The Leftovers (HBO) No quiero ser un héroe

La exitosa serie de HBO ha terminado, dando una clase magistral de cómo, por encima de lo épico, lo místico e incluso lo anodino, lo importante es el amor.

The Leftovers es una serie que reniega de si misma (me niego a hablar de ella en pasado, aunque haya terminado ayer). Más bien, la serie se niega a complacer los tópicos del género en los que parece necesitar encajar. La ficción creada por Damon Lindelof y basada en el libro de Tom Perrolta ha luchado a lo largo de sus tres temporadas contra la posibilidad de ser épica, mística y heroica. The Leftovers no quiere ser nada de eso. O más bien, sus personajes no quieren ser nada de eso. (Obviamente, Spoilers sobre el último capítulo de la temporada y la serie en general)

Lo podemos ver incluso en la evolución de su cabecera. A lo largo de la primera temporada, una cúpula pintada con personajes siendo elevados en el rapto nos introducía directamente en una historia que clamaba a los cielos. Los protagonistas gritando, exigiendo a sus Dioses una justificación. Gente desapareciendo, dolor y angustia. La música grandiosa de Max Richter, con sus coros y cánticos creaban una sensación de grandeza que provocaba en el espectador esa idea de que, en algún momento a lo largo de la serie, es probable que llegásemos a ver una Gran respuesta. El propio Openning clamaba a los cielos. Pero una vez ya metidos en harina, nadie levantaba el puño y le gritaba a Dios. Los conflictos de la familia Garvey son íntimos y personales, y nadie está dispuesto a llevar a cabo una pelea a muerte contra el destino, el más allá o el universo. Bueno, si que lo harán pero con un motivo muy claro: como queda claro hacia el final de la segunda temporada, los protagonistas (sobre todo esa bomba atómica que es Justin Theroux) sólo quieren recuperar la normalidad.

Los conflictos de la familia Garvey son íntimos y personales, ninguno quiere que se descubra lo rotos que están por dentro

No odian a Dios ni odian al destino. Sus conflictos son internos y quieren dejarlos dentro de si, bien escondidos. Superarlos sin que nadie sepa que han estado y continúan estando absolutamente destrozados por dentro. Pero al hacerlo, se niegan a convertir su viaje emocional en algo épico o místico. El ejemplo más claro en la primera temporada es el propio Kevin, que comienza a padecer sonambulismo, alucinaciones y ver cosas que en realidad no están ahí. Kevin no abraza ni rechaza estos sucesos, simplemente trata de evitarlos, encontrar una manera de eliminarlos de su vida por todos los medios posibles. No quiere una solución magnífica a sus problemas ni una batalla a muerte contra los monstruos que le atormentan. Simplemente quiere estar bien. Ser feliz. Y esto era un problema que ya tenía antes del 14 y lo continuará teniendo mucho después. No busca significado, no quiere una gran revelación. Simplemente quiere mejorar. Eso no tienen nada de épico. No encierra ningún enigma. No hay un villano ni un monstruo. Es la lucha más sencilla, la más importante y la que más ansiedad provoca.

La segunda temporada amplía esta idea de una manera genial. El cambio de cabecera a una especie de imágenes de Photostock bellísimas con algunos personajes convertidos en galaxias y estrellas nos va dejando claro que probablemente esto va a ir acercándose cada vez más a una serie normal en la que incluso se va a banalizar con la idea del rapto. La segunda temporada cambia de localización y pasa a tomar una importancia vital la geografía. O al menos desde el punto de vista de la conspiración. Y es que The Leftovers sabe que existe en el mundo “real” y que los fans de la serie están casi tan desesperados por respuestas a la gran pregunta de la serie (¿Que pasó con el 2% de la población mundial?) como lo están los protagonistas de la serie. Por eso, poco a poco la serie va soltando detalles, pequeñas ideas desperdigadas que quizá sean piezas de un puzzle más grande de lo que podemos llegar a ver. Otra cosa es lo que los protagonistas hacen con ello. Para muestra, un botón:

El capítulo Lens (sexto de la segunda temporada) abre con un científico tratando de establecer la diferencia entre Causalidad y Correlación. Como ambas ideas no son complementarias. Para cuando volvemos a encontrar a este personaje, está entrevistando y tomando muestras de Nora (Carrie Coon absolutamente fantástica), que básicamente le cierra la puerta en las narices. Hacia el final del capítulo descubrimos qué es lo que está pasando. Existe la teoría que dice que la protagonista puede ser una “lente”, una persona alrededor de la cual la gente simplemente desaparece. Ese es el motivo por el que toda la familia de Nora (marido y dos hijos) desaparecieron el fatídico día del rapto. Es más, añade una voz anónima en el teléfono al oído de Nora: saben porqué ella es una “lente”. De acuerdo a su teoría, la protagonista es la encarnación en la tierra del demonio Azrael. Los investigadores ya han contactado con el vaticano… Y Nora cuelga.

Los personajes de la serie no son héroes. Son personas reales que niegan la llamada delo fantástico

Nora descarta la idea rápidamente y con una carcajada (y después lágrimas) para continuar con su día. Porque The Leftovers transcurre en el mundo real. Porque las explicaciones que podrían convertir a la serie en una locura maravillosa, frenética y apasionante sobre demonios, ruinas egipcias y tiroteos no son reales. Porque los personajes de la serie no son héroes. Son personas reales que niegan la llamada del héroe. Porque se siente humanos. Sin embargo, poco después de que se plantease la posibilidad de que quizá Nora era un demonio, internet estalló con teorías que barajaban la posibilidad. Un hilo de Reddit, entradas en blogs sobre la serie, todos los fans de la serie comenzaron a establecer vínculos entre Nora y el demonio. Y lo peor es que no están faltos de razón.

Para la segunda temporada de la serie se contrató a Reza Aslan, un experto en religión que discretamente fue colocando a lo largo de la temporada elementos religiosos, simbólicos, algunos más obvios que otros. La teoría de que Nora pueda ser un instrumento diabólico en la serie resuena hasta la primera temporada, con detalles (canciones, gestos, libros) y forma un caso apoyado en pruebas circunstanciales en favor de la idea de que algo sobrenatural está pasando. Y este es sólo uno de los muchísimos elementos surreales que pueblan la serie, especialmente la segunda temporada. Ni siquiera cuando la serie decide romper por completo con la fantasía y atravesar al “otro lado” se permite ser todo lo épica que podría ser.  Prefiere apostar por sentimientos, simplicidad, y unos actores que se dejan la piel en unas escenas que podrían parecer patéticas, pero que esconden una fuerza increíble.

En la tercera temporada la serie parece girar un poco su rumbo. Ahora está permitido lo fantástico

Sin embargo, esta tercera temporada parece querer empezar a girar hacia lo fantástico. El viaje a Australia, la posibilidad de “llegar al otro lado”, el chamanismo y las canciones… con el séptimo aniversario del rapto a la vuelta de la esquina cada uno de los personajes se ve envuelto en tramas que rozan la locura, ideas absurdas… que abrazan sin problemas. ¿Porqué? Creo que la respuesta se encuentra en la figura de los Culpables Remanentes. O más bien en Patti Levin (interpretada por esa titana que es Ann Dowd). Unos adversarios claros en la primera temporada, en la segunda la figura de Patti se ha convertido en algo más terrorífico, en un pensamiento tóxico y peligroso dentro de la mente del propio Kevin. El conflicto pasa de ser externo a interno, y para la tercera, Patti tan sólo hace acto de presencia en ese Sub-Mundo en el que Todo está en juego: El futuro de la humanidad y el alma del propio Kevin. Patti es realmente el adversario que conduce la historia (tanto en un nivel físico como espiritual). Y en esta tercera temporada, lo espiritual y lo épico tienen un papel definitivo. Ya son innegables.

Pero si algo nos ha demostrado el último capítulo, es que realmente, The Leftovers no trata sobre lo épico. Ni lo simbólico. Ni lo real. The Leftovers trata sobre el amor. Sobre Nora y Kevin. Sobre el instinto de superviviencia, sobre el deseo de morir. Sobre cómo sólo unidos podemos convertirnos en algo mejor. Sobre querer a otra persona. Sobre que nos quieran y sobre cómo eso nos puede hacer mejores.

¿Supone esto un paso atrás en la historia? Me niego a responder esta pregunta con el final tan fresco en la memoria. Dentro de tres o siete años, repasaré la serie, y probablemente veré que todo este artículo estaba equivocado. Por ahora, lo que si sabemos es que Lindelof ha asegurado que la gran mayoría de las preguntas tienen respuesta, y que esta tercera temporada es la última. Para cuando se funde por última vez a negro la pantalla, los “restos” ya no estarán aquí. Habrán desaparecido por completo. Y no será épico, ni sublime, ni magnífico. Simplemente, será.

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