Steven Spielberg: Una quimera llamada hogar

Un repaso por la obsesión que recorre toda la filmografía del cineasta norteamericano

No hay más que husmear un poco en el pasado de Steven Spielberg para encontrar el rastro de huellas que lleva a un mocoso enclenque y asustadizo a erigirse en señor feudal de Hollywood. Sus inquietudes, su genio, la razón de ser de su cine; todo está ahí, en su infancia. Retrotraerse a los barrios residenciales en los que se crió, lugares edénicos salidos de un lienzo de Norman Rockwell, ayudan a entender su fijación con esa América idílica; y basta con imaginar el odio acérrimo por la palabra escrita que llega a desarrollar un niño disléxico para intuir cómo se forja el genio de un superdotado visual, capaz de poner los pelos como escarpias con un simple movimiento de cámara. Luego están, claro, sus maestros: Ford y Capra configurarán el sentimentalismo a flor de piel que tanto escama a sus detractores, mientras que David Lean y Cecil B. DeMille cimentarán su concepción del espectáculo con mayúsculas. Por no hablar de la pasión enfermiza por la televisión y los tebeos, germen de su inclinación por el fantástico, la ciencia-ficción, las aventuras y todos aquellos géneros “menores” que nutrían la serie B de la época.

Pero si algo marca de por vida al joven Spielberg es el divorcio de sus padres. Un trauma que el cineasta arrastrará durante buena parte de su vida y que dará origen a una de las figuras emblemáticas de su universo: el padre ausente. Sólo cuando, pasado el tiempo, descubra que la causante de la ruptura había sido su madre al enamorarse de un amigo de su marido (conflicto idéntico al que sufre el protagonista de Atrápame si puedes), el arquetipo del padre fantasma comenzará a diluirse, aunque sin llegar a desaparecer del todo (ahí está La guerra de los mundos para demostrarlo). El propio Spielberg lo confiesa: siguió albergando rencor hacia su progenitor incluso años después de conocer la verdad.

Esta descomposición del núcleo familiar (tal y como lo entendía un crío nacido en la década de los felices cincuenta), unida a las constantes mudanzas que puntearon su infancia, ayudan a comprender la obsesión del cineasta con esa quimera llamada “hogar”. A diferencia de aquellos que utilizan el regreso a casa como una mera convención narrativa, el último paso del viaje del héroe, en el cine de Spielberg es algo más que un simple recurso con el que finiquitar sus historias. Se trata de una necesidad vital. “Tú no sabes lo que es no tener un hogar”, le reprocha un palestino a Avner (Eric Bana, Líbranos del mal) en una de las escenas clave de Munich. Casi parece que sea el propio Spielberg el que habla aquí por boca de un secundario, dirigiéndose a todos aquellos que le recriminan su tendencia a un final feliz que siempre viene cortado por el mismo patrón.

Jaws 1 (Roy Scheider, Richard Dreyfuss) - Steven Spielberg

Para Spielberg, el hogar no es una concepción establecida de antemano; es lo que uno quiere (o necesita) que sea

Los personajes de Spielberg luchan por regresar a sus raíces: una ensoñación cándida, la idealización de un niño grande que nunca pudo tener el hogar que hubiera querido. La gran mayoría de las veces toma la forma más convencional posible: el refugio donde esperan los seres queridos tras un largo periplo lleno de peligros. Pero tampoco es menester que se trate de un lugar familiar, como es el caso del Roy Neary (Richard Dreyfuss, Parenthood) de Encuentros en la Tercera Fase, un tipo capaz de dejar atrás a su mujer e hijos (aquí se fusionan dos arquetipos spielbergianos: el soñador y el padre ausente) con tal de encontrar su sitio en un mundo desconocido más allá de las estrellas.

Algunos personajes descubren que el lugar al que pertenecían ha dejado de tener sentido para ellos y ahora su sitio está en otra parte, como le ocurre a Peter Banning (Robin Williams, Absolutamente todo), el ex-Peter Pan de Hook. Otros son capaces de adaptarse al territorio hostil en el que se ven atrapados hasta lograr transformarlo en una suerte de hogar, como Viktor Navorski (Tom Hanks, Al encuentro de Mr. Banks) en La terminal o Jim (Christian Bale, Exodus: Dios y reyes) en El imperio del sol. Y a veces puede ser sencillamente un ideal, como esa Arcadia Americana con la que sueñan el Jim Donovan (Tom Hanks) de El puente de los espías y el mismísimo Lincoln (Daniel Day-Lewis, Nine), o la regresión a la infancia que sufren los ancianos de su fallido episodio para En los limites de la realidad, la adaptación cinematográfica de The Twilight Zone.

O puede que, como en el caso de Indiana Jones (Harrison Ford, El secreto de Adaline), el único hogar sea la ausencia del mismo. Después de cuatro películas, gran parte de la vida personal del arqueólogo sigue siendo un enigma para el espectador, porque el lugar al que pertenece no es esa casa que habita en En busca del arca perdida ni la residencia natal que atisbamos en Indiana Jones y la última cruzada. El sitio de Indy, su verdadero hogar, está entre junglas, catacumbas y templos infestados de trampas.

Pero no siempre la lucha consiste en regresar al hogar. En ocasiones se trata de salvaguardarlo de la amenaza externa, ya sean escualos, alienígenas o invasores nipones. Y muchas veces el enemigo está en casa: los gerifaltes de Amity a los que preocupa más el inminente cuatro de julio que los cadáveres en la playa, los opositores a la decimotercera enmienda de Lincoln, el gobierno de Israel, el patriota enloquecido que interpreta Tim Robbins (The Brink) en La guerra de los mundos o la marea anticomunista que somete a linchamiento colectivo al único defensor de un espía soviético. Todos ellos son antagonistas perfectos para el cine de Spielberg porque comparten la misma motivación que sus héroes: proteger la madriguera cueste lo que cueste. Pero claro, los métodos difieren, porque esa madriguera no significa lo mismo para todos sus habitantes. Una muestra más de que, para Spielberg, el hogar no es una concepción establecida de antemano; es lo que uno quiere (o necesita) que sea.

Bridge of Spies 1 (Tom Hanks) - Steven Spielberg

Jim Donovan encarna uno de los roles esenciales del cine de Spielberg: el héroe dispuesto a sacrificarse con tal de que otros vuelvan a casa

A mitad de metraje, El puente de los espías ejecuta un giro que, por muy predecible que resulte, no evita que la unidad del relato se resquebraje en dos: Spielberg y sus guionistas deciden que ni el desprecio público ni el linchamiento mediático son suficientes problemas para su protagonista, lo que les lleva a plantar al bueno de Jim Donovan en el convulso Berlín de la época. Este volantazo de guión no sólo está a punto de cargarse la película al prescindir inexplicablemente del alma de la historia, la relación entre el protagonista y Abel (Mark Rylance, Wolf Hall), sino que encima se antoja un innecesario intento de convertir a Donovan en una de esas criaturas spielbergianas que, como él mismo repite incansablemente, sólo quiere volver a casa.

Una decisión cuanto menos discutible, ya que hasta ese momento el personaje había funcionado a la perfección sin necesidad de sacarlo de su hábitat natural, pero que al menos permite a Spielberg echar mano de uno de los roles esenciales de su cine: el héroe dispuesto a sacrificarse con tal de que otros vuelvan a casa. Un arquetipo que recorre toda su obra, desde el Gigoló Joe (Jude Law, Espías) de Inteligencia artificial hasta el Capitán Miller (Tom Hanks) de Salvar al soldado Ryan, pasando por el Indy de Indiana Jones y el templo maldito, el muchacho de Caballo de batalla o el difunto piloto de Always.

Pero quizás sea Elliot (Henry Thomas, Traición), el álter ego por antonomasia de Spielberg, el que mejor representa lo que esta figura significa para el cineasta. Elliot nunca logrará que sus padres vuelvan a estar juntos, pero al menos ayuda a E.T. a reencontrarse con los suyos. Esa es, al fin y al cabo, la función que ejerce Spielberg con sus personajes: ya que él mismo no puede recuperar ese hogar perdido que tanto anhela, dedica su cine a conseguir que otros lo hagan.

E.T. (Henry Thomas) - Steven Spielberg

La gran mayoría de los personajes de Spielberg pierden algo en el camino de vuelta

El clímax de E.T., con Elliot despidiendo a su único amigo, es una perfecta muestra de la sensación agridulce de pérdida que impregna todo el cine de Spielberg. Regresar a casa no es una empresa fácil, y aunque lo logren (o ayuden a otros a lograrlo), la gran mayoría de sus personajes no lo hacen ilesos. Jim acaba reencontrándose con sus padres al final de El imperio del sol, pero ya no queda en él ni un ápice de la inocencia que lo caracterizaba, y cuando Cinque (Djimon Hounsou, Fast & Furious 7), el esclavo liberado de Amistad, emprende el viaje de vuelta a Sierra Leona, descubre que su familia ha desaparecido, probablemente capturada por los esclavistas.

Tampoco Jim Donovan vuelve intacto de sus desventuras berlinesas en El puente de los espías, a pesar de que ciertos patinazos (la partitura edulcorada de Thomas Newman o esa mirada anónima de aceptación que contradice todo lo que la historia ha tratado de contarnos) parezcan indicar lo contrario. Cuando Donovan contempla a un grupo de críos saltando la valla de esa América de postal, puede percibirse un brillo de amargura en sus ojos. Es la misma desazón que hacía derrumbarse a Oskar Schindler (Liam Neeson, Una noche para sobrevivir): el recuerdo de todos aquellos a los que nunca podrá rescatar.

Es la melancolía inherente al cine de Spielberg, una prueba más de su condición de nostálgico irredento. Aunque sus personajes regresen, el viaje los ha cambiado, a veces irremediablemente. Han perdido algo en su periplo; ya no son los mismos que dejaron el hogar, y nunca volverán a serlo. No es de extrañar que algo similar le haya acabado ocurriendo al propio director: después de firmar Salvar al soldado Ryan, cuya crudeza ya anticipa lo que estaba por venir, Spielberg comenzó a adentrarse en territorios desconocidos para su cine. Un viaje del que, a día de hoy y pese a sus recientes intentos, no ha conseguido regresar del todo.

War of the Worlds 1 (Tom Cruise, Dakota Fanning, Tim Robbins) - Steven Spielberg

En la etapa más oscura de la filmografía de Spielberg, los héroes ya no regresan al hogar

Un buen día, después de casi tres décadas, Spielberg se vio incapaz de seguir ayudando a sus personajes. Los héroes dejaron de regresar al hogar. No es casual que pertenezcan a la etapa más oscura de su filmografía (a excepción de un arrebato de idealismo a la vieja usanza como La terminal): la que va desde Inteligencia artificial hasta Munich, dejándonos por el camino otras tres películas rebosantes de amargura como son Minority Report, La guerra de los mundos y (sí) Atrápame si puedes.

David (Haley Joel Osment, Tusk), el niño robot, nunca podrá volver a casa; a cambio, se le concede un falso happy end, una fantasía con fecha de caducidad tan artificial como su propia humanidad. El Ray (Tom Cruise, Misión imposible: Nación secreta) de La guerra de los mundos, en un final deudor del último plano de Centauros del desierto, logra llevar a su hija de vuelta a un hogar en el que no hay sitio para él. En Atrápame si puedes, una película cuya ligereza no logra enmascarar la profunda tristeza que palpita bajo su superficie, Frank Abagnale Jr. (Leonardo DiCaprio, El lobo de Wall Street), el estafador de las mil identidades, descubre que el único cobijo que le queda es un despacho en compañía de su némesis, Hanratty (Tom Hanks), un tipo tan solitario como él y que es la única persona que lo conoce de verdad. Y Avner, el protagonista de Munich, la película más áspera que jamás ha hecho (y posiblemente hará) Spielberg, acaba rechazando regresar al hogar que ama, pero en el que ya no puede confiar: un Israel que es el culpable de su degradación psicológica y moral.

