios de siglo era sacar una nueva Una nueva esperanza cada año. Así, claro, no habría quien fallara.

Pero hete aquí que Rogue One no es una película ni tan redonda, ni tan contundente, ni tan bien contada como El despertar de la Fuerza. No tiene personajes tan carismáticos ni memorables. Tampoco una banda sonora que se haya beneficiado del genio de John Williams –a favor de Michael Giacchino– con lo que esto supone. Y, sin embargo, no deja de ser Star Wars en su estado más puro y silvestre.

Rogue One: A Star Wars StoryDeath StarPh: Film Frame©Lucasfilm LFL

Rogue One no deja de ser Star Wars en su estado más puro y silvestre

Es decir, ese Star Wars imprevisible que lo mismo te alterna Ewoks con confesiones paternas que lo cambian todo, gungans disléxicos con sables láser bailando el Duel of Fates, y debates sobre el estado de la nación con soles gemelos a los que mirar sin dejar nunca, nunca, de soñar.  Esa saga cinematográfica que es mucho más que una saga cinematográfica. Capaz de lo mejor y lo peor, y de resistir impertérrita cualquier análisis objetivo.

No obstante, intentémoslo mínimamente con Rogue One. Hagamos hincapié, con cierta desgana, en el monumental caos narrativo que torna por momentos, en el esquematismo con el que están diseñados la mayor parte de los personajes, y en las torpezas técnicas de Gareth Edwards. Sentada la cátedra, ya más tranquilos, procedamos a admitir lo bueno que fue ver tantos personajes, criaturas y planetas nuevos diseminados a su antojo por esos primeros y anárquicos minutos, admiremos las ganas que le echan los actores –y a K-2SO, sobre todo admirémosle a él–, y cerremos el pico al comprobar que, si bien el firmante de Godzilla parece incapaz de rodar una muerte con el mismo impacto y trauma que ésta provoque en los protagonistas, sí orquesta una batalla final absolutamente intachable, haciendo una la tragedia, la épica, y la molaridad.

Rogue One: A Star Wars Story (Donnie Yen) Ph: Film Frame ©Lucasfilm LFL

Rogue One torna, por momentos, un monumental caos narrativo

Advirtamos, también, lo novedoso de ciertos planteamientos de Rogue One, mientras habrá quien se pregunte si los antaño temidos reshoots no redundaron, sobre todo, en que un concepto tan atractivo como la ambigüedad moral de la Alianza Rebelde –la escaramuza por las calles de Jedha como rotunda introducción a ese sucio belicismo que se nos venía prometiendo– fuera rápidamente despachada por una poética excesiva, casi esperpéntica, del sacrificio heroico. Por otro lado, es cierto que en Rogue One los Jedi permanecen extintos, pero no sucede lo mismo con la Fuerza. Que un chino ciego y armado con una vara que se convierte en ballesta crea firmemente en ella sin poseer en su sangre, supongamos, un caudal excesivo de midiclorianos, pasa por ser uno de los hallazgos más brillantes y evocadores del guión de Tony Gilroy y Chris Weitz, en una medida similar al caso de Jacob Kowalski (Dan Fogler) en la reciente Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Saliendo vencedor de una hipotética comparativa, claro, Donnie Yen. Porque, ya sabéis, es un chino ciego y armado con una vara que se convierte en ballesta.

Pero, ¿qué hay de la nostalgia? ¿Acaso no queda rastro de ella en esta entrega? Obviamente la hay, y por un tubo, pero de un modo radicalmente distinto al observado en El despertar de la Fuerza. La nostalgia de Rogue One, su interiorizada condición de producto en perpetua deuda con la historia es, más que orgánica, colateral. Incluso, habida la cuenta de la resurrección vía CGI de varios personajes icónicos, bastante insensata sobre el papel. De este modo la gestión del patrimonio que hace este primer spin-off, en vez de ser reverencial y solemne, prefiere decantarse por el guiño chorra, y por el fanservice –indivisible del ADN de Rogue One– más eficaz y sintético. Por si alguien había llegado a olvidar que Darth Vader es el mejor villano de la historia del cine, esta nueva historia de Star Wars estará encantada de recordárnoslo, y sin sutileza alguna. Para qué.

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La nostalgia de Rogue One prefiere decantarse por el guiño chorra y el fanservice más eficaz y sintético

Como tampoco existe sutileza en sus concesiones al melodrama, de las que Felicity Jones y Mads Mikkelsen son los mayores damnificados, y en los añorados e ingenuos porquesíes que hasta hace muy poco eran marca de la saga, con el poder de soslayar lo ingentemente ridículo de ciertas escenas –¿de verdad era necesario justificar un título como Rogue One?–, pero no lo absurda y grotesca que se está volviendo la costumbre de incluir una criatura alienígena de aspecto temible en todas y cada una de las películas de Star Wars.

Lo más importante, al final, supone que el poderío visual y la diversión que exhuma Rogue One se lleva por delante cualquier pega que no pudiéramos ponerle en caso de haberla visto con ocho años, y ésa es, sin duda, la mayor virtud del filme de Gareth Edwards. En paralelo, claro, al conseguido manifiesto a favor de la esperanza que, por intuitiva, por arriesgada, por tonta, tan dulcemente construye. La esperanza en Star Wars, en el futuro de Star Wars. La esperanza que, gracias sean dadas al hacedor, ha renacido en mí.

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