Tabú, destilado de nostalgia, amor y cine

En blanco y negro, a pantalla estrecha, cuasimuda, melancólica, romántica, distanciada y única. Así es Tabú, como un "fado" hecho película

Por fin llega a nuestras pantallas la película que vendría a completar el peculiar (y bastante afortunado) tríptico de homenajes al cine mudo y en blanco y negro con el que algunos realizadores nos han obsequiado en los últimos años: tras el éxito internacional (traducido en Oscars) de aquel simpático, emotivo y algo sobredimensionado remix de Cantando bajo la lluvia y Ha Nacido una estrella titulado The Artist, Pablo Berger tuvo la mala suerte de ver relativizada su originalidad al afrontar con ese sistema una versión libre, flamenca, taurina (ojo, no pro-taurina, por mucho que algunos activistas se empeñen en boicotear la película con argumentos que revelan otra terrible forma de crueldad humana), desatada y fascinante del eterno cuento de Blancanieves (aunque estoy seguro de que a los hermanos Grimm les habría chiflado). Pues bien, llega el turno de la propuesta que uno calificaría a primera vista más gafapasta o con una acentuada sensibilidad de autor, la portuguesa Tabú. En efecto, lo es, pero esos atributos no son incompatibles, ni mucho menos, con la autenticidad y genio cinematográficos. Dentro del mencionado tríptico, Tabú ocupa de hecho un lugar privilegiado por aunar un lenguaje visual clásico, casi primitivo, con una sorprendente modernidad de forma y espíritu.

tabu miguel gomes

Presentada en el pasado Festival de Berlín con gran éxito de crítica (aunque finalmente ignorada en el Palmarés), Tabú ha sido considerada por muchos la consagración de su director, Miguel Gomes, crítico de cine reconvertido en realizador, muy aclamado en el circuito festivalero por su debut en el largo, A Cara que mereces (2004) y especialmente por su posterior trabajo, Aquel querido mes de agosto (2008), una singular historia de cine dentro del cine que sorprendió por su juego realidad/ficción. Con Tabú, que ya desde su título evoca el clásico homónimo (y último trabajo) de Murnau, Gomes sube la apuesta y ofrece un ambicioso (pero exento de arrogancias) homenaje cinéfilo lleno de significado y misterio. Si el autor de la grandiosa Amanecer se desplazó a los Mares del Sur para regalarnos otra de sus inmortales historias de amor, sobrecogedoras en su sencillez y poesía, el director portugués explora el África colonial para hablar también de pasiones prohibidas y fulgor romántico. Invirtiendo la estructura del filme de Murnau (dos partes, Paraíso y Paraíso perdido, aquí en el orden contrario), Gomes ofrece dos películas en una, sutilmente vinculadas, no sólo por uno de sus personajes, sino por la eterna búsqueda de felicidad y la terrible amenaza de la soledad.

La primera hora de Tabú transcurreen la Lisboa contemporánea, envuelta en un penetrante halo de melancolía. La amistad entre una anciana que desconfía de su criada de color (a la que acusa de practicar brujería en contra de ella) y su solidaria vecina, de profundas convicciones religiosas y socialmente concienciada, introduce en el espectador cierta intriga por el devenir de los extraños acontecimientos: de la ludopatía de la anciana pasamos al olvido que parece sufrir por parte de su hija, de ahí a la relación de la vecina con un pintor enamorado…Notas incompletas en un retrato femenino que se antoja, pese a todo, fascinante. La segunda hora, que evoca el pasado de la anciana Aurora en la colonia africana y es narrado mediante voz en off por su amante de antaño, comienza como un Memorias de África arthouse edition (“Tenía una granja en África…”) y se va perfilando como una experiencia cinematográfica inédita y estimulante, que juega continuamente al contraste y la sorpresa: la verborrea de la voz en off choca con el silencio de los diálogos (¿podemos concretar realmente los recuerdos?), las notas de folletín presentan un distanciamiento irónico, el melodrama resulta tímido, en continua lucha por evitar arrebatos lacrimógenos y la tragedia se hace comedia absurda en un abrir y cerrar de ojos . El resultado es admirable por su conquista de un tono entre romántico (tristísimo) y burlón, que tiene en la canción Be my baby su mejor representante y motor. El espectador acabo como el cocodrilo que sirve de leit motiv a la historia, con los ojos como platos, hipnotizado y extrañado por los imprevisibles vericuetos de un relato que no se parece a ningún otro.

tabu

Virtuosa e inimitable, Tabú invita a liberarse de prejuicios o ideas preconcebidas y a dejarse sorprender por una ficción que reivindica intelectualmente la pasión, aunque esta quizás sólo sea una invención creada para nuestro disfrute y emoción al otro lado de la pantalla. Suena raro, lo es, pero la recompensa es también altísima: participar del objeto cinematográfico más curioso, saludablemente desconcertante y sutilmente hermoso de la temporada. 

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