Spartacus: Vengeance, sexo y acción explícitos, decepción implícita

Tras la precuela Gods of the Arena, la serie más bestia de la televisión estadounidense vuelve con la secuela de la exitosa Blood & Sand.

Cualquier fan de la acción desenfrenada, los charcos de sangre y el sexo más explícito debería ser seguidor acérrimo de una serie como Spartacus, sin duda una de las apuestas menos arriesgadas y más satisfactorias que ha dado el cable estadounidense en las últimas temporadas. Cuando todavía la película 300 (Zack Snyder, 2007) acaparaba la atención gracias a esa épica griega al son de los cromas digitales y el rojo sangre, en el año 2010 llegaba a la cadena Starz la serie Spartacus, que contaba la conocida historia del esclavo que lideró la Tercera Guerra Servil contra la República romana. Los primeros capítulos dejaron claras las intenciones: continuos combates a espada, erotismo muy expresivo y un entramado de ambiciones políticas y sentimentales que, a pesar de que en un comienzo no despertaran el interés más oportuno o se caracterizaran por la complejidad que se suele exigir, confirme la serie avanzaba el juego de traiciones se tornaba más intrincado y cualquier espectador veía cumplidas sus exigencias. Se podría decir, al fin y al cabo, que Spartacus: Blood & Sand fue un rotundo éxito entre el público, que vio en ella el nuevo ‘circo’ televisivo a tener en cuenta.

Con el retiro por causas médicas de Andy Withfield la cadena decidió recurrir a una precuela en la que pudieran participar de nuevo Lucy Lawless y el sorprendente John Hannah -al que nos tenía acostumbrados por su vena cómica en La Momia (Stephen Sommers, 1999)-. El planteamiento era muy similar al de su predecesora -o sucesora, como se quiera ver-, pero ello no impidió que estuviéramos ante un entretenimiento igualmente vibrante y disfrutable; de nuevo los cimientos se sustentaban gracias a un personaje principal sugestivo, a una coyuntura de engaños e infamias dignas del politiqueo más actual y a las batallas y la fornicación más explícitos. La recaída de Whitfield -que más adelante conduciría a su dolorosa muerte- dedujo lo inevitable, la necesidad de buscar un nuevo actor que se encargara de protagonizar las temporadas venideras. Así Liam Mcintyre se adjudicaría el papel para iniciar la grabación de los diez capítulos de esta Spartacus: Vengeance, la que con total seguridad es la peor parte de la saga.

Como cualquier seguidor de la serie sabrá, Spartacus y sus compañeros consumaron su huida en el espectacular último capítulo de Blood & Sand, con lo que la búsqueda de un escondite para evitar a los romanos y la necesidad de venganza por parte del protagonista eran las principales guías de recorrido para la nueva trama. Los primeros episodios centran sus ambiciones en colocar al Pretor Glaber como el máximo enemigo, seguido de cerca por el que quizá sea el mejor villano de todos, Ashur, un codicioso y repugnante personaje que no cesará en su empeño por ver derrotados a aquellos que fueron sus compañeros en la casa de gladiadores de Batiatus. Las similitudes entre Ashur y el clásico personaje maltratado que después vierte su ira contra aquellos que no le respetaron son demasiadas como para no entender perfectamente las aspiraciones del sirio. Glaber, por su parte, apenas sobrepasa la mera solvencia como bellaco de la lid entre siervos y hombres libres. De hecho, no es de extrañar que muchos espectadores lleguen a ponerse del lado de Glaber en sus disputas particulares, pues son varios los frentes a los cuales tendrá que hacer frente a lo largo de los capítulos -sus problemas con Ilythia, la llegada de Varinius…-.

La abrumadora urdimbre de personajes que maneja Spartacus, además, puede llevar a que sean muchas las posturas que adopte la audiencia dentro de los distintos bandos. De hecho, y pese a que hay minutos de sobra para desarrollarlos a todos, la serie es incapaz de explicarnos las motivaciones de unos u otros por llevar a cabo sus cometidos. Probablemente el personaje de Lucretia sea el más complicado de asimilar hasta que se alcanzan los compases finales, e incluso entonces es difícil entender como aún llevada por la locura pudo dejarse amedrentar de tal manera por Ashur. Pero también se añaden otros problemas más adelante: la homosexualidad repentina de Agron está injustificada, el cambio de actriz para Naevia es incluso demasiado negativo y la incorporación de los germanos, que sólo saben gritar y beber, está mal insertada y apenas influye en ese conflicto interno que tanto se ha querido impulsar y que tan mal ha funcionado. Incluso la reconciliación entre galos y germanos resulta incomprensible, y gran parte de culpa la tiene el poco respeto que confiere Spartacus, cuyo liderazgo está constantemente puesto en duda -y con razón-. Claro que de nuevo en el cambio de intérpretes sale perjudicado McIntyre con respecto a Whitfield. Además, la falta de protagonismo de Doctore y Gannicus -cuya llegada es lo mejor que le pasa a Vengeance– acrecienta esa sensación de falta de un personaje fuerte y definitorio, uno que de verdad sea capaz de ofrecer esa sensación de cabecilla del grupo de esclavos.

Se podría decir, en definitiva, que Spartacus: Vengeance tiene un problema de base muy ligado al crecimiento de sus personajes y a la implicación que los mismos tienen en el continuar del argumento; un argumento que basa sus objetivos en desestabilizar al bando de esclavos y en seguir colocando obstáculos en el camino del Pretor Glaber. Dichos propósitos ni tan siquiera igualan a las sumas intrigas que vimos en Blood & Sand y en Gods of the Arena, pero al menos queda la esperanza de que el año que viene la ciudad de Roma cobrará el protagonismo que tanto merece. ¿Qué quiere decir esto? Pues la adición de nuevos personajes -han muerto muchísimos por el camino-, nuevas localizaciones en las que poder ver a Spartacus y a los suyos desplegar sus habilidades con la espada y la lanza, pero sobre todo la posibilidad de acercarnos de forma más fehaciente al funcionamiento de Roma y al poder que será capaz de asumir para derrotar de una vez por todas a los que claman ser hombres libres. Hay pues optimismo, sobre todo gracias a los sobrecogedores e intensos dos últimos episodios de Vengeance, pero que quede clara la dura crítica que se en este artículo, porque Spartacus es una serie que necesita darse cuenta de que puede ser mucho más de los que hemos visto esta temporada.

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