The Turin Horse, el insoportable peso de la vida

Bela Tarr se retira del mundo del cine con una película que nos sumerge en la rutina de una familia durante seis días. Cine palomitero en estado puro que emocionaría a Michael Bay.

“Bela Tarr anuncia su retirada” es un titular que nos encontramos en las principales cabeceras del mundo cuando el director húngaro dijo que no volvería a ponerse tras la cámara. La bolsa descendió hasta límites históricos, subió el precio del pan. Pedro Piqueras abría el telediario de esa noche anunciando el fin de los tiempos, matizando que no lo decía él (que también), sino que este sería el tema que iba a tratar la última película de Tarr, The Turin Horse.

Lo cierto es que esto prometía bastante, no solo por añadir otra visión muy particular del fin del mundo, tema al que directores como Lars Von Trier, Abel Ferrara o (mas sujeto a interpretación) Terrence Malick, se han abonado últimamente. Allí donde Von Trier nos situaba entre dos hermanas totalmente opuestas y Ferrara nos introducía a una pareja encerrada en su piso, Tarr parte de un famoso hecho histórico/anecdótico. El momento en el que Nietzsche se lanza al cuello de un caballo azotado por su amo en plena calle de Turín, momento desde el cual el filósofo cayó enfermo durante muchos años en los que se deslizó lentamente hacia su muerte.

Como eso ya lo sabíamos todos, Tarr opta por contarnos lo que no sabemos. ¿Qué pasa con el caballo? Todo esto está narrado en un prologo por una voz en off, y enseguida pasamos a un plano del caballo arrastrando un carro con un gran esfuerzo, ante las acometidas de su brutal amo. Esta secuencia es sin duda, lo mejor de la película, porque en ella vemos todos los elementos del cine de Tarr que a mí me cautivaron en The Man From London. Es un plano secuencia de cuatro minutos en el que la cámara no para de moverse, creando una composición visual realmente bella que se fija en varios detalles desde distintas posiciones. El principal, el tremendo esfuerzo que hace el animal para cumplir su tarea. Viendo esto, no hay duda de que Tarr es uno de los directores más originales en cuanto a estilo visual, que sabe envolverte con la oscura música que acompaña al carromato.

El problema viene después. Lo que cuenta Tarr es la rutina miserable del dueño del caballo, un señor de 58 años, y su hija, durante unos insufribles seis días en los que vemos a esta familia hacer las mismas cosas aunque de manera distinta. Ir al pozo a sacar agua, vestirse, comer, siempre una patata asada que el padre come con una rapidez inquietante mientras que la hija se toma su tiempo. Todo con la misma música que se hace pesadísima y sin prácticamente diálogos en los que se intercambien palabras que no sean monosílabos. La supuesta rutina se ve cortada por la actitud de la yegua, que no quiere trabajar a pesar de los azotes de su amo, dejándonos recorrer solo un espacio con tres puntos clave. El espacio es la finca aislada tras la colina. Mas allá no vemos nada ni sabemos si existe algo, aunque es de suponer que así es, dado que el padre necesita el caballo para ir a algún sitio (no se sabe dónde), y a mitad de metraje aparece un grupo de gitanos que llegan atravesando la colina. Los tres puntos clave, la casa, el establo y el pozo. En estos espacios, el viento tiene un papel fundamental. Un viento poderoso, indomable, que presagia un destino fatal.

Todo el párrafo anterior y su contenido es el problema. ¿Qué tiene la película para provocar que me emocione, cuál es su historia? Tarr ha declarado que no está interesado en problemas sociopolíticos, lo que le interesan son las historias humanas. Pero es que aquí no veo ningún tipo de historia humana, las cosas que acontecen a lo largo del metraje no provocan ningún tipo de interés. El cine siempre ha sido un acto vouyerista, personas mirando con atención y curiosidad lo que les pasa a otras personas, pero normalmente los acontecimientos a los que se enfrentan esos personajes enganchan, captan tu atención. The Turin Horse es el vouyerismo llevado al extremo, casi rozando la enfermedad. El director no para de despachar planos secuencia que incluso me parecen feos visualmente, de documental cochambroso. Veo personajes indiferentes ante situaciones indiferentes, en ocasiones con una iluminación pobre. O sea, veo por el simple hecho de ver, porque se ha convertido en una adicción. Posiblemente ese sea el motivo por el que Tarr haya decidido abandonar el cine, porque él mismo se ha dado cuenta de su problema y cree que es conveniente una rehabilitación. Creo que tiene un futuro brillante en el mundo de la fotografía y en el del ensayo.

Aún con estas, parece que la película ha gustado a mucha gente, incluso se llevó el Gran Premio del Jurado en el Berlinale del año pasado. Espero que a sabiendas de que Tarr se retiraba y debían premiar su trayectoria de algún modo. Solo había visto anteriormente The Man From London de este director y me niego a admitir que su cine sea siempre tan aburrido, porque esa película tiene una historia interesante, con una critica social devastadora y un planteamiento visual brillante. Se pueden ver cosas de ella en The Turin Horse, como la falta de dialogo, la música repetitiva, el blanco y negro predominante (que en su anterior película funciona perfectamente para envolverte en su oscuridad y aquí no aporta nada mas allá del sello del director).

Ayer nos proyectaron en clase 2001: Una Odisea del espacio, film que presentamos una compañera y yo. Cuando quedaba poco para el final, justo en la parte del viaje astral, o momento LSD, un compañero me dijo: “de verdad que te envidio porque te guste esto, pero es que yo no lo soporto”. Eso es lo mismo que diría a los tipos que me dijeron en Sitges (donde se proyecto el film en un único pase al que me quede con muchas ganas de asistir) que les había encantado. Aunque creo que la palabra correcta es admiración. Por cierto, daría lo que fuera por organizar un pase a mis compañeros de clase de The Turin Horse, vistas las reacciones que desató el film de Kubrick.

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