Silencio en la nieve, asesinos e intriga en la División Azul

Gerardo Herrero recata uno de los episodios más olvidados de la filmografía española para contarnos una enrevesada trama de asesinatos y masones.

Si repasamos con detalle la filmografía española podemos dar cuenta de las muchas adaptaciones que han recibido episodios tan oscuros de nuestra historia como la Guerra Civil. Sin embargo, es difícil hacerse con una pieza que haya viajado a las frías estepas rusas para analizar con profundidad los sucesos acontecidos allí en los años 40, un capítulo que tuvo como actores secundarios a hasta 46.000 soldados españoles luchando de un bando del que se ha renegado desde el fin de la guerra. La División Azul se ha mantenido, desde hace ya demasiado tiempo, como una aventura -si se la puede considerar como tal- sin apenas representación cinematográfica o televisiva. Silencio en la nieve pretende romper ese embargo que parece haberse mantenido desde los años cincuenta y para ello adapta una novela de Ignacio del Valle a la que es difícil no criticar -pese a no haberla leído- por su resultona superficialidad o su peculiar gusto por las sociedades secretas. En cambio, la adaptación realizada por Gerardo Herrero no es el desastre advenido que algunos esperaban y, pese a los muchos defectos que pueden deducirse, sus 114 minutos terminan por resultar un entretenimiento que justifica una premisa -la de tener a la División Azul como fondo- tan polémica como importante para nuestro cine.

Silencio en la nieve toma como lienzo los bosques y llanuras en los que estuvo destinada la División Azul. De ahí que la primera escena nos muestre un lago congelado repleto de caballos que, realmente, esconden un intrincado misterio mucho más oscuro del que ya de por sí supone contemplar a una docena de animales cuyos inertes cuerpos todavía luchan contra el hielo. La presentación de los personajes, que tiene lugar en esta tétrica escena, transmite una sensación mucho más insólita de lo esperado, y es que se hace difícil escuchar voces españolas, con sus acentos y expresiones, en plena Segunda Guerra Mundial. Aun así, el enigma que se propone con la frase “Mira que te mira Dios” es lo suficientemente convincente como para atraer al espectador y arrastrarlo a un persistente flujo de giros dramáticos y estrambóticos personajes. El problema, sin embargo, reside en la poca credibilidad que exhiben protagonistas y guionista, cuyos errores acaparan los defectos más palpables de la cinta.

Tras el prólogo en el que Arturo Andrade (Juan Diego Botto) y el Sargento Espinosa (Carmelo Gómez) son testigos del primero de una serie de asesinatos, serán requeridos por sus oficiales para investigar y dar con el culpable. El cometido del guion a partir de aquí convierte a Andrade y Estrada en dos entrevistadores que ceden su protagonismo a todo aquel capaz de revelar pistas sobre los hechos acontecidos. Este trabajo, más acorde con el de unos periodistas que el de unos detectives, revela las verdaderas cualidades de Silencio en la nieve, las de presentar a una ristra de personajes mucho más interesantes que los Andrade y Espinosa, interpretados mediocremente por Botto y Gómez. Así, Guerrita (Andrés Gertrúdix) o Tiroliro (Sergi Calleja) nos conceden las mejores secuencias de todo el metraje y, a su vez, una muestra de lo bien que podría haber funcionado la película de haber enfocado sus objetivos a otra parte. La culpa, claro, es de una historia demasiado superficial, obcecada en añadir más misterio a una revelación final que se antoja fácilmente descifrable media hora antes. Los añadidos, como los métodos de asesinato relacionados con la masonería o las improbables implicaciones políticas, no hacen sino restar autenticidad a una trama que ya de por sí era suficientemente atractiva.

Otra de las tachas que pueden achacársele a Silencio en la nieve tiene que ver con algunos géneros prácticamente metidos con calzador, como el romántico o el bélico. Por el lado romántico surge un problema muy habitual en este tipo de películas, intentan abarcar demasiadas tramas con tal de que el espectador que se sienta defraudado con una acuda a la siguiente; así somos testigos de un par de escenas en las que varios planos intentan describirnos las emociones de unos personajes que todavía no conocemos -y que probablemente no conoceremos-. Por la parte bélica, que sólo sirve para demostrar los cutres artificios del equipo técnico encargado de los efectos especiales, apenas le sirve al director para rodar un último tramo muy irregular, en el que la presentación del villano queda reducida a cenizas por culpa de una velocidad narrativa innecesaria.

El trabajo técnico, no obstante, sí dice mucho en favor de una película que tiene un encanto difícil de explicar. Sus efectos especiales o su fotografía no están entre los mejores del año y todavía vemos un esfuerzo realmente importante en cada escena, todo se atisba como un trabajo al que realmente se le ha puesto mucho empeño. La cuestión de si ha sido suficiente como para levantar al filme de la catástrofe debe ser respondida por cada espectador. Sin embargo, la sensación de sentirla tan cercana a nosotros o las labradas secuencias musicales entonadas por los soldados -que inevitablemente recuerdan a la notable Soldados de Salamina (David Trueba, 2003)- terminan por decirnos que quizá no hemos visto una película tan desastrosa, y sí en cambio una muestra de que el esfuerzo y las ganas por hacer cine pueden salvar la contienda o, al menos, invitarnos a dos horas de entretenimiento ‘a la española’.

Comentarios

comentarios

Etiquetas del artículo
More from Emilio Doménech

[Festival de Cannes] 4ª jornada, ‘Saint Laurent’ y la deuda del legado

La alta alcurnia festivalera parece tener establecida una serie de parámetros por...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *