The Jinx, Serial y el storytelling periodístico

Andrew Jarecki coloca en un precipicio ético a su documental, la exitosa miniserie de HBO que ha revolucionado los medios

Hace unos meses decidí intentarlo definitivamente con Serial, el conocido podcast locutado por Sarah Koenig. Entré en la app de Podcasts de mi iPhone y ya el ranking español lo catalogaba como uno de los programas más descargados. Cogí mis auriculares, me tumbé en la cama y empecé a escuchar. El maratón me duró tres días. Lo que siguió fue una búsqueda infructuosa por dar con una medicina que apaciguara mi recién creado síndrome de abstinencia al TCS (True Crime Storytelling – Narrativa de casos reales).

Estados Unidos es el país que mejor ha acostumbrado a su ciudadanía a estar pendiente de estos casos reales -de asesinato. El amarillismo periodístico que abanderan muchos de sus tabloides, la ingente cantidad de programas de TV que recopilan los sumarios más intrincados o el incesante seguimiento que hacen de ellos las principales networks son elementos que han engendrado un género en sí mismo. Serial, en cambio, responde a un sucedáneo que mejora a los anteriores en numerosos aspectos. Dos de ellos, vitales: la empatía y el rigor periodístico -o, al menos, una intención última por salvaguardarlo.

En Serial, Koenig y sus productores se embarcan en la investigación de un caso real ya pasado por los juzgados. Tras los barrotes, un joven que durante su adolescencia fue sentenciado por el asesinato de su exnovia. Lo que sigue es un análisis de lo que aconteció entonces. Entrevistas con testigos y allegados, reconstrucción de los hechos, reexaminación de pruebas, etc. Y lo que diferencia a Serial de otros programas true crime es que su acercamiento es más subjetivo en tanto que Koenig tiene un protagonismo muy acentuado como narrador.

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Serial crea un lazo empático entre espectador e historia, hay una conversación honesta en esa ligación y el storytelling cumple todas las pautas teóricas necesarias para transmitir la historia de la forma más eficaz

El hecho de que sea la voz de Koenig la que guíe el relato, y con ella sus inquietudes con respecto al caso, sus simpatías hacia los personajes o sus ambiciones hacia los logros que pretende acometer, hace que la historia, al menos en parte, se personalice. Este cambio en el formato va ligado -aunque no necesariamente unido- a lo que el periodismo gonzo liderado por cineastas como Nick Broomfield, cuyo genial Tales of the Grim Sleeper es una obra vital para este vistazo; o productores como Shane Smith, cuyo programa de reportajes VICE on HBO es una prueba viviente del egocentrismo reporteril, ha evidenciado hasta ahora: la inmersión es un recurso imprescindible para entender esta nueva ola de storytelling periodístico.

Tomen como ejemplo el éxito de los reportajes multimedia que medios como NYTimesSBS han promovido desde hace apenas un par de años. Lo llaman periodismo interactivo, pero es en realidad una invitación al lector para que sea capaz de entrar en las historias que se cuentan. Koenig, Broomfield o Smith buscan lo mismo, pero la inmersión no es sensorial. La presunta egomanía de sus acercamientos responde tanto a una idiosincrasia generacional -lo que para mí evidencia que Broomfield, 67, es un hombre adelantado a su tiempo- como a una búsqueda de empatía. Inmersión emocional, entonces.

Mientras que Broomfield y Smith han puesto en peligro algunos de sus reportajes por culpa del personalismo con el que han teñido sus trabajos, Koenig es más reservada. Su aproximación pretende dejar claro desde el principio cuál es su objetivo, cuáles son los errores que comete por el camino y qué tiene que hacer el oyente para desentrañar los hechos que se le enumeran y explican. Koenig desvela incertidumbres tanto periodísticas como emocionales. Hay una honestidad palpable en cada episodio de Serial, mientras que reporteros como Smith o Broomfield intervienen en sus investigaciones con apuntes que forman parte de un discurso que a veces peligra con dilatarse en las historias que están contando.

Koenig tiene una línea narrativa a la que se adscribe, sabe identificar cuándo se sale de ella y se lo hace saber al espectador para que sea él quien decida qué entra y qué no entra en su propia construcción del relato. Al fin y al cabo, los periodistas tienen la labor de traducir hechos -que no verdades- y puntos de vista para que sea el público quien se encargue después de colorear a gusto el mundo en el que vive. Es decir, Koenig evidencia su estilo editorializante cuando su opinión se difumina en el caso que está tratando de contar -ella reconstruye, entrevista o analiza para contar una historia-, pero (casi) nunca deja que el espectador vaya vendado o con unas dioptrías de más. Acaso deja dudas, pero es algo que va ligado siempre a las incertidumbres reales del caso, nunca a los hechos que Koenig ha tenido en su carpeta.

La empatía se consigue entonces porque hay un humano que reacciona directamente, y junto al espectador, a la descodificación del caso. Hay en Serial un pálpito emocional tangible, Koenig mediante, en cada vuelco o punto de inflexión que la narración tiene que ofrecer. Broomfield y Smith ofrecen algo parecido, aunque sus sensibilidades no son las mismas -y aquí podríamos entrar en un debate de género que creo me supera por el momento-. La conclusión es que Serial crea un lazo empático entre espectador e historia, hay una conversación honesta en esa ligación -y con ella queda firmado el rigor periodístico- y el storytelling, la forma en la que está contado, cumple todas las pautas teóricas necesarias para transmitir la historia de la forma más eficaz (qué, cuándo, dónde), entretenida (cómo) y apasionante (por qué, para qué).

Hace poco tuve un debate con mis amigos Pedro Vallín y Pedro Moral sobre la importancia del porqué y del para qué en el periodismo. Es cierto que en muchas ocasiones la búsqueda de los porqués peligra con convertir en ficción una historia periodística, aunque en otros casos sea necesaria para hilar los hechos. No es lo mismo decir que un conductor se estrelló porque iba ebrio que, tal y como apuntó Vallín, desentrañar todos los hilos que desembocaron en el accidente del avión de Germanwings: y aquí entramos en el “tenía una depresión”, “le había dejado la novia”, etc. Entra en juego un cariz de imprevisiblidad y de provocación moral hacia el individuo que no sería tan propio del periodismo como de la literatura.

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Tenemos los mismos elementos que en Serial, incluida la participación empática del narrador, salvo por tres diferencias que socavan los logros investigadores de The Jinx

Lo que me lleva a The Jinx, la última miniserie documental de la cadena HBO que tantos think-pieces ha acumulado desde que se emitiera su finale hace ya un mes. Me lleva Serial a The Jinx porque The Jinx me hizo pensar en Serial. Y no precisamente por el género que comparten, el true crime, sino porque Andrew Jarecki en The Jinx está lejos de defender el periodismo que sí defendía Koenig en Serial.

The Jinx es un documental en el que Andrew Jarecki (director) trata de indagar en las acusaciones que desde los años ochenta se han vertido sobre Robert Durst, heredero de una de las mayores fortunas inmobiliarias de Nueva York. A lo largo de los seis capítulos en los que está dividido, Jarecki entrevista a muchos de los personajes que se han cruzado en la vida del empresario, recupera material de archivo para el establecimiento de pruebas y reconstruye mediante imágenes algunos de los hechos que acontecieron en las diferentes polémicas en las que se vio envuelto el protagonista.

Jarecki cuenta a su favor con la colaboración del propio Durst, que contra recomendación de sus abogados concedió varias entrevistas al equipo de The Jinx para poder contar su versión de las varias imputaciones que ha enfrentado desde que desapareciera su mujer -en extrañas circunstancias- en 1982.

Tal y como en Serial, en el que muchos episodios contaban con entrevistas entre Koenig y el encarcelado Adnan Syed, The Jinx hace de las entrevistas con Durst un eje primordial sobre el que pivotar pesquisas. Las incriminaciones que le hacen otros personajes se superponen con las aclaraciones o las coartadas del propio Durst. Hay aquí una guía narrativa que recibe argumentos de ambos banquillos. Jarecki ofrece al espectador lo que este necesita para abrazar la historia y cuadrarla en su contexto lógico.

