Maguire v Garfield v Holland: ¿Quién es el mejor Spider-Man del cine?

El año pasado asistimos al nacimiento del tercer Hombre-Araña en menos de diez años, un sorprendente Tom Holland que hoy protagoniza 'Spider-Man: Homecoming'. Sin embargo, una vez vista la nueva entrega de ese Universo Cinematográfico de Marvel que tan ufano se muestra de haberle atraído a su seno, ¿cómo le sientan las comparaciones? ¿Qué Spider-Man de todos los que hemos visto es verdaderamente el mejor?

De entre todos los justicieros que hay, y que he tenido oportunidad de conocer en el cine –medio prácticamente exclusivo en el que encuadrar mi experiencia superheroica, para qué nos vamos a engañar– sin ninguna duda es Spider-Man, aquél con el que he sentido más afinidad, y hacia el que me ha atado un mayor cariño. Por supuesto, Batman es un personaje mucho más interesante, Iron Man un cachondo, y Lobezno demasiado guay como para atreverme a no mencionarle, pero por encima de todos siempre está Spider-Man. El bueno de Spidey. Y no por una cuestión de poderes, o de estética: el tema de las telarañas y de su uniforme inextricablemente molón ayuda bastante a la hora de confirmar su estatus de favoritísimo, pero no es sólo eso. El secreto de Spider-Man está detrás de su máscara. Está en Peter Parker.

Que es un personaje tímido, empollón, sin suerte con el amor, huérfano, pobre, desgraciado, trágico. Un personaje con el que todos nos podemos identificar en mayor o menor medida, y partir de una base reconocible desde la que contemplar las extraordinarias hazañas que acomete… y cómo éstas van repercutiendo en su vida diaria, y consiguen hacerle las cosas aún más difíciles. Sí, Peter Parker es un desgraciao, y por eso me gusta. También conoce los sinsabores del freelance y se enamora de chicas pelirrojas. Cómo no me va a gustar, y como a mí, a muchos como yo. Cómo no vamos a erigir a Spider-Man como el superhéroe del pueblo, nuestro amigo y vecino, y cómo no vamos a asistir religiosamente al cine cada vez que una maniobra de los estudios vuelve a colocarle en pantalla con un rostro nuevo, pero la misma mala suerte. El primero de todos tenía el rostro de Tobey Maguire, y le gustaba llorar más de lo prudente.

Peter Parker es un desgraciao, y por eso nos gusta

La fase Raimi

Puede que, en pleno 2017, aún estemos lejos de llegar a comprender la importancia que tuvo el Spider-Man de Sam Raimi para la historia del género. Tobey Maguire debutó como el carismático superhéroe hace quince veranos, protagonizando una de las más grandes apuestas de Sony, y una película que sencillamente sería imposible de realizar hoy en día, debido más que nada a su pronunciada vocación autoral. Este Spider-Man era de Sam Raimi tanto como Batman había pertenecido a Tim Burton y Joel Schumacher, o la Patrulla X a Bryan Singer apenas un par de años antes.

El firmante de películas tan heterogéneas como Darkman (1990), Rápida y mortal (1995), Ola de crímenes, ola de risas (1985, con guión de los hermanos Coen) y la trilogía de Posesión infernal (1981/1987/1992), contaba con el respaldo multimillonario de los productores y un respetuoso guión de David Koepp pero, sobre todo, contaba con sus ganas de divertirse. En base a éstas dirigió una visión del personaje enormemente estimulante y de irrepetible brío visual, que se las apañaba para ser entretenida incluso cuando el protagonista no se enfundaba el traje hasta pasada cerca de la hora de película.

La primera Spider-Man sería imposible hoy en día debido a su pronunciada vocación autoral

Raimi pagó, así, el obligado peaje de las historias de origen –que en ciertas ocasiones ha llegado a desbaratar películas enteras, como en el caso del segundo reboot de Los Cuatro Fantásticos (2015)–, echando mano de su imaginación visual y su sempiterno sentido del humor para hacerlo todo más llevadero. El componente divertido, indivisible del personaje comiquero, se extrajo del contexto del protagonista, antes que de su propia vis cómica: Tobey Maguire no era ni será nunca el típico chulo arrogante que podría permitirse hacer bromas, sino más bien un chico torpe y sensible dándose de bruces constantemente contra un mundo cruel y despiadado. En función a este contraste se dibujó el primer Spider-Man cinematográfico, y se dibujó muy bien.

La película del 2002, asimismo, rodeó a Peter Parker de una serie de personajes secundarios que servían tanto para ahondar en la diversión –como es el caso de un espléndido J.K. Simmons en el papel de J. Jonah Jameson, editor del Daily Bugle– como apuntalar el drama, encontrándonos con una serie de personas no superheroicas llenas de traumas: Mary Jane Watson (Kirsten Dunst) y su maltrato doméstico, Harry Osborn (James Franco) y sus carencias afectivas, tía May (Rosemary Harris) y su recién acuñada viudez… La predisposición de Spider-Man al melodrama era tan notable y tan buscada –no en vano acababa con un cliffhanger totalmente culebronero– que tuvo toda la lógica del mundo que Spider-Man 2 (2004) se convirtiera en la comedia romántica agridulce que fue, por un lado, y Spider-Man 3 (2007) acabara siendo un absoluto sindiós, por otro.

Peter Parker se rodeaba de una serie de divertidos personajes secundarios

Deteniéndonos en Spider-Man 2, estas concesiones al diálogo declamado y las lágrimas no redundaron en que rápidamente el segundo film de Raimi fuera considerado como superior a la entrega precedente, y hasta llegar a Spider-Man: Homecoming ha mantenido su estatus como la mejor película arácnida. Las razones son sencillas de desentrañar a los pocos segundos de que comience la proyección, y asistamos a cómo el afligido Peter Parker trata de compatibilizar sus actividades justicieras con el reparto de pizzas para ganarse el dinerillo: Spider-Man 2 no es la entrega que más y mejor ha humanizado al personaje –porque sí, Spider-Man: Homecoming enarbola logros semejantes– pero sí es la que se vale de ello para convertirse en la más emotiva, y la más arriesgada. ¿En qué otra película de superhéroes te meterían el Raindrops keep falling on my head de B.J. Thomas ambientando la alegría de Peter tras haber perdido sus poderes por lo que parece, pero nunca se llega a definir, una crisis de confianza? Sólo podría haber funcionado en una película como esta.

Lo que no quiere decir, claro, que Spider-Man 2 concediera preponderancia a este drama de personajes en detrimento de las escenas de acción; hay que tener en cuenta que Superman Returns no se estrenaría hasta dos años después. De hecho, la saga tocó aquí una especie de techo tecnológico, compatibilizado con un CGI mucho más arriesgado que, en consonancia, cantaba bastante más que lo visto en la película anterior, pero también con una ostentación a la hora de plantear las set pièces que logró que prácticamente cada una de ellas fuera recordada muchos años después –e incluso homenajeadas sin reparo alguno en Spider-Man: Homecoming. Se obró, pues, el milagro y la eterna facha de perdedor de Tobey Maguire fue el recipiente más apropiado para contar una historia bastante más compleja –la configuración del personaje del Doctor Octopus, y su relación con el propio Peter– e íntima de lo que podríamos asociar a una secuela rodada en tiempo récord para aprovecharse del rebufo. Al tiempo, lo que es más importante, que lograba no caer en los excesos de Christopher Nolan y su saga de El Caballero Oscuro. Este Spider-Man estaba triste y grave, pero sabía divertirse… y por eso es tan reivindicable el trepamuros que nos entregara el denostado Tobey Maguire.

El trepamuros que nos entregó Tobey Maguire es muy reivindicable

 

Llegó la locura

Spider-Man 2 acabó también con un cliffhanger asesino que nos llevaría posteriormente a una de las mayores debacles del género, y a la película, a título personal, con la que entendí que el cine podía, a veces, ser una cosa muy mala. Queriendo concluir la trilogía por todo lo alto, Sam Raimi se desmelenó y nos entregó un film totalmente delirante que cogía las características más definidas y encomiables de la saga –la importancia de los personajes, el humor, el drama, el amor, el CGI patatero– para retorcerlas hasta cambiar totalmente su significado y conseguir abrazar el puro esperpento.

Por encima de la sobredosis de villanos, de las escenas de acción terribles y del vergonzoso recurso de secuestrar a Mary Jane por tercera vez, Spider-Man 3 espantó y repugnó a los espectadores por su falta de vergüenza –que según cierto rasero, que no es el mío, podría ser hasta valiente y reivindicable– a la hora de, en lugar de hacer humor a partir de los personajes, hacerlo a costa de ellos, convirtiéndola en una comedia negra por la que nadie pagaría donde la conversión al mal de Peter Parker se saldaba con unos jijijajá que propulsaron la vergüenza ajena a límites nunca antes vistos y llegaron a su clímax en la escena del Parker del flequillito y los bailes ridículos a ritmo de jazz. Por no hablar del asunto del mayordomo, y la decisión tomada por un Raimi ebrio de poder de convertirle en el verdadero villano de la franquicia.

Spider-Man 3 propulsó la vergüenza ajena hasta límites nunca vistos

Pero en fin. Spider-Man 3 costó una millonada y no gustó a casi nadie –es muy posible que un día de estos se transforme en una peli de culto, no obstante–, por lo que no era de extrañar la decisión de Sony de no hacer caso tanto de la sobresaliente taquilla como del sentido común, y darle una vuelta a la franquicia. Así tomó forma el primer reboot cinematográfico del superhéroe, encomendándose la tarea al inesperado Marc Webb –director de (500) días juntos (2009)–, y siendo llamados los jovencísimos y guapísimos Andrew Garfield y Emma Stone para interpretar a la pareja protagonista.

The Amazing Spider-Man (2012) partía con la enorme desventaja de tener que compararse con una franquicia que había concluido hacía apenas cinco años y que, aunque lo hubiera hecho sumida en el bochorno, había tenido un éxito demasiado pronunciado de crítica y público. Por ello mismo, no podía limitarse sólo a ser una película correcta, que es lo que hizo, y tanto ella como su secuela están terriblemente consideradas –incluso Andrew Garfield se arrepiente de haberlas hecho, y es muy probable que de entre todos los pecados que expió en Silencio (2016) y Hasta el último hombre (2016) reluzca brillante y mortificante dicha decisión–, sin merecérselo. Aun cuando, como retrato del personaje creado por Stan Lee, dejaran mucho que desear.

ThAmazing Spider-Man no podía limitarse solamente a ser correcta

La película de Marc Webb se empeñó en retratar por segunda vez los orígenes del superhéroe, lo cual no hubiera sido tan malo si, en su esfuerzo porque no quedara como algo clónico con respecto a las hazañas de Raimi, no hubiera tomado la peor decisión posible para distinguirse: convertir a Peter Parker una especie de “elegido para la gloria”, alguien que estuvo preparado desde antes de su nacimiento para hacer grandes cosas, y dar la impresión de que la icónica picadura de araña sólo fuera un paso más en su particular camino del héroe. La subtrama de los padres de Peter, aun cuando no fuera desarrollada en su totalidad hasta la secuela y hubiera existido previamente en los cómics, echó a perder la característica más definitoria de Spidey: el que esa araña nos pudiera haber picado a cualquiera de nosotros, y cualquiera pudiera ser Spider-Man.

Este error garrafal eclipsó las virtudes de esta primera parte, que por supuesto las tenía, y en su mayor parte limitadas a la dupla que formaban Andrew Garfield y Emma Stone. La posterior ganadora del Oscar le dio una candidez combinada con una gran resolución y cierta independencia –no demasiada, por supuesto– a su Gwen Stacy, derrotando con holgura a la lánguida Kirsten Dunst, mientras que Andrew Garfield tenía como el triple de carisma que Tobey Maguire, y eso conducía con total naturalidad a, por fin, un Spider-Man burlón que disimulaba su constante desazón vital con toda clase de chistes malos. Lo que no implicaba necesariamente, claro, que fuera un Spider-Man más convincente. Andrew Garfield era demasiado guapo, y su pelo absurdamente maravilloso reforzaba lo que el guión de la película con tanta equivocación trataba de demostrarnos: que este Spider-Man molaba, pero no era como nosotros.

