Una vida en tres días, inverosímil amor a tres bandas

Kate Winslet y Josh Brolin protagonizan la última película de Jason Reitman (Juno, Up in the air), que ha dividido a crítica y público

La carrera de Jason Reitman parece una montaña rusa. De películas más que acertadas como Juno o Up in the Air, el canadiense pasa a auténticos fracasos como Young Adult o Una vida en tres días, su última película hasta la fecha.

Este intento de melodrama fallido narra la historia de Adele, divorciada, con un hijo adolescente, sumida en la depresión y con la autoestima por los suelos. En una de las pocas salidas de la madre y el chico al supermercado, durante el fin de semana del Labor Day, irrumpe en sus vidas un presidiario fugado de la cárcel para cambiar sus destinos, de forma ridícula, para siempre.

Kate Winslet (Titanic, Revolutionary Road) da vida a la desgraciada Adele, un personaje sin carisma alguno y que, sorprendentemente, le valió la nominación al Globo de Oro. La actriz británica repite un registro en el que se está encasillando peligrosamente, porque resulta difícil empatizar con ella y, sobre todo y desgraciadamente, creerse su drama personal y la repentina recuperación sentimental. Puede hacerlo mejor y más convincente, como ya hiciera en la curiosa Olvídate de mi.

LABOR DAY

Acompañando a Winslet se encuentra Josh Brolin (No es país para viejos, Los Goonies), que se mete en la piel de Frank, el preso prófugo que cambia las vidas de Adele y su hijo en solo tres días -algo inimaginable y forzado, como queda patente en la película-. Brolin salva por momentos del tedio la cinta con una interpretación enigmática y con más empaque que el de su compañera.

El triángulo ‘amoroso’ lo cierra Gattlin Griffith (El Intercambio), hijo de Winslet en la ficción. Él es el narrador de la trama interpretando a un adolescente soso y taimado frente a las puertas de la madurez y aunque no lo parezca, con el despertar sexual en ciernes. Su personaje, nexo de unión del resto, culmina el hastío y desasosiego producido por lo forzado del guión.

Esa es la peor sensación que puede provocar un filme: la falta de credibilidad y las ínfulas de un director por intentar colarla. Una tomadura de pelo a la que contribuyen la insustancial trama y, sobre todo, la impresión irreal y fraudulenta que inspira el trabajo del cineasta canadiense al contar una historia sin novedad alguna, tendente al ‘buenísmo’. Unos elementos inválidos que eclipsan los pocos detalles salvables de una película prescindible -como la fugaz aparición de Tobey Maguire- y apática.

LABOR DAY

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