Hay, además, un vínculo emocional entre Jarecki y Durst que el propio realizador evidencia en varias ocasiones (“me cae bien el tipo”, dice Jarecki). Tenemos entonces los mismos elementos que en Serial, incluida la participación empática del narrador (Jarecki), salvo por tres diferencias que socavan los logros investigadores de The Jinx -y que terminaron el mes pasado con la detención de Robert Durst-.

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Andrew Jarecki, director de The Jinx

La primera es la reconstrucción parcial de los asesinatos, la desaparición y los acontecimientos relacionados por los que fue acusado Durst a lo largo de sus últimos 30 años de vida. Jarecki hace uso del reenactment, que es un modelo de reconstrucción documental a través de actores, animación u otros estilos narrativos que trata de dar forma a hechos reales que no pueden ser mostrados en pantalla de otra forma. El problema es que hay un peligro intrínseco en la forma en la que él lo hace.

Por poner un ejemplo que me queda cercano. Cineastas como Rithy Panh o Joshua Oppenheimer han hecho uso del reenactment para la reparación de la memoria histórica en S-21 y The Act of Killing -con la que The Jinx comparte un epílogo ‘vomitivo’ similar-, respectivamente. Ellos contaban con los propios protagonistas de sus historias, criminales que no tenían problemas en actuar para mostrar cómo asesinaban o torturaban a otros en un tiempo diferente al del rodaje, pero Jarecki apenas tiene con él informes policiales y declaraciones de testigos parciales o del propio Durst, cuya sinceridad es puesta en evidencia desde el primer minuto. Y sin embargo, el director se hace eco de estas fuentes para guiar un relato que sin esas escenas se sentiría cojo y estéticamente mucho menos espectacular.

Porque, y permítanme el receso, el hecho de que estas secuencias tengan un valor estético tan importante y se haga un uso tan excesivo de ellas -no he contado las veces que vemos caer a una víctima tras recibir un disparo, pero no descarto la decena- le otorga a The Jinx una etiqueta pornográfica difícil de justificar salvo que para aterrorizar a los espectadores más susceptibles.

Aunque el problema real radica en cómo el reenactment funciona como dedo acusador y no como simple conductor narrativo o ejemplificador de acontecimientos, que es donde The Jinx más se beneficia de ello. Es decir, está justificado que Jarecki reconstruya con imágenes un timeline narrado por Durst y luego destruya esas mismas imágenes conforme otros refutan la crónica del mentiroso porque hay una relación directa entre imagen y narración y porque las imágenes ayudan al storytelling y a la inmersión del espectador en la historia que se está contando. Ahora, si un personaje está elaborando una teoría sobre cómo Durst viajó de tal sito a tal sitio para asesinar a una persona y el reenactment muestra a un conductor con un parecido asombroso en el físico con Durst haciendo ese mismo trayecto, la reconstrucción con imágenes pasa a convertirse en un elemento parcial -y por tanto injusto- que manipula al espectador. The Jinx pierde su honestidad y el rigor periodístico, su conciencia.

La segunda pega de The Jinx va ligada a la pretensión última de sus creadores, incluido el ya tan traído Andrew Jarecki. Hay que tener en cuenta que Jarecki dirigió Todas las cosas buenas, una película de ficción basada en el matrimonio de Robert Durst que protagonizaron Ryan Gosling y Kirsten Dunst. En la realidad, Kathleen (Durst) McCormack está desaparecida y nadie sabe si viva o muerta, mientras que en el filme es asesinada a manos de su marido. Durst vio la película, llamó a Jarecki y ambos concertaron una entrevista que desencadenaría la producción de este documental -algo que se toca de pasada en The Jinx-.

Tenemos por tanto a un director y a un productor (Marc Smerling fue el guionista de Todas las cosas buenas) que ya habían juzgado a Robert Durst en la ficción con su película en 2010. Y The Jinx empieza sin embargo con referencias al cuerpo desmembrado que conectó a Durst con el asesinato de Morris Black en 2001 en vez de a cómo empieza todo el entuerto (Durst contactando con Jarecki). Es evidente que es un primer capítulo más sensacionalista que honestamente directo, pero no deja de ser un problema.

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Hay en The Jinx un cometido evidentemente dramático y sensacionalista en el timing con el que se han desarrollado los acontecimientos

De lo que no se priva Jarecki es de mostrar sus dudas o su simpatía hacia Durst (lo comentábamos antes: “me cae bien el tipo”, decía Jarecki). El hecho de que lo haga personaliza el relato y le otorga un nuevo cariz al documental. ¿Cuál es el objetivo de The Jinx, entonces? ¿Saber a quién me estoy enfrentando, qué es lo que creo sobre el caso y cómo puedo llegar a entender lo que hizo Robert Durst? ¿O hacer todo lo que esté en mi mano para detener a esta persona que creo que es culpable y recibir los méritos por su captura? Já. Volvemos a la egomanía del periodista. Pero, ¿es Jarecki un periodista?

Refería antes a algo que hacía de verdad apasionante a Serial: el hecho de que Sarah Koenig preguntara tantas veces ese ¿por qué? Una historia no puede evitar hacer esa pregunta. Un periodista, quizá sí, pero dependiendo de hacia dónde quiera ir el relato. Y es algo que sobresale con mayor prominencia en el último episodio de The Jinx. Jarecki planea hacerle la pregunta del porqué (asesinó a Susan Berman) a Durst en la última entrevista y sin embargo termina por no hacerla. La cuestión es, ¿la omite porque Durst no es capaz de admitir sus crímenes y la pregunta ya no tiene sentido en el ordenamiento periodístico de la entrevista? ¿O ha surgido finalmente el perfil vigilante de Jarecki, que está viendo los ojos de un mentiroso, ergo un asesino, al que quiere llevar a la justicia (o sentenciarlo) él mismo?

Esta entrevista que cierra The Jinx se filmó hace más de dos años, y así por tanto la confesión de un Robert Durst que ignoraba, mientras se decía a sí mismo en el baño ¿qué demonios hice? Matarlos a todos, por supuesto, que su micrófono seguía abierto. Entonces, y lejos de inacabables debates sobre la validez legal en un juicio de esa grabación, ¿por qué con esta prueba -y la carta escrita por Durst que desató esta revelación- no fue Durst detenido en 2013? Dicen Jarecki y Smerling que porque no supieron de esa parte de la grabación hasta hace unos meses, lo que me hace pensar en aquel final de Contact en el que se habían grabado horas y horas de vídeo cuando Jodie Foster apenas pasó unos segundos en el dichoso aparato que la conectó con extraterrestres. Secreto de estado, entonces.

No soy quién para juzgar los cometidos de Jarecki, Smerling, la HBO y el resto de partidos involucrados, pero está claro, y aquí viene mi tercera puñalada a The Jinx, que hay un cometido evidentemente dramático y sensacionalista en el timing con el que se han desarrollado los acontecimientos (emisión del documental -> detención de Durst). Cabe descartar así el valor periodístico del documental en tanto que aboga más notoriamente por la búsqueda de la justicia (de forma independiente), la gloria personal y el regocijo macabro que por la verdadera pretensión que debería abanderar cualquier periodista: contar una historia (y enmarcarla en un contexto racional y humano). Del porqué ya hablaremos otro día.

The Jinx agarra con fuerza a quien quiere entrar, y sin duda es parte de ese periodismo que busca comprometer al espectador en la investigación de un crimen -y el descifrado del criminal- con empatía y un nivel de entretenimiento incuestionable, pero las fallas son evidentes. Porque mentiría si dijera que The Jinx no ha saciado parte del mono de TCS que rasgaba mis ansias desde hace meses, o que acaso no ha vuelto a entusiasmarme por el debate sobre el periodismo y el egocentrismo que tanta presencia tiene en el reporterismo cultural audiovisual anglosajón, pero Jarecki y su equipo han tomado muchos riesgos y pueden acabar perdiendo. Será la ley, aquella que tanto han perseguido hasta ahora, quien acabe dictando sentencia. Sobre ellos y sobre Robert Durst. In Justice We Trust, pues.

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