Este Spider-Man molaba, pero no era como nosotros

 

Regreso a casa

The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro (2014) continuó esta senda, pero se topó con un desprecio tan enfervorecido que no hubo más remedio que replantearse la estrategia otra vez. Una reacción bastante excesiva ante lo que, en realidad, no era más que una secuela correcta, lógica con los preceptos de la primera entrega –por muchos problemas que tuviéramos con ellos–, y que además se reía en la cara de Spider-Man 3, demostrando que se podía hacer una peli apañada aun teniendo excedente de villanos y subtramas.

Aún así, Sony dio carpetazo a la saga de Marc Webb –que acababa con la muerte estupendamente escenografiada de Gwen Stacy y un memorable epílogo– y comenzó a pensar en lo que haría a continuación, probablemente reflexionando sobre qué era lo que había funcionado tan mal en estas películas. Desde luego, no era la espontaneidad: la pareja encantadora y pizpireta que habían formado Garfield y Stone tanto en las películas como en la realidad había entregado los mejores momentos de la franquicia, mientras la relectura de Spidey como un héroe con cierta picardía pugnaba por hacer cada vez más ridícula la intensidad que Raimi había cultivado en Spider-Man 2. Sobre todo, porque hacía unos cuantos años del estreno de El Caballero Oscuro, y ya había quien estaba bastante cansado de esa solemnidad impostada… es decir, alguien fuera de DC.

The Amazing Spider-Man 2 demostró que se podía hacer una peli apañada con excedente de villanos y subtramas

La respuesta a estos interrogantes era sencilla: permitir que el personaje fuera utilizado por Marvel, ya por entonces ama y señora del mercado y, en definitiva, volviera a casa. Todo esto cristalizó en la prodigiosa escena de Capitán América: Civil War (2016) que tenía lugar en un aeropuerto, y que añadió al trepamuros interpretado por Tom Holland a última hora. Presentándonos no sólo al Spider-Man más joven que habíamos visto nunca en una pantalla de cine, sino también más cercano a lo que siempre habíamos asociado al personaje.

El Spider-Man de Tom Holland no sólo era divertidísimo, como el de Andrew Garfield: también era un pobre chaval sobrepasado por las circunstancias, como el de Tobey Maguire. Conciliando lo mejor de los dos, e irguiéndose como un agradecido punto medio entre el drama y la comedia, los diez minutos que aparecía el lanzarredes fueron los más estimulantes de una película, por lo demás, excepcional: diez minutos que bastaron para que muchos nos frotáramos los ojos, sonriéramos y, una vez Tony Stark (Robert Downey Jr.) trataba de convencer a un Peter Parker asustadísimo de que volviera a casa, confirmáramos que nuestra espera había concluido.

El trepamuros de Tom Holland no sólo era divertidísimo; también era un pobre chaval sobrepasado por las circunstancias

Spider-Man: Homecoming prosigue, pues, con la interpretación del personaje más completa, accesible, y fiel a nuestros deseos que hemos tenido oportunidad de degustar en estos quince años. Interiorizando todas las enseñanzas que un camino tan proceloso y desigual ha ido deparando –no te cachondees de los personajes, no te empaches con la seriedad, no te pongas pesado con las historias de origen, no tengas un pelo alienígena– la película de Jon Watts ofrece un estudio muy equilibrado del personaje que en todo momento tiene la vista puesta en el futuro, en el momento en que Spider-Man se convierta en un Vengador y los engranajes del MCU funcionen a pleno rendimiento. El film que hoy llega a nuestras carteleras es, por ello, una entrega menor desde su propio punto de partida, pero también enormemente cariñosa –las relaciones entre los adolescentes son una delicia–, divertida –ese balanceo por Queens dificultado por la escasa altura de los edificios– y, sobre todo, muy humana.

Este Peter Parker del instituto está constantemente fastidiado, viendo cómo sus actividades superheroicas acaban dinamitando su vida privada –prodigiosa en ese sentido la escena del coche, con Michael Keaton demostrando por enésima vez lo buenísimo actor que es–, pero no pierde el entusiasmo en ningún momento. ¿Cómo lo va a perder, si es el jodido Spider-Man?

Comentarios

comentarios

Escrito por
More from Alberto Corona

Mi amigo el gigante, el cuento más difícil

Resulta ya un tópico decirlo, pero abalancémonos sobre él: pocos directores hay...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *