Silencio, penitencia para todos los públicos

Tras dar muestra de su inabarcable vigor en El lobo de Wall Street, Martin Scorsese rueda uno de sus proyectos más personales. La novela de Shūsaku Endō le sirve, así, para realizar un examen de conciencia, mientras los espectadores tratan de discernir qué quiere contarles realmente… y por qué le preocupa tanto no lograr hacerse entender.

Una homilía memorable, pero demasiado apegada a lo terrenal

9 Martin Scorsese dirigiendo como Martin Scorsese
8 Interpretaciones
3 Preocupación de que el público no lo pille
4 Necesidad de que la película dure 159 minutos
6 Guión
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Martin Scorsese podrá ser muchas cosas –el mejor director en ponerle música a sus películas, el mejor director a la hora de reflejar las obsesiones fatales, el mejor director vivo sobre la Tierra, así sin más–, pero, desde luego, no es un artista sutil. Nunca lo ha sido. Ni por asomo. Y este rasgo desemboca, fundamentalmente, en que su cine suela impactar de una forma tan directa y viva. Incluso cuando dirige los que sobre el papel semejan tostones de manual, como ocurrió con La última tentación de Cristo, La edad de la inocencia, Kundun, y ahora ocurre con Silencio.

Esta manera de hacer las cosas, que mal encauzada puede caer en la sobrexplicación, la redundancia e incluso el ridículo, no es el resultado de una hipotética incompetencia –pensar algo así constituiría el verdadero sacrilegio–, sino de un modo de vivir y, en especial, de relacionarse con el medio cinematográfico. Cuando, a finales de los setenta, el director neoyorquino convalecía en el hospital al borde de la muerte y Robert De Niro acababa de ponerle en las manos la historia de Jake LaMotta, Scorsese supo enseguida cómo afrontaría la dirección de Toro salvaje: “Como un filme kamikaze”, diría. “Se pone dentro todo, se olvida todo, y luego se intenta encontrar otra manera de vivir”. Dirigir cada película como si fuera la última. Ése es el secreto de su carrera, verbalizado justo en el punto más bajo de ella porque, ni que decir tiene, Scorsese no llegó a encontrar otra manera de vivir.

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El secreto de Scorsese es dirigir cada película como si fuera la última

Una actitud que puede emparentarse sin esfuerzo con ese febril entusiasmo hacia todo lo que implica el cine–aun cuando Scorsese siempre lo haya considerado un arte inferior a la música–, y a la obsesión como brújula no únicamente de todos sus personajes, sino de su trayectoria al completo. El bueno de Marty funciona a través de accesos de locura transmutados en proyectos o esbozos de guiones; funciona a través del vivirlo todo tan a tope con la constante intención de que el espectador lo viva tanto como él. Sus mejores películas son aquéllas en las que lo consigue sin ningún tipo de problema. Las peores, por su parte, son las que no aciertan, pese a intentarlo fuertemente, a transmitir esta pasión. ¿En qué grupo, pues, se sitúa Silencio?

La respuesta es compleja. Por un lado, la segunda adaptación del libro de Shūsaku Endō –la primera, dirigida en 1971 por Masahiro Shinoda, llegó a ser exhibida en el Festival de Cannes– luce un acabado de todo punto magnífico, con una puesta en escena que podría pasar por clásica y sobria –algo prácticamente inédito en el director– sino fuera tan violenta y terrorífica al mismo tiempo; una labor, en resumen, que sólo sería posible tras muchos, muchos años al servicio del Séptimo Arte. Y las interpretaciones rallan un nivel asimismo altísimo, no sólo en lo referente al protagonista Andrew Garfield –en el mejor momento de su carrera, tras también haber sufrido bastante por culpa de Dios en la apabullante Hasta el último hombre–, pues también Adam Driver y Liam Neeson consiguen sacar oro de sus personajes pese a un tiempo sensiblemente menor en pantalla.

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Las interpretaciones de Silencio rallan un nivel altísimo

Silencio supone, en estos apartados, un trabajo incontestable… como también lo supusieron en su momento las ya mencionadas La última tentación de Cristo, La edad de la inocencia y Kundun: obras difíciles que se apartaban radicalmente de lo que Marty solía darle a los espectadores. En lugar de diversión, suspense y energía, el director neoyorquino les ofrecía –y ahora nos ofrece– algo parecido a la serenidad y la reflexión, desafiándonos a conectar con una historia que a él le tocaba de manera muy personal –ya fuera por haber leído el enésimo libro que le cambió la vida, o por su propia condición de católico atormentado–, pero que a nosotros bien podía inspirarnos la más agnóstica de las indiferencias.

Así, mientras que La última tentación de Cristo supone la irregularidad hecha película, La edad de la inocencia tiene más páginas de diálogo inane que fucks salen de la boca de Joe Pesci, y Kundun es de un maniqueísmo insultante, Silencio es repetitiva, histérica y hasta un poco simplona. Adjetivos en los que la película acaba cayendo, en primer lugar, por defecto: las decisiones tomadas en cuanto a la adaptación de la novela de Endō –fiel hasta lo suicida, como atestigua el personaje del inquisidor que en su traslado a la pantalla parece haber sido escrito por un Tarantino en horas bajas–, así como la totalmente absurda duración del filme, no podían conducir a otra cosa.

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La última película de Scorsese es repetitiva, histérica y hasta un poco simplona

En segundo lugar, y más grave, por la manera en que Scorsese, como contador de historias –o como ser apesadumbrado que confiesa sus penas–, se relaciona con el espectador. Silencio es una película donde la metáfora visual más elaborada consiste en Andrew Garfield mirando su reflejo en el agua y descubriendo que tiene la cara de Jesucristo mientras la inevitable voz en off nos informa diligentemente de que “miré mi reflejo en el agua y descubrí que tenía la cara de Jesucristo”. Y así con todo. Una película que parece no confiar ni en su premisa ni en el espectador, y que se pasa durante todo el –insistimos, totalmente exorbitado– metraje buscando la manera de hacerse entender, de justificar por qué es tan importante para Marty que nos guste su película, y que entendamos sus neuras. Hasta dan ganas, sobre el final, de darle unas palmaditas en la espalda, cuando anteriormente lo único que deseábamos era meternos unos chutes con él.

Pese a lo sonrojante de sus obviedad, y porque pese a todo está dirigida por el mismo que hizo Uno de los nuestros, en Silencio sigue habiendo cine del bueno, del de pata negra, aunque aquí se vea reducido a pequeñas píldoras muy concentradas y, por ello mismo, de una efectividad absoluta –de hecho, la escena de los crucificados y el mar podría haberse colado automáticamente entre los mejores momentos del cineasta. Y precisamente porque  hay genio, como el genio se percibe, se conserva intacto, sabe tan a oportunidad perdida el nuevo trabajo del director.

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Dan ganas de darle unas palmaditas en la espalda, cuando antes sólo queríamos meternos unos chutes con él

Como ya hiciera antes en La última tentación de Cristo –con todos sus fallos, un trabajo mucho más valiente y estimulante que el que nos ocupa–, Scorsese podría haber aprovechado para hacer un cine eminentemente personal, ensimismado, que se permitiera ser evocador, que nos diera la opción de reconstruirlo con nuestras propias herramientas para conocerle un poco mejor. Pero el bueno de Marty no ha podido, o no ha querido, hacerlo. En su lugar, no ha podido dejar de pensar en su público… aunque, al fin y al cabo, ¿no es precisamente por eso que le queremos tanto?

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