T2: Trainspotting, la nostalgia al desnudo

Danny Boyle reúne a la vieja y misántropa pandilla de Leith para darnos una descorazonadora visión del paso del tiempo que no perdona a nadie. Ni siquiera a ella misma.

De cuando el cine y el recuerdo pueden hundirte en la miseria

10 Enfoque (y coherencia de la película con respecto a él)
2 Dirección y chuminadas visuales
3 Interpretaciones
1 La gracia que dónde está, que yo la vea
4 Banda sonora
4

En una escena de la primera Trainspotting, Sick Boy (Jonny Lee Miller) le exponía pacientemente a Mark Renton (Ewan McGregor) una de sus múltiples teorías sobre la vida. De entre la verborrea y el gusto por el one liner con los que estos dos personajes imprescindibles de la cultura pop solían sazonar todos sus discursos, Renton era capaz de sintetizar la teoría de turno dentro de una única frase que cupiera en el póster de tu habitación: Todos envejecemos, dejamos de molar, y se acabó.

T2: Trainspotting tiene muchos, muchísimos, problemas, pero el más trágico de todos ellos es que no mola. En lo más mínimo. Y no mola, parece decirnos con enfermiza coherencia, porque Sick Boy tenía razón, y el envejecimiento de todos sus componentes –director, guionista, reparto al completo– ha traído consigo un singular déficit de molaridad que ha desembocado en un servidor deseando salir echando hostias de la sala apenas pasados veinte minutos de proyección. Un servidor para el que, qué remedio, Trainspotting de 1996 fue, es y lo será todo, y que sólo tenía ganas de huir al poco de empezar a vislumbrar en lo que dicha película se había convertido. O en lo que se había convertido él.

T2: Trainspotting tiene muchísimos problemas, pero ninguno tan trágico como el hecho de que no mola

Sólo reposado este primer y, es de esperar por su bien, último visionado, ha caído en que T2: Trainspotting supone la película más interesante y adecuada para entender la auténtica naturaleza de la nostalgia. Sí, ésa que el cine comercial del nuevo siglo no deja de diagnosticarnos como incurable, y que luego de diversos hitos recientes ha acabado viéndose en un callejón sin salida gracias al nuevo filme de Danny Boyle. Con veinte años transcurridos y un número cada vez mayor de voces aguafiesteras haciendo hincapié en que la primera Trainspotting no era tanto un clásico del cine como una película que surgió en el momento justo para ser generacional, T2: Trainspotting grita desesperadamente que Trainspotting fue, de veras, importante. Tanto para nosotros, como para sus derrotados personajes.

Una afirmación cuya veracidad ni siquiera aquéllos que son incapaces de no ver que la hija muerta de Sick Boy era un muñeco mal hecho discutirían, pero que, desde un punto de vista narrativo –y finalmente, como veremos, cinematográfico– no deja de tener su miga. Porque, ¿de qué siente nostalgia un irreconocible Mark Renton mientras pulveriza calorías en su máquina de correr? De cuando corría de verdad, por supuesto, y delante de las autoridades luego de haber mangado lo suficiente para su siguiente chute. Que corriera al ritmo de Iggy Pop no quita el hecho de que, bueno, fuera un yonki y ésa supusiera, a la hora de la verdad, lo único que le unía a los otros jóvenes que le seguían detrás con la lengua fuera. Sick Boy y Spud. Qué os ha pasado, colegas. Por qué dais tanto asco ahora.

Qué os ha pasado, Renton, Sick Boy, Spud. Por qué dais tanto asco ahora

Fundamentalmente, lo único que ha pasado desde entonces es tiempo. El que ahora existan Twitter, Instagram y demás idioteces no es más que un daño colateral, la materialización anecdótica de los inevitables cambios sufridos por una vida que logró sobrevivir a la adicción al caballo para encontrarse con algo más lento y tranquilo, pero paulatinamente igual de mortal: ese algo al que Renton se dirigía con una sonrisa en la cara al final de la primera Trainspotting, después de haberles dado el palo a los colegas. En éstas, no es de extrañar que Spud (Ewen Bremmer), que en T2 sigue siendo un orgulloso skagboy, sea el único personaje de la película que nos da alguna alegría que otra.

¿Qué ha sido de Renton, el antihéroe malicioso y autoconsciente cuya voz en off tantas estimulantes proclamas nos susurrara al oído? Pues que ha desaparecido, básicamente. Todo lo que en él resultaba atractivo ha sido fagocitado por Ewan McGregor y la carrera que éste desarrolló luego del filme que le diera la fama; una carrera enfocada en erigirse como el yerno ideal, el más apuesto, el más responsable. Algo que duele, duele mucho ver. Joder, si es que hasta ya ni siquiera hay voz en off.

