Tres veces 20 años, a la vejez, viruelas

Una feble comedia sobre el drama de hacerse viejo enarbola a unos William Hurt e Isabella Rossellini como las mejores de sus armas.

Hay film(e)s que apestan desde su anuncio. Pasó con Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009), con ese gran reparto y un director recién salido de debajo de una piedra, con Conocerás al hombre de tus sueños (Woody Allen, 2010), con ese gran reparto y un director recién… ¿Woody Allen?, y pasa con El Exótico Hotel Marigold (John Madden, 2011), con ese gran reparto y un asesino tras las cámaras. Y para pena mía, pasa con Tres veces 20 años. Del reparto, ni una palabra: William Hurt e Isabella Rossellini no son esos personajes a los que Hollywood nos tiene acostumbrados (al contrario que los viejunos de su casi compañera de cartelera El exótico…); no obstante, sabemos por sus filmografías que son dos titanes incansables, entregados a las pequeñas historias y bendecidos con algún tipo de atracción por el fracaso. La directora, Julie Gavras, debe haberse revelado contra su padre – que sí, es Costa-Gavras – en eso de hacer buen cine. Porque lo que nos coloca ante los ojos es un patético ejercicio de reivindicación, por parte del indie más casposo, de una atención que en absoluto merece.

Adam (Hurt) y Mary (Rossellini) se quieren con ese amor que ha sobrevivido a trabajos, hijos y años. Pero darse cuenta de hasta qué edad han llegado les hace afrontar sus 60 de maneras muy distintas: Adam no quiere envejecer, mientras que Rossellini se prepara para ello con una disposición que asusta a los que la rodean. Ante estas actitudes irreconciliables, deciden separarse, en un alarde de cabezonería que les hará extremar las consecuencias de sus decisiones.

¿Bonita idea, verdad? El peso de los años, comedia sutil de tintes negros,… Pero creedme cuando insisto en que parece haber empeño por parte de todo el equipo en hacer que nada funcione. Para empezar, el guion. No es que la propia directora y Olivier Dazat firmen malas líneas. El problema es que se proponen sacar conclusiones sobre lo que vemos que son probablemente las peor conducidas en esto de envejecer. Además de un sentimentalismo cargante en determinados, momentos, encontramos cierto toque de moralina que, realmente, no propone ningún final bien esbozado. Todo queda en el aire con la sensación de que nadie ha sabido darle el peso suficiente para que aquello tome forma. Por suerte es muy fácil hacer chistes con el tema central de la película, así que esa parte la tenían ya solucionada. Apoyado por las miradas de Rossellini o las escépticas caras de Hurt, las tremebundas jocosidades consiguen cobran vuelo.

Y cómo olvidarnos de su montaje. Ese encadenamiento de planos que nunca sabe cuando tiene que alargarse o acortarse, que encaja fallos de raccord en cada escena, que deja acciones sin terminar y rompe la continuidad de los movimientos. En un abuso manifiesto de la estética del cine independiente (abuso que, por otro lado, se realiza sin tapujos, como con la feliz consciencia de estar usando clichés más manidos que el de los violines con el beso final), no hay, en el conjunto de la labor técnica, un solo asidero firme al que agarrarnos, tratando de buscar alguna justificación al esfuerzo de los actores en pantalla.

La pareja protagonista es tan espléndida como siempre, e incluso diría que hay química entre los dos, en esos momentos en que tan solo tienen que mirarse y sonreír. No podemos tampoco dejar de mencionar a Doreen Mantle, la madre de Mary, quien aporta el humor más cínico de todo el metraje en beborables e incluso patéticas secuencias. Pero ya se acabó. Los tres hijos, los amigos del matrimonio, los correspondientes líos que cada uno de ellos se buscan, todos son brillantes jarrones de los chinos que se rompen con mirarlos, en este caso, con estar pendientes de ellos un poco más de la cuenta.

Y en el pertinente apunte musical, cabe una banda sonora auténticamente vergonzosa. Por inane, por repetitiva, por tratar de copiar sin conseguirlo, y sobre todo por molesta. Reclamando a gritos presencia, una trompeta chilla a lo largo de todo el metraje sin atender a que tal o cual escena reclamen algún tipo de música que no se pueda bailar.

Pero tras un final decepcionante, una huida despavorida (no vaya a ser que en los créditos nos comamos más de esa música), y una reflexión posterior, no puedo evitar sentir cariño por lo que acabo de ver. Por el retrato del amor que envejece, por las adorables caritas de sus actores, porque la secuencia inicial me hizo reír tanto que por un momento me sentí como esos energúmenos que ríen para demostrar al resto de la sala que han cogido el chiste. ¿Conclusión? Soy consciente de haber peleado contra la manera de hacer para buscar los encantos de un film(e) que probablemente no se los merezca. Y como no podemos descartar que en algún punto uno se ríe o incluso les coge cariño, no podemos realizar un manifiesto radical en contra de Tres veces 20 años. Mi consejo es que hagan ese mismo esfuerzo, de buscarle los encantos, y a lo mejor sí que consiguen olvidarse de lo rematada (y repito que no se si intencionadamente) mal hecha que está.

Comentarios

comentarios

Escrito por
More from Manuel

Comienza el rodaje de Gods Behaving Badly con un reparto estelar

Una pareja verá peligrar su relación cuando una familia de dioses venida...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *