Shyamalan: El elixir de la fantasía (y II)

Un análisis de la obra del director para identificar las constantes e inquietudes que recorren una filmografía sustentada en el género fantástico

Ya hemos podido comprobar cómo en el cine de Shyamalan los mimbres de lo real se resquebrajan película a película. Mientras que en Los primeros amigos o El sexto sentido lo sobrenatural se limita a colarse entre las grietas de la realidad y sólo unos pocos pueden percibirlo, en La joven del agua y El incidente el fantástico inunda por completo nuestro mundo ante los ojos de cualquiera. En el universo del director, lo ilusorio y lo tangible coexisten de una forma tan orgánica que son casi imposibles de diferenciar.

Shyamalan conoce todos los secretos de una particular alquimia visual que le permite distorsionar nuestra percepción de lo mundano hasta convertirlo en sobrenatural. A través de su mirada, el reflejo en el pomo de una puerta parece el umbral a otro mundo, y un chubasquero es la perfecta indumentaria superheroica. Una simple capa roja y una máscara artesanal son suficientes para hacernos vislumbrar a un monstruo, una piscina comunitaria puede ser la guarida de un personaje feérico y la mera visión de la hierba mecida por el viento resulta una amenaza de muerte.

Cualquier elemento cotidiano es susceptible de contener un hálito de fantasía. La nieve (Los primeros amigos) o un fallo neuronal (Señales) son capaces de funcionar como revelaciones divinas para sus personajes. Eso sin olvidar la importancia recurrente que tiene un elemento tan ordinario como el agua: puede ser la kryptonita del héroe, la única defensa contra los invasores espaciales, o la medicina que, a través del grifo de una ducha, mantiene con vida a una criatura de otro mundo.

El bosque 3 (Bryce Dallas Howard)

Los personajes de Shyamalan sólo logran aferrarse a la realidad a través del contacto físico

Si hasta el componente más terrenal de nuestra realidad es digno de contener trazas sobrenaturales, llega un momento en el que nosotros, meros humanos, somos incapaces de confiar en nuestra propia percepción. Por eso, el único sentido fiable en el mundo de Shyamalan parece ser el tacto. Su filmografía está repleta de momentos en los que el contacto físico resulta decisivo para sus personajes, que sólo logran aferrarse a la realidad mediante las yemas de sus dedos. Si no puedes tocar algo, lo más probable es que no exista.

En una de las primeras escenas de El protegido, David Dunn (Bruce Willis) sale del hospital convertido en el único superviviente de la tragedia. Tras abrazar a su hijo, agarra la mano de su esposa, con la que mantiene una relación prácticamente inexistente, para soltarla instantes después; ambos personajes son incapaces de mantener esa farsa más allá de unos segundos, y sólo cuando se reconcilien definitivamente podrán volver a tocarse. Del mismo modo, Dunn obtendrá la confirmación de sus cualidades superheroicas al descubrir que su poder reside en la capacidad de conocer los pecados de la gente con sólo rozarla, y ni siquiera será consciente de que tiene un archienemigo hasta que no estreche la mano de Elijah (Samuel L. Jackson).

Hay ejemplos a patadas. “No cojas a mi hija de la mano a menos que lo sientas“, dice Julian (John Leguizamo, American Ultra) en El incidente, una película en la que la amenaza (recordemos: una farsa) desaparece súbitamente en cuanto sus protagonistas entrelazan sus manos. El Graham (Mel Gibson) de Señales se niega a creer en la existencia de los extraterrestres hasta que uno de ellos trata de aferrarle por debajo de una puerta. ¿Y cómo podemos deducir que Malcolm (Bruce Willis) es un fantasma, más allá de que no se cambie de ropa ni interactúe con secundario alguno? Fácil: en ningún momento le vemos tocar a Cole (Haley Joel Osment, Tusk) o a su esposa, los dos únicos personajes emocionalmente cercanos a él.

Pero probablemente sea El bosque la película que más y mejor uso hace de la fijación de Shyamalan por el contacto físico como único asidero de lo real. Ivy (Bryce Dallas Howard, Jurassic World), la protagonista involuntaria de la historia (¿homenaje a Psicosis?), es ciega. Cuando descubre que los monstruos no son más que una engañifa, el director centra la mirada en su mano, que se acerca lentamente hasta palpar el disfraz. Al atravesar el muro (tangible) que separa la fantasía del mundo real, Ivy no se atreverá a tocar nada, y su condición de invidente le impide averiguar la verdad oculta al otro lado del bosque. Tras su regreso al pueblo con el elixir (literal, por primera vez en el cine de Shyamalan), la joven seguirá creyendo en los monstruos (ha sido abordada por una “criatura” en medio del bosque, e Ivy ha acabado con ella sin llegar a tocarla en ningún momento) y vivirá toda su vida presa de un engaño… pero al menos podrá asir la mano de Lucius (Joaquin Phoenix, Puro vicio), una imagen repetida hasta la saciedad a lo largo de todo el metraje, puesto que lo único real y verdadero para ambos protagonistas es el amor que se profesan el uno al otro (en contraposición al personaje de William Hurt, que no se atreve a tocar al de Sigourney Weaver por miedo a desvelar lo que siente por ella). El resto, pura farsa.

El protegido 1 (Samuel L. Jackson)

Si los personajes de Shyamalan quieren protegerse de la realidad, no les queda otra que ignorarla y abrazar la fantasía o, directamente, fabricarse una a medida

Al margen de otras problemáticas comunes (incomunicación familar, aislamiento emocional) a las criaturas de Shyamalan, el conflicto principal que las atenaza a todas es la incapacidad de asumir la realidad caótica y sin sentido en la que habitan. El Joshua (Joseph Cross, Lincoln) de Los primeros amigos no logra asimilar la muerte de su abuelo, Graham la de su mujer, Cleveland (Paul Giamatti, San Andrés) la de su familia y Malcolm la suya propia. Dev (M. Night Shyamalan) vive con desconcierto el abismo cultural entre India y Estados Unidos en Praying with anger, Elliot (Mark Wahlberg) no consigue aceptar que lo que ocurre en El incidente no tiene explicación, Elijah se niega a admitir que su existencia apenas tiene razón de ser, los fundadores del pueblo de El bosque deciden que no vivirán ni un minuto más en un mundo desalmado y cruel, y la Becca (Olivia DeJonge) de La visita, acomplejada por el confuso trance de la adolescencia, ha tomado la determinación de no mirarse en el espejo. Si los personajes de Shyamalan quieren protegerse de la realidad, no les queda otra que ignorarla y abrazar la fantasía o, directamente, fabricarse una a medida. Como dice la madre de Cole en el El sexto sentido: “He estado rezando, pero no debo de hacerlo bien; parece que vamos a tener que responder a nuestras propias oraciones“.

En Los primeros amigos, Joshua se pasa toda la película en busca de un ser superior que le ayude a entender su existencia. La falta de respuestas hará que el mundo del niño comience a desmoronarse (como les acabaría pasando a Graham y a Cleveland tras sus tragedias familiares) durante un proceso de madurez en el que no parece quedar sitio para la fantasía, como atestigua la revelación que sufre en medio de una juguetería: donde antes contemplaba un lugar mágico, ahora sólo ve plástico y pintura. Pero cuando todo parece perdido, nieva. Joshua interpretará un hecho tan cotidiano como la señal que estaba esperando. Puede que no sea una prueba de la existencia de Dios, pero al menos le ayuda a comprender que, si fuerzas la mirada, aún puedes encontrar magia en el mundo. Todo depende de uno mismo.

Un proceso similar al de Joshua, aunque infinitamente más tenebroso, es el que recorre Elijah en El protegido. Él también anda buscando a Dios (o lo que es lo mismo: un superhéroe), pero a diferencia del niño, no se conformará con ver la nieve caer. Aquejado de una enfermedad que provoca que hasta el más mínimo elemento cotidiano suponga una amenaza para él, es incapaz de entender su lugar en el mundo, así que se dedica a zarandear la realidad (si Joshua buscaba señales divinas en las tragedias masivas, Elijah es el monstruo que las provoca) para encontrar la fantasía que subyace bajo la superficie. Y lo hace basándose en lo único que ha tenido sentido en su vida: la ficción superheroica. Cuando las férreas convicciones de Elijah se tambaleen (Dunn confiesa no ser “irrompible”), irá a ahogar sus penas a su refugio, una tienda de cómics, y será allí donde encuentre respuestas ojeando una ficción de superhéroes. Al confirmar que Dunn es la deidad que andaba buscando, la búsqueda existencial de Elijah queda satisfecha (atención a esa escalofriante sonrisa final). Sí, se ha forzado a sí mismo a asumir una realidad que probablemente no le gusta, pero al menos ahora conoce la razón por la que un ser tan anómalo como él existe.

El sexto sentido (Haley Joel Osment)

En El sexto sentido, los protagonistas se ayudan porque son opuestos: Cole vive una mentira de la que es plenamente consciente, y Malcolm una que no puede ni imaginar

Los personajes de Shyamalan no tienen reparos en abrazar lo ilusorio, aún a sabiendas de que lo es, siempre que les convenga. El ejemplo perfecto de esto es el Cole de El sexto sentido. Ya desde sus primeros compases, la película nos presenta al niño viviendo una farsa constante que él mismo ha diseñado para salvaguardarse del mundo real (o físico): finge que el abusón de clase es su mejor amigo, y ha decidido dibujar arcoiris y sonrisas para que los demás no puedan saber lo que realmente anida en su cabeza. Un mecanismo de defensa probablemente heredado de Lynn (Toni Collette, Los Boxtrolls), su madre, como muestra ese momento en el que ambos simulan haber tenido un día apoteósico con el que disfrazan tanto las penurias laborales de la mujer como el ostracismo escolar que sufre el niño. Una pantomima que, pese a todo, les sirve para seguir adelante.

Pero, por mucho que se esfuerce, Cole no logra enmascarar el terror absoluto que le embarga con cada aparición fantasmal. El único refugio que le queda ante esa tesitura (ilusoria para todo el mundo, dolorosamente real para él) es volcarse, como lo hacía Joshua y como dejó de hacerlo Graham, en la religión. Cole ha construido un santuario improvisado en su habitación, y aunque sabe que las figuritas de santos nunca podrán proporcionarle la ayuda que necesita, el niño no desiste en sus rezos.

Cole es un experto de la farsa, razón por la cual los convencionales métodos pedagógicos de Malcolm Crowe no surten efecto en él. Pero Malcolm es el único personaje que puede ayudar al niño (y viceversa), precisamente, y como ocurre con los protagonistas de El Protegido, porque es su opuesto: Cole vive un engaño del que es plenamente consciente, y Malcolm uno que no puede ni imaginar. ¿Cuándo consigue el psicólogo que Cole le confiese su problema? Cuando el propio Malcolm le cuenta los suyos… enmascarados bajo una historia para dormir. Malcolm sólo logra sincerarse mediante el escudo que proporciona la ficción, y Cole le corresponde al reconocer el método que él mismo emplea. La despedida entre ambos no puede ser más elocuente: “Finjamos que volveremos a vernos mañana“. La única forma que tienen de asumir el adiós definitivo es, de nuevo, mediante una mentira.

La visita 4

Shyamalan nos advierte: puede que la evasión que proporciona la fantasía nos ayude a sobrellevar la realidad, pero hemos de asumir que es una ficción si queremos sobrevivir

¿Cómo vas a ayudarme si no me crees?“, pregunta Cole a Malcolm en El sexto sentido. La fe, entiende Shyamalan, es inherente a cualquiera. Cuidado, que no se malinterprete. No nos estamos refiriendo a una fe convencional sustentada en la religión (porque ya hemos visto el nulo efecto que esta tiene). Hablamos de fe en lo que sea: superhéroes, extraterrestres, monstruos, la simple ciencia o la esperanza de que volveremos a vernos mañana. El ser humano tiene la necesidad de creer para evitar caer en las garras de una realidad enloquecedora, y no encuentra reparos en lanzarse a los brazos de cualquier teoría que pueda encajar en sus esquemas mentales. Como Becca, que culpando a la senectud del demencial comportamiento de sus abuelos consigue dormir tranquila, o como Julian, que logra transmitir esperanza mediante datos estadísticos.

Pero hemos de andar con precaución, porque Shyamalan nos advierte de que, tarde o temprano, tendremos que hacer frente al mundo real, y sólo lograremos lidiar con él asumiendo que aquello en lo que creíamos es una fantasía (o una ficción, o una farsa). Esa es la razón de que la ola de suicidios resurja en la escena final de El incidente: los seres humanos, empeñados en dar una justificación racional a lo imposible, son incapaces de admitir que la teoría que les ayudó a seguir luchando (la noción de que las plantas eran el enemigo y podían escapar de ellas) no tenía ni pies ni cabeza. Por el contrario, sólo cuando Becca logre enfrentarse a lo que realmente es su abuela, será capaz de mirarse al espejo. Puede que la evasión que proporciona la fantasía nos ayude a sobrellevar la realidad, pero hemos de asumir que es una ficción si queremos sobrevivir al mundo tangible.