Todo lo que en Renton resultaba atractivo ha sido fagocitado por la carrera de Ewan McGregor

¿Y Sick Boy? ¿Y Begbie? ¿Qué hay del inquietante y morboso seductor admirador de Sean Connery? ¿Qué del psicópata patético y acomplejado que interpretara Robert Carlyle sin dejarse nada dentro? Uno malvive de chantajista, ha perdido el don de la palabra, y es toreado sistemáticamente tanto por sus supuestos amigos como por aquellas chicas que en tiempos con tanto descaro e hipnótica misoginia manipulara. El otro… en fin. El otro se ha convertido en una especie de villano/coyote perseguidor de correcaminos traidores, porque no sabían qué hacer con él. Que vale, es verdad que nadie sintió, nunca, la más mínima admiración, ni culpable atracción, ni nada que no fuera despectiva hilaridad, hacia Begbie. Begbie ha sido el más patético, el que sale peor parado, siempre. Pero de ahí a que mereciera protagonizar un gag con viagras de por medio –porque, por mucho que en el nuevo siglo tengas que elegir otras cosas, hay gente ahí fuera que sigue creyendo que este subgénero de chistes siempre puede sacarte del apuro–, no sé, creo que hay un trecho muy largo. Y muy exento de ideas.

Porque venga, dejémonos de tragedias y vayamos a lo que importa: a cómo de horrenda es T2. La respuesta es mucho. T2 es terrible, dolorosa, y no tiene ni gracia ni una maldita escena acertada que haga soportable todo este inmisericorde baño de realidad. ¿Creías que, veinte años después, Danny Boyle seguiría molando como en los noventa? ERROR; ¿es que no escuchaste a Sick Boy? Danny Boyle ya no tiene ni idea de cómo hacer algo medianamente decente con la cámara, y sólo es capaz de introducir chorradillas que distraen más que otra cosa, cuando no son simples remedos de lo visto en el primer producto. Lo que lleva la movida a cotas incluso más dramáticas: ha perdido el toque musical. Si para la banda sonora de Trainspotting este director británico rentabilizó cada una de las 800.000 libras que se dejó en derechos, uno no deja de preguntarse quién carajo pensó que sería buena idea pillarse el Radio Gaga de Queen para semejante despropósito de escena.

El director ya no tiene ni idea de cómo hacer algo medianamente decente con la cámara

Siendo Danny Boyle un pobre viejo que quiere hacerse el enrollao y, en la misma línea, siendo los personajes la sombra de lo que eran, sólo queda aguantar estólido el demencial espectáculo que se despliega ante nosotros, sin intención de respetar a nada ni a nadie. Particularmente deleznable, en esto, lo de Irvine Welsh, que vuelve a hacer un cameo al tiempo de ver cómo le destrozan tanto el manuscrito original de Trainspotting como su excéntrica continuación titulada Porno, y ha de tolerar sin echar mano de su proverbial talento para el insulto que pretendan meterle cierto rollo pseudoliterario a la propuesta. Que los sucesos de Trainspotting merecerían contarse en un libro, nos llegan a decir los malnacidos. Si es que cómo no se les cae la cara de vergüenza.

Una afrenta menor, sin embargo, comparada con el constante empeño de los personajes por hacer cosas repugnantes y embarazosas; si en la original Spud hacía llover mierda sobre las caras de su novia y los padres de ésta, aquí Renton y Sick Boy (oséase, Simon) corretean por el campo en pelotillas rodeado de vaquitas. En caso de que no se perciba bien la diferencia, quizá sea mejor sorprenderse de que los repasos directos al pasado –obviamente, copiosísimos y carentes de imaginación–, no sean al final lo más penoso de todo, o que incluso la escena de clausura resulte ciertamente simpática. Nada que compense.

Sólo queda aguantar estólido el demencial espectáculo que se despliega ante nosotros

La pregunta sería, entonces, ¿por qué se ha rodado, después de tanto tiempo? Dudo que haya sido por el mismo motivo por el que Renton vuelve a Edimburgo: nadie se sentía tan vacío por dentro como para necesitar un Trainspotting 2. Pero claro. En la década de El despertar de la Fuerza, Stranger Things, Creed, Jurassic World, y tantos otros refritos oportunistas que le dan al público lo que supuestamente quiere, ¿por qué no acometer también un Trainspotting 2? Estoy seguro, por tanto, de que T2 es el revulsivo necesario para mover una cuantas conciencias y exponerlas a la vacuidad y al abismo de todo lo que nos rodea, muy al estilo, sí, de la primera Trainspotting. De lo que yo ya no estoy tan seguro es de si, sólo porque la vida sea una mierda, nos merecemos aguantar también películas de mierda.

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