Minority Report es la única del lote que se traiciona a sí misma con un tramo final que echa por tierra su condición trágica de noir futurista. Pese a que la película tiene todas las piezas colocadas en su sitio para llegar a la conclusión que una historia tan pesimista exigía (John Anderton sacrificándose con tal de dar un hogar a quien nunca tuvo uno, Agatha), se viene abajo en su empeño por dar un final feliz a su protagonista. Quizás Spielberg y guionistas acabaron sintiéndose culpables por todas las perrerías a las que habían sometido al personaje y decidieron que era justo concederle una redención esperanzadora, por muy patatera que esta resultase. Sea como fuere, la sensación que le embarga a uno es que el director no se ha atrevido a ir todo lo lejos que una historia como Minority Report merecía. Extraño, teniendo en cuenta que llegado a este punto de su carrera, Spielberg no parece tener necesidad alguna de cascarse una coda complaciente, pero al menos queda el consuelo (de tontos) de que tales reparos no lastraron al resto de películas de esta etapa.

The Empire of Sun 1 (Christian Bale) - Steven Spielberg

Las últimas películas de Spielberg parecen intentos demasiado desesperados por volver a ser quien era

La crónica de la espiral de venganza israelí pone un punto y aparte en la carrera de Spielberg. Tal vez exhausto de seguir indagando en los recovecos más pantanosos de la condición humana, después de Munich decide acometer una vuelta a los orígenes y así recuperar la esencia de su cine: el idealismo agridulce que siempre había caracterizado su obra. Pero tan noble intención no acaba de surtir el efecto deseado, y a fuerza de intentar restablecer la pureza de antaño, los resultados se ve aquejados de cierta artificiosidad. Lo que nos lleva a pensar que quizás Spielberg, como sus personajes, haya perdido algo en el camino de vuelta a casa.

Las películas de esta nueva etapa son, en mayor o menor medida, apreciables (sí, incluida Indiana Jones y el reino la calavera de cristal), algunas hasta notables, pero siempre hay algo en ellas que no termina de funcionar. O, al menos, no como antes. Todas (a excepción de Lincoln, que no se parece a nada que haya hecho Spielberg con anterioridad) parecen maniobras demasiado desesperadas por volver a ser quien era. Quizás haya llegado el momento de aceptar que el futuro de Spielberg, por más que él mismo se empeñe, no pasa por un retorno a las esencias, sino por retomar el camino emprendido con Inteligencia artifical: el del humanismo desencantado.

De cualquier forma, por mucho que sus intentos por volver a ser el de antes no lleguen a convencernos del todo, siempre queda algo del viejo Spielberg, hasta en sus obras más fallidas. Como cuando el niño de Nunca Jamás alisa el rostro envejecido de Peter Banning y dice eso de”ahí estás, Peter”, aún pueden encontrarse momentos que nos traen de vuelta ese olor a, como dice Daniel Lorenzo, “hora mágica y cine viejo”. Porque uno no puede contemplar la carrera por las trincheras de Caballo de batalla, la persecución en plano secuencia de Las aventuras de Tintín o la despedida entre Donovan y Abel en El puente de los espías sin sentir que ahí, bajo las arrugas, está el Spielberg de siempre: el que nos hace sentir como en casa.

Comentarios

comentarios

More from Guillermo Guerrero

Kingsman, de caballeros y armaduras

Lo siento, pero esta vez no podemos culpar a Nolan. Aunque el...
Leer más

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *