Un amor entre dos mundos, poca historia para tanta imaginación

Juan Solana escribe y dirige este clásico relato de amor prohibido presentado con envoltorio de ciencia ficción. Un historia manida y mal llevada ilustrada con bellísimas imágenes.

El mayor problema de las películas sci-fi es casi siempre saber equilibrar dos niveles narrativos: el de la ciencia ficción y el de la historia. Películas como Origen o Prometheus optan por otorgar tanto peso a la ciencia ficción que se quedan sin minutos para perfilar personajes tridimensionales y en su lugar nos presentan roles que cumplen una mera función en una historia mejor o peor llevada. En esta categoría se sitúa Un amor entre dos mundos, pero su director, Juan Solanas, se olvida por completo – o desconoce el procedimiento – de contar una historia con sentido.

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Un amor entre dos mundos retoma el esquema de Romeo y Julieta situando a los amantes en dos mundos con fuerzas gravitatorias opuestas, el mundo de arriba (Up Top) y el de abajo (Down Below). Las leyes físicas que regulan ambos mundos son tan engorrosas que es necesario un prólogo infumable en el que se nos explican los conceptos de gravedad inversa, antimateria, así como que el mundo de Arriba está habitado por pudientes que explotan los recursos del mísero mundo de Abajo. Lo que hay que entender es que es necesaria antimateria (materia del mundo opuesto) para poder anclarse al mundo que no es el tuyo. Pero el problema es que dicha anti-materia sólo puede emplearse por un corto periodo de tiempo antes de que se encienda en llamas.

Adam (Jim Sturgess) es uno de los desgraciados que habitan el inhóspito mundo de Down Below. Siendo niño se aventura a la montaña más alta de su mundo, que casi roza con el suelo del mundo de arriba y allí conoce a Eden (Kirsten Dunst) -muy sutil la elección de los nombre- y se enamoran. Por supuesto, el contacto entre ambos mundos está absolutamente prohibido. En uno de sus escarces románticos son sorprendidos por los guardias de arriba y en el intento de devolver a Eden a su lado viene el accidente fatal que parece terminar con su vida.

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Hasta aquí, dejando a un lado la voz/susurro-intenso en off de Sturges en el prólogo, Un amor entre dos mundos funciona más o menos. Una premisa atrevida, la de ciencia ficción, con una historia manida, pero con un potencial visual que puede dotar al filme de ese algo único para compensar el arquetipo del amor prohibido  Pero una premisa visualmente atrevida -porque incluso la escisión de dos mundos la hemos visto un millón de veces siendo el más claro referente Metrópolis – no compensa el despropósito que es el guión.

El libreto, firmado también por Solana, incumple una de las reglas básicas de la narración: no avanza por causalidad sino por una serie de loquísimas casualidades. Las casualidades no chirrían en el primer acto, son aceptadas al inicio de la historia sobretodo si tienen efectos negativos para el protagonista, pero a partir del segundo acto empiezan a molestar y Un amor entre dos mundos construye todo su medio con casualidades aberrantes. Y el tercer acto resulta irrisorio, literalmente provocó carcajadas en mi.

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Diez años pasan sin que Adam sepa nada de Eden y en ese tiempo se ha dedicado a experimentar con el polen rosa de las abejas (no comment) para crear una crema anti-arrugas que funciona invirtiendo la gravedad. Hasta que un día Adam ve a Eden en la televisión y se entera de que está viva y trabaja en TransWorld, una corporación cuya sede es el único edificio que conecta ambos mundos. Y Adam tiene su objetivo: reunirse con Eden. No sabemos cómo consigue ser contratado en TransWorld para desarrollar su crema anti-arrugas. Allí le proporcionan antimateria con el objetivo de continuar su investigación pero Romeo la va a emplear para construirse un chaleco que le permita anclarse al mundo de Arriba para reunirse con su amada. Tras una serie de peripecias y con la ayuda de Bob (Timothy Spall) consigue su objetivo pero ¡Oh! Eden tiene amnesia como consecuencia de su accidente. La amnesia es un recurso tan vinculado al culebrón que si no es usado con cautela y como premisa canta a truco barato. Y peor resulta jugar con los mecanismos que pueden terminar por traer de vuelta la memoria.

A partir de aquí Adam tendrá que volver al mundo de Arriba para conquistar al amor de su vida arriesgando su vida en cada encuentro. Unos encuentros absolutamente vacíos. Los diálogos entre los personajes y la falta de química entre la pareja nos hace cuestionarnos por qué estos tienen un amor épico. Sturgess se pasa todos el film poniendo ojitos de cordero degollado mientras Dunst no puede más que esgrimir una sonrisa tonta para estar a la altura de la profundidad de su personaje. Las escasas intervenciones de Timothy Spall son un impás en la estática dinámica de los amantes, una pena que tenga tan pocos minutos en pantalla.

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Aunque Solana deja claro que lo suyo no es la narración sí que es un genio en la realización. Visualmente el filme es impresionante, con un diseño de producción bestial y una labor tras la cámara muy trabajosa. De hecho, una simple conversación entre personajes de mundos opuestos requiere una excelente planificación. Hay secuencias que están a la altura del arte, como la caída de Adam al mar o los planos del Café de los Mundos, donde hay bailarines en el suelo y en el techo. Simplemente magistral. Pero nada de esto compensa la gran boñiga que es Un amor entre dos mundos.

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