Señales 2 (Mel Gibson)

Sólo admitiendo que aquello en lo que creían es falso, son capaces los personajes de Shyamalan de comprender las propiedades terapeúticas de la fantasía

Y aquí llegamos a la importancia capital del twist final en el cine de Shyamalan. En contra de lo que muchos han pensado, nunca ha sido un mero gimmick narrativo con el único fin de desencajarnos la mandíbula, sino el paso necesario para que sus personajes pudieran ser capaces de diferenciar lo real de lo fantástico. Son epifanías, o si se prefiere un término menos espiritual, el despertar de un sueño (así lo denomina Joshua en el clímax de Los primeros amigos). Consiste en admitir que aquello en lo que creían era falso, pero que aún así les ha proporcionado la seguridad que no podían encontrar en el mundo real. Y sólo de esta forma son capaces (y nosotros con ellos) de comprender las propiedades terapeúticas de la fantasía.

En El sexto sentido, Malcom descubre que su existencia no es más que una mentira (que le ha ayudado a superar sus problemas), y sólo aceptándolo logra pasar página. En El protegido, tras un gigantesco salto de fe que ha dado sentido a la vida de David Dunn, la verdadera epifanía tiene lugar cuando averigua que lo que parecía real no es más que una ficción, una de la que ojalá no hubiese despertado nunca. El Graham de Señales consigue vencer al invasor alienígena que se ha colado en su casa interpretando las últimas palabras de su esposa (“mira” y “batea fuerte“) como una revelación divina. El propio Graham es consciente de que tales “señales” no fueron más que un fallo en las conexiones neuronales de su mujer moribunda… pero creer en semejante farsa le ayuda a asimilar su pérdida (monstruo interno) y derrotar a la criatura (monstruo externo). En el epílogo, Graham vuelve a colocarse el alzacuellos: puede que su fe en Dios no sea más que una patraña, pero al menos le ayuda a dar sentido a aquello que no lo tiene.

Shyamalan da una última vuelta de tuerca a sus epifanías con El bosque. Esta vez, el despertar no pertenece a ningún personaje relevante, ya que nadie (salvo el muy secundario guardián de la reserva) descubre la verdad que se esconde tras los muros del bosque. La revelación pertenece únicamente al espectador. Aquí, el director se está dirigiendo a nosotros, el público: ¿A que preferíais la ficción? ¿A que os gustaba más esta película cuando pensabais que los monstruos eran reales? Claro que sí, como le ocurre a Ivy, que finalmente acabará creyendo en la existencia de las criaturas… porque es mejor eso que ser consciente de que ha asesinado a Noah (Adrien Brody, El gran hotel Budapest).

La joven del agua 3 (Bryce Dallas Howard)

No hay película de Shyamalan con mayor declaración de intenciones que la que tiene lugar en el tramo final de La joven del agua

La fantasía como bálsamo vital, o el elixir de la ficción. Porque el cine de Shyamalan habla tanto de sí mismo como de la ficción en general, con especial hincapié en el género que más nos empuja a creer en lo imposible: el fantástico. Sabemos que no es real, pero precisamente por eso nos resulta terapéutico. Haciéndonos partícipes de una mentira que todos asumimos como tal, Shyamalan pretende que, al menos durante hora y media, podamos refugiarnos en un mundo que, a diferencia del nuestro, tiene sentido. Y lo único que pide a cambio es un poquito de fe.

No hay película de Shyamalan con mayor declaración de intenciones que la que tiene lugar en el tramo final de La joven del agua. Sosteniendo entre sus brazos (una vez más, la necesidad del contacto físico) a un ser procedente de un mundo fantástico, Cleveland confiesa por primera vez sus traumas más profundos. Sólo así consigue revitalizar a la ninfa acuática. Y cuando esta criatura (llamada, no lo olvidemos, Story) logra alzar el vuelo a lomos de un águila, Cleveland afirma: “Gracias por salvarme la vida“.

Así entiende Shyamalan la ficción: como una necesidad recíproca. Ansía ayudarnos, pero sólo puede conseguirlo si efectuamos el salto de fe necesario para creer en la mentira que nos ha preparado. Porque la fantasía es incapaz de funcionar si no hay alguien dispuesto a volcarse en ella. Así que la próxima vez que afilemos las uñas para recibir la nueva “ida de olla” o “tomadura de pelo” del director, haríamos bien en tragarnos nuestro cinismo y recobrar la fe en Shyamalan, el tipo que nunca dejó de creer en nosotros porque esa es su única razón de ser. Sí, puede que sea una fantasía pensar que algún día será capaz de volver a hacer una película tan perfecta como El protegido, pero al menos creer que semejante milagro es posible hará que Shyamalan tenga fuerzas para seguir intentándolo. Y pueden llamarme ingenuo, crédulo o simplemente tonto;  pero lo cierto es que a mí, con eso, me vale.

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